Temporada de cosecha (Masacre 2) INFLORESCENCIA #2
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INFLORESCENCIA #2

Hace una última mueca, respira hondo, cierra los ojos con fuerza y se bebe el chupito de un trago.

—¡Ese es mi chico! —exclama Irene, y chilla de alegría cuando le devuelve el dedo y se lo cambia por Saltarín. Nolan apenas respira antes de bebérselo.

—Da buena suerte que el padrastro de Mermelada te haga cosquillas en el labio —digo levantando los pulgares.

Él oculta una arcada con una tos.

—¿Qué coño?

—Menos hablar y más beber —lo apremio dándole unos golpecitos al culo del vaso—. Intuyo que bailo mejor que tú y quiero demostrar que tengo razón.

Le dedico una sonrisa engreída.

El malestar y el descontento de mi acompañante se transforman en una determinación férrea.

—Y una mierda vas a ser tú mejor —dice y se bebe el chupito de un trago. No puedo evitarlo; doy saltitos y aplaudo como si fuera una puta animadora de instituto que está tan pillada del nuevo chico malo que da asco.

—Dios santo —sisea Nolan cuando le devuelve el último dedo a Irene—. Sabe a trauma y Navidad.

Suelto una carcajada.

—Dos cosas que siempre van de la mano.

—Enhorabuena —lo felicita Irene, que lo agarra del hombro y tira de él para abrazarlo—. Ahora sí que eres de Cabo Masacre de verdad.

Oculto un pinchazo de preocupación, preparo una sonrisa y espero a que la mujer suelte a Nolan para ir hacia la pista de baile. Lo cojo de la mano, lo llevo hasta la cola de la barra mientras soltamos los globos para que floten hasta el techo.

—La verdad es que practicar el «casi canibalismo» no entraba en mis planes para las vacaciones cuando decidí venir a Masacre —dice Nolan limpiándose la boca con la mano.

—Pero has aguantado bien el tipo —interviene una voz a nuestra espalda antes de que mi ansiedad sobre el futuro de Nolan en Cabo Masacre pueda alcanzar todo su esplendor.

Veo el destello de furia en el rostro de mi acompañante antes de que el sheriff Yates le ponga una mano en el hombro—.

La dediciación no es para los débiles de corazón.

Para cuando se da la vuelta hacia el sheriff, Nolan ya muestra una sonrisa relajada.

—No puedo decir que sea algo que esté dispuesto a repetir.

—No te culpo. —Yates le estrecha la mano a Nolan a modo de saludo; lo agarra con las dos manos como si le estuviera dando la bienvenida a un club. Luego el hombre se dirige a mí—: Esta noche estás encantadora, Harper.

—Gracias —digo y me quito el polvo invisible del vestido—. Supongo que de vez en cuando me arreglo bien.

—Bueno, te mereces disfrutar una noche después de todo lo que te has esforzado por dejar bonito Cabo Masacre. Y tú —dice volviendo a mirar a Nolan— nos has ayudado encargándote de la búsqueda como lo has hecho. No sé cómo vamos a agradecerte tu amabilidad.

Nolan me mira a los ojos solo por un instante. Puede que la cara que le esté poniendo a Yates sea una máscara, pero la claridad de sus ojos es verdadera y esa es solo para mí.

—No hace falta. Estoy encantado de ayudar.

—Bueno, estoy seguro de que también te alegrará saber que se haya acabado todo este caos. Sobre todo ahora que por fin mañana anunciamos que se cancela la búsqueda. —Yates le da unas palmaditas en el brazo—. Gracias de nuevo por todo lo que has hecho… Cabo Masacre está en deuda contigo.

Siento que me han dado una bofetada en la cara. Los olores a sudor, alcohol y barbacoa me envuelven y se me revuelve el estómago. Nolan me acaricia los dedos con los suyos, pero me aparto antes de que pueda cogerme y me acerco más a la barra.

¿Lo sabía? Y si es así, ¿cuándo pensaba sacar el tema?

¿Se quedaría aquí de todos modos, en este sitio lleno de gente rara, con rituales ridículos y más tumbas escondidas y secretos enterrados de los que debería haber en cualquier pueblo?

No puedo irme. Cabo Masacre es mi santuario.

Cubrió mi dolor cuando necesité una mortaja. Me nutre tanto como yo lo protejo.

«Tablas».

Cuando cierro los ojos, veo el caballo negro en el tablero de ajedrez, en la casilla c6. Pero esta vez no oigo la voz de Adam en mi cabeza, sino la de Nolan.

«No ganamos ninguno de los dos».

Cojo aire de forma temblorosa y abro los ojos; me presiono con la mano el punto que me duele en el pecho. Supongo que siempre he sabido que era inevitable. Aun así, que sea algo inminente se me clava muchísimo más de lo que creía.

Yates sigue entreteniendo a Nolan con preguntas a mi espalda mientras me acerco a la barra; le pido al camarero dos chupitos de tequila y me los bebo.

—… tengo que decírtelo: claro que ha sido de gran ayuda tener un especialista en búsqueda y rescate por aquí para hacerse cargo de la organización. ¿Cuándo crees que volverás a Tennessee? —inquiere Yates detrás de mí a la vez que pido dos tequilas más.

