Temporada de cosecha (Masacre 2) FLORACIÓN
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FLORACIÓN

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Nolan

No solo he conseguido lo que quería.

Tengo más de lo que podía imaginar. Sin duda, más de lo que merezco.

Después de todo lo que nos ha traído hasta esta noche, parece inimaginable que haya terminado aquí, bailando con Harper bajo las luces cambiantes y sintiendo que acabo de ganar un premio que no me merecía.

El accidente que me desbarató la vida. Los años que me pasé soñando con matarla.

Las incontables horas de odio que consumían todos mis pensamientos.

Ella lo desmanteló todo y me llevó a otra existencia.

Tal vez haya tardado un tiempo en entenderlo por mí mismo, pero ella siempre será la luz que me guíe.

Y, esta noche, Harper Starling está resplandeciente.

Se ríe como nunca la he oído reírse, ni siquiera en los vídeos del pasado, antes del horror que fue la casa de Harvey Mead.

Bailamos entre la multitud. Me sostiene la mano.

Da vueltas. Vuelve a mí. Tiene razón… Me gusta pensar que no bailo mal, aunque a ella se le da mejor.

A veces ligera y musical. Otras, seductora y fascinante.

Otra veces divertida o bobalicona o misteriosa. Siempre sexi. Y siempre mía.

—Creo que tiene un fetiche con la necrofilia —dice Harper por encima de la música, acariciándome la oreja con los labios.

Se aparta y señala a Henry con los ojos brillantes.

El tío está borrachísimo, empapado de sudor.

Sintiendo la música con uno de sus cadáveres a medida.

En realidad, solo es una cabeza y un torso, pero se está restregando contra él como si fuera a tirárselo en la pista de baile.

—Dios. —Henry se desliza el cadáver por el pecho peludo al descubierto, echa la cabeza hacia atrás mientras canta a voz en grito la letra de Sexual Healing, de Marvin Gaye—.

La verdad es que hace que me plantee cómo ganó tanto dinero para comprarse un barco nuevo con las ventas de la temporada baja —digo.

Harper sonríe, se aprieta contra mí. Me lanza una mirada astuta y cómplice—. ¿Por qué sonríes?

—Me encanta que sepas esas cosas de Cabo Masacre —dice mientras la canción cambia a una más lenta y nos aparto de Henry para acercarnos más al final de la muchedumbre—. Parece que este es tu lugar.

Creo que tiene razón. Este es mi lugar.

Cada día me estoy convirtiendo más y más en parte de este sitio.

Soy uno de ellos. Y el mundo de fuera no es más que un sueño extraño que parece desaparecer tras la niebla que tan a menudo desciende sobre el pueblo.

Quizá debería preocuparme; es como sucumbir a un espejismo en una película de terror que está a punto de enseñarme que esconde dientes.

Pero cuando Harper me baja la mano por el tórax y se balancea contra mí, tan cálida y tan viva entre mis brazos, me doy cuenta de que me importa una mierda.

—Quiero irme a casa —dice clavándome los ojos en los labios.

—Gracias, joder.

La beso con intensidad. Nos detenemos poco a poco en la pista de baile.

La música, las voces, los destellos de las luces…

todo se difumina hasta que lo único que queda es Harper.

Su olor delicado a hierbas aromáticas bajo el sol estival.

La caricia de su lengua. El sabor a tequila de sus labios.

Y me importa una mierda lo que piense nadie cuando la alzo de los tablones del suelo y le paso un brazo por las piernas mientras ella se ríe.

La saco en volandas del granero y salimos a la noche, donde la bruma de su piel resplandece con la luz de la luna.

Me acuerdo de aquella primera noche en el río Ballantyne, lo preciosa que estaba bajo el brillo de la linterna.

Cuando intentaba convencerme a mí mismo de que era absurdo que deseara a la mujer que había venido a matar.

Pero creo que entonces ya lo sabía. Que era imposible escapar de su órbita.

Somos los únicos que cogemos el autobús de vuelta al pueblo, pegados el uno al otro en un asiento, la mano de Harper enredada en la mía y sin intercambiar palabra.

Bobby nos deja delante de casa; las luces que Harper ha dejado encendidas brillan entre el denso follaje del jardín al otro lado del murete de piedra.

No sé por qué, por primera vez en mucho tiempo siento una punzada de nervios.

Como si volver a casa con ella esta noche significara otra cosa.

Y el modo en que mira hacia atrás y me dedica una sonrisa tímida mientras abre la puerta hace que me pregunte si ella se sentirá igual.

Pero esa teoría se evapora en cuanto la puerta se cierra a nuestra espalda.

Se lanza sobre mí, me pega contra el roble envejecido y me coge la cara con las manos para reclamarme con un beso.

Estoy embrujado. Nunca la he notado tan libre entre mis brazos.

Siempre hay una parte de ella que está tensa, preparada para huir o pelear.

Pero esta vez es como si una llave hubiera abierto una cerradura escondida y hubiese dejado que toda ella se libere.

—Dios, Harper —siseo mientras me besa y me muerde subiendo por el cuello.

Me agarra la camisa con las dos manos y la abre con una fuerza sorprendente, los botones caen al suelo.

