INFLORESCENCIA
INFLORESCENCIA
Harper
Salimos por la puerta principal de la casa anexa, yo encabezo la marcha. Le escribo un mensaje a Bobby mientras recorremos el caminito de piedra y cruzamos la valla. Poco después, recibo respuesta y le sonrío al dispositivo antes de señalar con la cabeza hacia el pueblo.
—Bueno, ¿y dónde es el famoso baile? —pregunta Nolan al tiempo que lo cojo de la mano.
Hace una tarde preciosa, una de esas en las que hace tan buen tiempo que los niños del pueblo salen a la calle a jugar al pillapilla y al escondite.
Pero hoy las casas están sumidas en un silencio espectral.
El olor a barbacoa no flota en el aire. No se oyen pelotas de baloncesto rebotando contra el asfalto ni niños riéndose entre las sombras.
—Vamos a coger el bus —respondo sin añadir más explicaciones—. Justo aquí.
Señalo a un par de vecinos que esperan en la acera junto a una farola cualquiera. Me saludan por mi nombre y yo hago lo mismo. Una de las mujeres mayores que trabaja en la panadería le lanza una mirada suspicaz a Nolan; es obvio que es un extraño en nuestra pequeña tropa.
—Va a someterse a la dediciación —aclaro y la suspicacia se le relaja un poco antes de desviar la atención hacia el final de la calle, por donde se acerca música.
—¿Qué cojones significa eso? —me sisea Nolan al oído.
—Tú hazlo y ya.
Aunque quisiera explicárselo, cosa que no quiero, no hay tiempo.
Porque justo el bus de fiesta de Bobby dobla la esquina y se detiene delante de nosotros; lleva un copiloto cadáver pegado a la capota con cinta americana y las luces de discoteca asoman por las ventas al ritmo de Chop Chop Slide, de Insane Clown Posse.
—Próxima parada: Pueblo Fantasma —anuncia Bobby cuando se abren las puertas.
Va disfrazado de Pennywise; hasta lleva globos rojos que nos va entregando conforme subimos al autobús. Disfruta como un enano eso de ser el chófer del pueblo; lo hace todos los años sin falta. No se me pasa el modo en que Nolan se encoge antes de aceptar el regalo y dirigirse al fondo del autobús.
—No te darán miedo los payasos, ¿verdad? —digo mientras me siento a su lado y el bus arranca.
—Pff. No.
—En tal caso, supongo que ya sé de qué me voy a disfrazar en Halloween —comento con una sonrisa.
En cuanto suelto esas palabras, me entran ganas de volver a tragármelas.
Faltan meses para Halloween. Y lo he dicho como si diera por hecho que para entonces Nolan todavía estará en Cabo Masacre.
Pero no se da por hecho en absoluto. La búsqueda está decayendo día a día.
Solo es cuestión de tiempo que la cancelen de manera definitiva y no hemos hablado de lo que haremos una vez eso pase.
No sé si Nolan piensa lo mismo cuando me coge de la mano. No lo miro para averiguarlo.
Cuando llegamos a la granja de Dale Linden, ya hemos recogido a seis personas más y todo el autobús canta al ritmo de la lista de reproducción macabra de Bobby, que no es más que una rotación de las canciones de Halloween que más le gustan a la gente.
Hasta Nolan se desgañita cantando Thriller con el resto del autobús, dejando al descubierto ese talento oculto de su voz; hasta eso se le da bien, ¡cómo no!
Como es natural, se regodea en el hecho de que yo no comparta esa habilidad en particular y de que sueno como una hiena rabiosa.
—Por fin he encontrado algo que no se te da bien —se burla sarcástico antes de volver a ponerse a tope con la letra.
Le estampo la entrada en el pecho cuando el autobús se detiene delante del viejo granero de Dale.
—Vamos, fiambre Bieber. Es hora de la dediciación. Y tráete el globo.
Lo de mencionar los dedos le ha borrado la sonrisa de petulante de la cara y baja del autobús detrás de mí.
Esperamos en la corta cola mientras la música resuena dentro del granero; las luces de colorinchis asoman entre las grietas de las viejas tablas de madera.
Algunos juerguistas han salido a tomar el aire, con los vasos de plástico aferrados, las gotitas de sudor en la frente y el pelo empapado.
Entre ellos hay un copiloto cadáver que está bastante machacado; ya le han arrancado los dedos para darle vueltas a la bebida.
—Este sitio es rarísimo —comenta Nolan mientras nos acercamos a las cortinas de plástico rollo matadero que cuelgan de la puerta del granero y que están salpicadas de sangre.
—Eso no te lo voy a discutir.
Le damos las entradas al portero y nos adentramos en el granero, que está abarrotado de gente de todas las edades y de cadáveres en distintos estados de desastre.
Los globos rojos se acumulan junto a las vigas del techo; la corriente de aire mueve y enrosca los largos hilos.
A nuestra izquierda hay un bar bien surtido por debajo del saliente del pajar, con tres camareros que mezclan bebidas y sirven cervezas a los clientes de la cola interminable.
A la derecha hay mesas con boles de ponche y algo de picotear para los críos, y también unas puertas abiertas a una barbacoa y asientos bajo las hileras de lucecitas.