Nolan es el equilibrio perfecto entre agradable y lúgubre cuando dice:

—Aún no estoy seguro… Supongo que tendré que hablar con mi jefe.

—De hecho, lo he llamado yo. Un tipo estupendo.

—Casi veo a Yates hinchando el pecho de orgullo a mi espalda.

Pero sus palabras suenan huecas, como si fuera una réplica incompleta de lo que debería ser el afecto.

Siento más bien que forma parte de la broma cósmica en la que se ha convertido mi vida—.

Quería que supiera directamente de la fuente que has sido un activo fantástico.

Lo que sea que le responda Nolan se pierde en el rugido de sangre que me inunda los oídos mientras me trago uno de los chupitos.

Siseo ante el ardor y dejo el vaso en la barra.

Sacudo la cabeza y echo mano del siguiente chupito, pero Nolan lo agarra antes de que pueda hacerlo yo.

Levanta el vaso y se bebe el licor de una.

Me extiende una mano por la piel, caldeándome entre los hombros, un murmullo que me vibra en las vértebras.

—Vamos a hablar —susurra cuando se me acerca para dejar el vaso vacío en la barra; el sheriff sigue parloteando de fondo sobre las logísticas de la búsqueda. Lo único que consigo hacer es asentir de la manera más leve.

—Bueno, ya basta de hablar de trabajo. A veces me obsesiono un poco, ¿sabes?

—dice Yates al fin, y hago todo lo posible para mostrar una expresión agradable cuando me giro hacia él.

Nolan sigue sujetándome la mano, como si fuera a desaparecer si no me tocara—. Pasadlo bien, chicos. Os lo merecéis.

Se despide con un gesto de la cabeza y va hacia la pista de baile. Aunque se vaya, no creo que sea capaz de respirar. Cuando se pierde entre la muchedumbre y las luces de colores, Nolan me pone la palma en la lumbar.

—Vamos fuera —dice, y el agujero del estómago me arde con una sensación aciaga.

Nolan no deja de tocarme mientras nos abrimos paso entre el gentío, pasamos por delante de los boles de ponche y frente a un grupo de críos riéndose porque están mezclando varios sabores en los vasos.

Nos dirigimos a las puertas abiertas del granero y más allá de la barbacoa, donde se asa la carne en unas rejillas ennegrecidas; la gente habla y ríe, despreocupada, sentada a las mesas de pícnic con hamburguesas y bebidas.

No nos detenemos, no bajamos el ritmo hasta que llegamos a un terraplén con vistas a los campos de la granja de Dale y el atardecer. Solo entonces Nolan deja caer la mano.

—¿Lo sabías? —pregunto sin darme la vuelta, pues tengo demasiado miedo de lo que vaya a ver en su cara.

—No, no tenía ni idea. —Las notas de pena de su voz parecen flotar en el aire—. Pero, en algún momento, teníamos que enfrentarnos a esto.

Me alejo un par de pasos; dejo a Nolan atrás cuando me detengo en el borde del terraplén.

Me acaricio los labios con la punta de los dedos como un beso perdido, me limpio los últimos restos de tequila de la piel.

Durante un buen rato, solo hay silencio.

Incluso la música y las voces parecen atenuarse mientras contemplo a los caballos pastando.

Tan serenos. Tan bonitos bajo la luz tenue.

Espantando moscas con la cola, los músculos tensos.

Todo ese poder y esa elegancia contenidos por los tres hilos de la cerca eléctrica.

Si lo necesitaran, ¿tendrían la oportunidad de escapar?

Solo podemos correr mientras nos lo permiten nuestros propios límites. Y salimos heridos cuando nos estrellamos contra ellos.

Pero si estamos dispuestos a aguantar, la jaula podría romperse. Si estamos dispuestos a sangrar. A saltar antes de saber dónde vamos a aterrizar.

Y ahí es donde he estado yo. Atrapada en una cárcel que yo misma he creado. He tenido tanto miedo de contarle a Nolan cómo me sentía en realidad que puede que nunca escape. Quizá me quede en esta jaula para siempre, hasta que por fin me arriesgue a huir.

Cuando me giro para mirar a Nolan, sus ojos parecen reflejar el dolor y el pavor que atormenta cada una de las cámaras de mi corazón. Respira hondo. Y, antes de que pueda hablar, susurro:

—No quiero que te vayas.

Tensa los labios en una línea firme, se le mueve la garganta al tragar saliva.

—No quiero que te marches —repito acercándome un paso.

La barrera invisible está ahí, el dolor que se quedó hace años, endurecido, que me aísla del mundo que casi puedo tocar al otro lado.

Me tiemblan los límites de la visión y se me emborronan, hasta que lo único que logro ver con claridad es a Nolan, iluminado por la luz anaranjada del atardecer—.

Suena egoísta decirlo en voz alta. Sé que tienes otra vida y que se suponía que esto solo era un interludio. Pero no quiero que acabe.

Él no habla, no se mueve. Sé que tiene las palabras en la punta de la lengua.

Tal vez esté preparado para cortar esto de cuajo, para rebanar los últimos filamentos de esa esperanza deshilachada a la que me aferro y me permite salir del mar.

Pero él espera, me da espacio para que me acerque otro paso.