Ella suelta una risita y me da un mordisco aún más fuerte en un punto en el que me repiquetea el pulso—.

Con esa actitud, vas a hacer que me corra en los pantalones como si fuera un puto adolescente.

—¿Por qué eso me pone tanto? —dice agarrándome la erección embravecida. Me estremezco y gruño cuando me tira del cinturón para acercarme más a ella—. A lo mejor deberíamos ir arriba.

—No creo que llegue tan lejos. —Mis besos se vuelven desesperados. Doy un paso para obligarla a ir al salón, pues mi intención es lanzarla sobre el primer mueble que encuentre para poder hacerme con su cuerpo y follarla hasta dejarla sin sentido.

—Peor para ti entonces.

De repente, su calor y su tacto han desaparecido. Tengo el cerebro tan embotado por la lujuria que tardo un segundo en procesar que ha echado a correr entre carcajadas.

—¡Qué lento eres, fiambre! —grita empezando a subir los escalones de dos en dos—. Estoy huyendo…

—Ya te digo yo que sí, joder.

Persigo el sonido de su risa. Se queda en silencio cuando llego a la mitad de las escaleras, pero es una casa pequeña y no hay muchos sitios donde esconderse. Sé que ha ido hacia su dormitorio, así que avanzo despacio y me tomo mi tiempo para poner un pie en el rellano.

—Te encanta pedir problemas a gritos, ¿a que sí?

—le digo saltando al dormitorio. No hay rastro inmediato de Harper, ni risitas ni susurros ni respiración acelerada.

Me adentro más en el cuarto, directo a la cama porque estoy seguro de que se ha escondido debajo—.

Fiambre, tengo que admitir que, cuando te pones tan engreída, es bastante tentador follarte tan fuerte que te tires una semana sin poder sentarte.

Cuando avanzo otro paso, oigo un crujido a mi espalda. Me giro justo a tiempo de ver que la puerta se cierra de un portazo detrás de Harper, que se mea de risa.

Pero esta vez no se me va a escapar.

Salgo por la puerta y la sigo en un segundo; le paso el brazo por la cintura para levantarla del suelo.

Se retuerce y se ríe entre mis brazos y yo le clavo los dedos en las costillas mientras la arrastro a la habitación de invitados conmigo.

La lanzo sobre la cama. Le doy la vuelta.

Le sujeto las muñecas y la atrapo con mi cuerpo.

Tiene los ojos brillantes y salvajes, y una sonrisa ancha.

Nunca he visto nada tan bonito. Jamás he amado a nadie así.

—Se te da muy mal esconderte. —La provoco apretándole más las muñecas contra el colchón.

—No se me da mal. No tenías ni idea de que estaba detrás de la puerta.

—Aun así, te he pillado en dos segundos.

—Vale, de acuerdo. Me has pillado, papi asesino.

Suelto una carcajada, un sonido que hace que la luz que revoloteaba en los iris metálicos de Harper se apague.

—Dios santo —gruño—. Por favor, dime que eso no es lo que escribes en tu diario. «Hoy papi asesino me ha perforado los pezones». «Papi asesino me ha empotrado en una tumba clandestina».

—La verdad es que dicho así me pone mucho. A lo mejor al final empiezo un diario y todo.

La sonrisa de Harper se suaviza. Sus ojos se mueven entre los míos. Las mejillas rosas. Los labios hinchados. Una apertura al temor que todavía distingo en ella, como si no pudiera escapar de él, pero al menos está dispuesta a dejarme ver hasta dónde llega.

—Lo que he dicho esta noche… hacía tiempo que quería decírtelo —admite apartando la mirada—. Después de todo lo que ha pasado, cuesta no tener miedo de que me lo arrebaten.

—Lo sé. Y no permitiré que vuelva a ocurrir.

Cuando se centra otra vez en mí, no duda.

—Te creo. —Harper extiende la mano indecisa; me la coloca encima del corazón—. Todavía tengo miedo. Pero te quiero.

Estoy seguro de que lo nota, el tambaleo en el ritmo que atrapa con la palma. Sube las comisuras de los labios en la sonrisa más leve del mundo. Empieza a apartar la mano, pero la retengo contra mi pecho.

—Yo también te quiero —susurro.

—¿No tienes miedo?

—No, soy papi asesino. No siento miedo. —Sonrío mientras ella entorna los ojos y se ríe.

Pero a mí se me borra la sonrisa cuando su atención se convierte en una expresión más seria—.

Por supuesto que tengo miedo, Harper. Cada minuto de cada día.

Tengo miedo de cagarla. Tengo miedo de que el mundo exterior te encuentre.

Me aterra un huevo que no hayas aprendido a nadar.

Voy a pagarte las clases en la piscina, joder.

Ella frunce el ceño, a pesar de que he intentado hacer una broma. Me despierta demasiado a menudo cuando tengo pesadillas, así que es imposible que no sepa que sueño que se ahoga todas las noches. Me apoyo en los antebrazos; acaparo todo el espacio de su campo de visión.

—Ya te perdí una vez y nunca olvidaré lo que sentí. Pero me aterra más perderme cosas contigo si no supero el miedo.