Al final del granero se encuentra la mesa del DJ, donde Alex, el camarero de Un Grano Náufrago, pincha música mientras las luces parpadean en el escenario.
Veo rostros conocidos por todas partes: Maya y Maxine bailando cerca del DJ, Lukas chocando su vaso de whisky con el de Bob, Henry bailando con uno de sus queridos cadáveres.
Es un baile de granero épico, como todos los años.
Pero, antes de que podamos unirnos a la fiesta, primero tenemos que pasar la prueba de la Parca.
—Elige tu veneno, corazón —me dice Irene cuando me acerco a la mesita que custodia disfrazada de la muerte; hasta tiene aferrada una guadaña de verdad.
Delante de ella tiene tres garrafas de cuello ancho llenas de licor: uno ámbar, otro claro y otro de un color verde radiactivo. Y en el fondo de cada recipiente hay un dedo del pie cortado.
Señalo la primera botella, la de color ámbar.
—El Cerdito Valiente, por favor.
Irene resplandece del orgullo y las arrugas le enmarcan la sonrisa.
—Esta noche la gente le está dando mucho amor al cerdito.
Se vuelve hacia la botella, agarra un vaso de plástico limpio y unas pinzas, pesca el dedo del pie y lo echa en el fondo del vaso antes de servir bebida suficiente para que sea un chupito bien cargado.
—¿Qué cojones es esto? —pregunta Nolan cuando levanto el vaso a la salud de Irene y me giro hacia él.
Lo miro seria y señalo el vaso que tengo en la mano.
—Es un dedo del pie cortado, Nolan. En bourbon. ¿A ti qué te parece?
—¿Y te lo vas a beber?
—El dedo no. Voy a besar el dedo y a beberme el licor, y luego le devolveré el Cerdito Valiente a Irene.
—Pero… ¿por qué?
—Ya te lo he dicho —respondo antes de llevarme el vaso de plástico a los labios y bebérmelo de un trago. Me arde la garganta cuando el dedo del pie me rebota contra la carne, la uña me golpea el arco de Cupido—. Estamos en Cabo Masacre. Aquí nada es Disney.
—No creo que eso tenga sentido en este contexto.
—Empezaron los canadienses —explica Irene mientras le prepara una copa a Nolan, aunque yo no estoy del todo convencida de que vaya a hacer el ritual—. ¿Nunca ha oído hablar del Sourtoe Cocktail, señor Rhodes?
—No puedo decirle que sí, señora —responde mirando las garrafas con suspicacia.
—Hace unos años, en un congreso de bomberos, mi nieto Jamie conoció a un chico de las brigadas forestales paracaidistas de Yutón que le contó lo del dedo en el licor.
Supongo que la idea cuajó. Cuando me quitaron al Cerdito Valiente gracias a la diabetes, pensé: «¿Qué demonios?
Vamos a conservarlo y lo metemos en algún licor».
—Irene señala el siguiente recipiente, el de vodka—.
Dale se quedó borracho en su campo al verano siguiente y se le helaron los dedos de los pies, así que se unió al club con Saltarín.
Y luego Bob se partió el dedo meñique con el montacargas.
Y ahí fue cuando nos llegó Mermelada con crema de menta.
Así que, bueno… —dice la mujer echando al Cerdito Valiente en un vaso limpio y rociándolo de bourbon—, ya lo sabes.
Dediciación: un brindis por cada dedo del pie.
La primera vez tienes que tomarte los tres para pasar la prueba de la Parca.
—Pero… —Nolan mira a la gente bailando, niños correteando entre los adultos, persiguiéndose los unos a los otros con partes del cuerpo cercenadas—. Hay niños.
—A ellos les damos ponche de frutas —respondo y señalo el estante junto a la mesa en el que hay dedos de plástico flotando en vasos de zumo—. No somos bárbaros, Nolan.
Irene sirve las otras dos copas, una de cada garrafa, y mete los dedos cortados en su líquido correspondiente.
—Yo te recomiendo que dejes a Mermelada para el final. Es como el postre.
Le pasa el vaso del Cerdito Valiente deslizándolo por la mesa y, cuando Nolan se gira para mirarme, pienso que hasta aquí hemos llegado.
Casi oigo las palabras que tiene en la punta de la lengua; las dirá con una mueca: «Me vuelvo a Tennessee.
Me lo he pasado de muerte, pero estáis taradísimos, en serio».
Nolan no aparta los ojos de los míos mientras coge el vaso y lo levanta a modo de brindis. Puede que tenga la cara un poco verde, pero me sonríe cuando dice:
—De un trago.
Le detengo la mano antes de que el vaso roce sus labios y él frunce las cejas a modo de pregunta.
—No te bebas el dedo —le advierto—. Te saldrá muy caro.
—¿Cómo de caro?
—Un dedo del pie, probablemente. O una multa.
O ambas… No lo sé, nadie me ha contado nunca de qué va la movida.
Pero, teniendo en cuenta que estamos en Cabo Masacre, yo no lo comprobaría, ¿sabes?
—Le suelto la muñeca levantando los dedos poco a poco—.
Última oportunidad para salir corriendo.
O, ya sabes, sentarte fuera taciturno mientras yo estoy de juerga con algunos cadáveres.
—Vale… No me bebo el dedo del pie. No pensaba hacerlo de todos modos, pero gracias por la advertencia.