Temporada de cosecha (Masacre 2) FLORACIÓN #2
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FLORACIÓN #2

La observo el tiempo suficiente para ver que mis palabras calan en su expresión. Y entonces presiono mis labios contra los suyos.

Harper se derrite en el beso. Me baja la mano por el cuello, por el pecho, me tira de la camisa por los hombros hasta que me aparto para quitármela a toda prisa.

Pasa las puntas de los dedos por cada línea de músculo.

Recorre cada cicatriz, como si esas marcas fueran algo digno de venerar.

Y, cuando está preparada, nos da la vuelta a los dos con cuidado hasta que se queda a horcajadas en mis caderas.

Me mira desde arriba, arrastrándose los tirantes del vestido por los hombros.

El escote con forma de corazón cae lo suficiente para revelar los pezones, las barras de titanio y los ópalos que brillan bajo la luz tenue.

—Qué perfecta. Como si estuvieras hecha solo para mí —susurro mientras ella me coge la mano y guía mis dedos donde quiere que estén.

Contra sus labios para darles un beso. Junto al pulso en el cuello.

Bajando por la garganta. Por las crestas de huesos por debajo de su piel.

Por encima de un piercing y luego del otro hasta que me duele la erección bajo su peso y su calor.

—Nolan, ¿eres consciente de cuánto te necesito? —dice Harper arrastrándome los dedos por el centro de su cuerpo—. ¿Cuantísimo te deseo? —Desliza mi mano por su muslo, después la cuela por el bajo del vestido—. ¿Cuánto te quiero?

Creo que nunca me acostumbraré a escuchárselo decir.

Harper aparta la mano y abre más las piernas.

Acaricio el borde de sus bragas de encaje.

Mi roce la sobresalta cuando rodeo el clítoris por encima de la tela empapada.

Absorbo cada respiración acelerada y cada temblor de su cuerpo mientras presiono un poco más fuerte, dibujando círculos sobre sus nervios sensibles.

Consigo alejar los dedos el tiempo suficiente para levantar las caderas y desprenderme de la ropa que me queda con su ayuda y entonces Harper se arremanga la falda con una sola mano, se aparta las bragas con la otra y se desliza por mi polla.

Nunca olvidaré este momento.

La sensación de su calor envolviéndome. El ritmo con el que se mece sobre mí como la marea. La respiración que le sube y le baja el pecho mientras se mueve. El amor en sus ojos plateados.

Le meto una mano entre el pelo y la acerco más a mí.

—Dios mío —susurro cuando me permito pasar la mirada por su rostro—. Eres preciosa, joder.

Un rubor adorable le sube por el cuello y se le instala en las mejillas. Sacude las caderas, me acepta más dentro, la respiración le tiembla en el pecho.

—¿Sabes lo que pensé la primera vez que te vi? —pregunta. Me dan ganas de decir algo ridículo… algo como «fiambre», quizá, pero cuando mueve las caderas otra vez pierdo la capacidad de hablar por un momento—. Que eras obsceno.

La carcajada que suelto se convierte en un gemido cuando Harper me besa el cuello.

—Obsceno… qué sexi.

—Sí. —Deja que otro beso sobrevuele mi cuello mientras su tacto suave me acaricia por debajo de los ojos—.

Esos ojos preciosos son obscenos. —Me baja los dedos por la mejilla—.

Esos putos hoyuelos son obscenos. —Me recorre la mandíbula—.

Esa puta mandíbula que podría cortar el vidrio es obscena.

—Entonces me estás diciendo que te gusté en cuanto me viste.

—Puede que los primeros cinco minutos, hasta que me dejaste aquellos regalitos en el comedero para pájaros.

—Mmm —digo, y le meto la lengua en la boca. Me araña el pecho con las uñas afiladas y la embisto antes de romper el beso—. Creo que después de eso aún te gustaba.

—Engreído.

—Vi cómo me mirabas en el río.

—¿Como si quisiera matarte?

—Solo un poquito —respondo—. Pero a lo mejor para ti y para mí el amor y el odio siempre han sido dos filos del mismo cuchillo.

Harper se mueve más despacio y, solo por un suspiro, se queda quieta.

Es la primera vez en la vida en que deseo detener el tiempo.

Enfundado en su cuerpo, rodeado por su olor, disfrutando del calor que irradia.

El mundo y todo lo que nos preocupa podría desaparecer sin más.

Y me pregunto si ella también siente lo mismo.

Que a lo mejor no podemos detener el tiempo, pero sí podemos alargarlo.

Construir una vida juntos aquí, compuesta de momentos como este.

Una relación que florezca a pesar de las condiciones en que empezó.

Harper se agacha. Pega los labios a los míos. Y entonces se mueve.

Con ritmo firme. Embestidas largas e impetuosas, agarrada a mis abdominales, con los ojos clavados en los míos.

Ya no necesitamos palabras. Veo todo lo que siente escrito en su ceño fruncido, en el rubor de su piel, en el brillo del sudor en su clavícula.

Igual que ella percibe todo lo que hay en mí.

La obsesión de mi mirada infalible. La reverencia de mi tacto cuando le envuelvo la garganta con la mano.

La necesidad que me estremece el cuerpo cuando ella se desliza por mi longitud.

Los movimientos de Harper se vuelven un poco más desesperados; empieza a gemir más fuerte.

Le subo una mano por el muslo hasta que aprieto el pulgar contra el clítoris, le ofrezco la última presión que necesita para lanzarse a la espiral del placer.

Gimotea. Arquea la espalda. La agarro más fuerte por la garganta, capturo cada latido desbocado de su corazón.

Tensa el coño alrededor de mi polla mientras pierde el control.

Sigue moviéndose, balanceándose contra mí para reclamar cada momento de su desmoronamiento.

Y entonces caigo en el éxtasis tras ella.

Tal vez la euforia de la liberación no debería ser diferente a la de otras veces.

Pero, en cierto modo, lo es. Cuando eyaculo en su interior, surge una conexión que jamás había experimentado con nadie hasta ahora.

Es más que una sensación física. Es como si entre nosotros se hubiera desplegado una nueva capa del vínculo.

Estaba preparado para amar a Harper sin saber si ella me correspondería.

Había aceptado que tal vez nunca escucharía esas palabras de sus labios.

No se me ocurrió que importara. Sin embargo, así es.

Harper cae encima de mí y nos quedamos así un buen rato, recuperando el aliento, acariciándonos el uno al otro la piel cubierta de sudor.

Y luego me ocupo de ella, como siempre hago.

Nos vamos a dormir a nuestra habitación, enredados el uno en el otro.

Y, a la mañana siguiente, sigo teniendo esa sensación de que algo ha cambiado, como si lo hubiera tenido encerrado dentro de mí.

Esta es la mujer con la que voy a pasar el resto de mi vida. Me voy a asegurar de ello. Haré lo que haga falta para conservarla.

Sé lo que necesito hacer.

Cuando Harper va hacia la mansión, salgo de la casa anexa y camino hacia el pueblo.

Mi pueblo.