IV.EMPARRADO
IV. EMPARRADO
Yates
Tiempo después…
Recorro la casa borrando todo rastro de Nolan Rhodes.
Saco su ropa de la secadora. Recojo la bolsa de aseo del baño. Incluso cojo la última botella de Blackstone St. Charles Porter que queda en la nevera. Cuando termino, lo único que queda atrás del señor Rhodes es una sola nota en el cajón.
Lo vi cuando salí del hospital. Es la composición musical escrita más antigua… se titula Epitafio de Sícilo. La letra se me quedó grabada y ahora me recuerda a ti:
Mientras vivas, brilla,
no temas nada en absoluto.
Que la vida dura poco,
y el tiempo exige el final.
Meto la nota en el congelador, donde se pondrá tiesa como la piel de un cadáver.
Me pregunto si Autumn se acordará del libro de scrapbooking de Rhodes cuando la vea, de los tatuajes de Memento mori curtidos que había pegados en las páginas.
«Trastorno sistemático», pienso para mí mismo, y luego abro la puerta de la cocina que da al jardín trasero.
Inhalo aire en la bruma. Cabo Masacre siempre está amortajado; unos días es el velo de la lluvia, como hoy; otros es la humedad tan densa que te asfixia.
Incluso en los días más despejados, el misterio y el tiempo cubren el pueblo como un sudario.
Y siempre está la mansión que se cierne desde la colina y el hombre antaño formidable que se esconde tras sus frías paredes de piedra.
Apenas distingo la entrada decorada que se alza imponente bajo el aguacero; un relámpago que se arquea en las nubes allá en lo alto, por encima de las torretas de piedra de la mansión.
Miro mi reloj. Son casi las ocho y media de la mañana.
Autumn no tardará mucho en descubrir que tiene que hacer una excursión inesperada a la farmacia del pueblo por el bien de su anciano benefactor.
Me doy una palmada en el bolsillo de la chaqueta donde tengo escondidas sus pastillas, las mismas que robé anoche cuando me colé en su cocina.
Otra pincelada en el lienzo, la pintura casi está lista para cobrar vida.
Un movimiento en el roble atrae mi atención.
Un cuervo salta de las ramas y aterriza en el murete del jardín.
Me observa con interés, grazna tres veces, los hombros de las alas se le sacuden con cada nota.
Me saco una bolsa de cierre hermético del bolsillo y coloco algunos cubos de ternera en el alféizar de la ventana.
Aunque espero, el ave no se acerca. Nunca lo hace.
A lo mejor puede percibir en mí algo que ni siquiera las personas notan.
— Je hais les testaments et je hais les tombeaux * —le recito al cuervo El muerto jubiloso, de Baudelaire, mientras me alejo un paso de la ventana—. Plutôt que d’implorer une larme du monde. **
Reculo otro paso. El pájaro vuela bajo la lluvia hasta la cumbre de su comedero, desde donde puede verme en la cocina con más claridad.
—Vivant, j’aimerais mieux inviter les corbeaux. À saigner tous les bouts de ma carcasse immonde. ***
Me alejo de espaldas de la ventana. Solo una vez que he cruzado la barrera invisible de seguridad en la mente del pájaro, este alza el vuelo para comer.
—Pájaro bonito asesino —dice con la voz de Autumn, sacudiéndose los goterones de lluvia de las plumas.
—Sí, eres un pájaro bonito asesino —lo arrullo.
Oigo el repiqueteo de un coche en el camino de piedra por encima del rugido del viento.
El pájaro grazna una advertencia mientras me acerco un poco para ver el Jaguar a través de los árboles, de camino a la entrada principal de la propiedad.
Ensanchando la sonrisa, saco otro trozo de ternera y se lo lanzo al cuervo.
—Ahora vamos a trabajar en algo nuevo.
* Odio los testamentos como las tumbas odio.
** Antes de mendigar una lágrima al mundo.
*** Mejor quisiera yo invitar a los cuervos / a mondar hasta el fin de mis despreciables huesos.