Temporada de cosecha (Masacre 2) INFLORESCENCIA #3
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INFLORESCENCIA #3

—Quiero leer las notas que me dejas por las mañanas y tocar tu letra y saber que estás pensando en mí.

Quiero despertarme en la oscuridad y posar la mano en tu pecho y quedarme dormida con el latido de tu corazón bajo mi palma.

Quiero recorrer tus cicatrices y saber que son el mapa que te trajo hasta aquí y decirte que son preciosas, incluso que te quitaría el dolor si pudiera.

Quiero ser la mujer por la que le prendas fuego al mundo, por la que recorrerías el infierno, igual que yo lo haría por ti.

Quiero al villano tanto como quiero al héroe que llevas dentro.

La brisa me acaricia la piel, enfría las lágrimas que me bañan las mejillas. Aparte del músculo que le tiembla en la mandíbula apretada, Nolan no se mueve. Sin embargo, le brillan los ojos.

—Te quiero, Nolan Rhodes —digo con los labios temblándome—. Y no quiero que te vayas.

El mundo se detiene en un único movimiento: una sola lágrima cae de las pestañas de Nolan y se desliza más allá del hoyuelo que se dibuja en su piel, en un abrir y cerrar de ojos.

—No voy a irme a ninguna parte.

Con dos zancadas, nos estrellamos el uno contra el otro.

La barrera que estaba ahí hace tan solo unos segundos parece desmoronarse.

Pero el miedo sigue ahí, incluso cuando Nolan me refugia con la fuerza de su abrazo.

Esto podría ser solo un momento efímero del tiempo.

El amor es para protegerlo con unas manos delicadas.

Tiene unos bordes afilados que te rasgan cuando te lo quitan.

Yo lo sé mejor que nadie. Pero me arriesgaría a sufrir todas esas heridas por Nolan, solo por sentir el latido de su corazón.

Por notar su aliento contra la piel al enterrar la cara en mi cuello. Por escucharlo decir:

—Yo también te quiero, Harper. Me quedaré todo el tiempo que me aceptes.

—¿Y si no quiero que te vayas nunca? —le pregunto contra la camiseta mientras me aferro a él—. ¿Cómo funciona eso? Tienes trabajo en Tennessee. Amigos y familia.

—Hay unas cosas llamadas aviones…

—Me lo dice todo el mundo…

—Y no sería difícil coger uno para ir a ver a esa gente. A menos que pretendas encadenarme a la cama.

—Se me ha pasado por la cabeza.

Nolan me pone las manos en los hombros y me aparta; baja la cabeza para mirarme a los ojos, como si las palabras que está a punto de decir fueran a calar más hondo así.

—Ya solucionaré los detalles, Harper. El trabajo, la familia, los amigos…

son importantes, pero los desafíos no son insuperables.

Puedo seguir en contacto con la gente a la que quiero.

Ya encontraré otro trabajo. Lo que no es negociable para mí eres tú.

—Me pasa una mano por las mejillas; no sirve de nada.

Las lágrimas no hacen más que reemplazar a las que está enjugando—.

Si algún día decides que quieres que me vaya, no cambiará nada para mí.

Aunque tenga que amarte desde la distancia, nunca dejaré de hacerlo. Eres mía. Siempre.

—Parece que es al revés —digo. Mis caricias se quedan rezagadas en el tatuaje del uróboro que tiene en el antebrazo, un dibujo que puedo trazar de memoria en la oscuridad—. Como que eres tú el que me pertenece a mí.

—No lo digo en el sentido en que estás pensando.

—Me presiona los labios contra la mejilla; su respiración es una exhalación irregular—.

Eres mía para besarte. —Me da un beso en el otro lado—.

Mía para cuidarte. —Me da otro en la punta de la nariz—.

Mía para quererte. —Su beso se queda cerca de mis labios.

Se aparta con la mirada soldada a la mía, manteniéndose firme a pesar de que le tiemblan las manos cuando me enmarca la cara—.

Harper, formas parte de mí igual que mi corazón o mis pulmones o mi puta alma.

Podrías extirparte de mí, pero yo siempre notaré tu ausencia. A eso me refiero al decir que eres mía.

Espera lo suficiente para asegurarse de que lo entiendo antes de presionar al fin sus labios contra los míos.

Y ese beso no se parece a nada de lo que hemos compartido antes.

No es el ardor del odio que se enciende y transforma en otra cosa.

No es el mordisco de algo amargo que al final ha madurado.

Es una caricia lenta de lenguas sobre un anhelo rico y dulce como la miel.

Es el calor ahumado de las promesas que mantendremos en las horas oscuras en mi cama.

Es un beso que lo cambia absolutamente todo.

Me aferro a los músculos tensos de sus brazos, bajo una mano por la cicatriz de su nuca y me sumerjo en otra dimensión.

Él soporta mi peso con su abrazo, yo arqueo la espalda.

No estoy segura de dónde acaba él y empiezo yo.

Ni cuánto tiempo nos pasamos así. Ni quién podría estar mirando.

Lo único que me importa es que esta sensación nunca desaparezca, ni la calidez que cubre cada uno de los latidos de mi corazón.

Cuando el beso se vuelve más lento, Nolan lo rompe susurrando contra mi boca:

—Quiero bailar contigo.

Sonrío con los labios hinchados.

—¿Para poder demostrar que me equivoco en eso de que a mí se me da mejor?

Mi provocación logra que me gane un mordisquito suave que me hace ahogar un grito.

—No —dice Nolan al soltarme—. Quiero que todo el pueblo vea que he conseguido lo que quería. Que eres mía. Y luego quiero olvidarme de que existe el resto del universo e irme a casa contigo.

Con un último beso, vuelve dejarme en un mundo que parece más luminoso que antes. Me arregla el maquillaje que se me ha corrido por debajo de los ojos. Después me coge de la mano. Me dedica una sonrisa que parece expresar orgullo. Alivio. Quizá incluso triunfo.

Pasamos por delante de los juerguistas, por delante de Bob y Bert, que están comiendo hamburguesas; por delante de Maya y Lukas y Maxine; por delante del sheriff Yates, cuya sonrisa le ilumina los ojos cuando nos ve.

Y luego bailamos.