NÉCTAR #2
—No lo sé. No suele ir. Pero otros agentes sí que van. No puedo decir que me entusiasme la idea de «socializar con el enemigo» que implica el baile, aunque a lo mejor se hacen preguntas si no voy, ¿sabes?
Nolan no responde mientras dejo el pincel y cojo uno más fino, más preciso para hacerme la raya. Estoy a punto de meterlo en el bote de gel negro cuando me dice:
—¿Quieres ayuda?
Lo miro a los ojos en el espejo; las preguntas y la amenaza me afilan la mirada.
—Si vas a decirme que tu ex Gisèle te enseñó trucos de maquillaje, paso.
Nolan se ríe y se acerca con su carisma oscuro en todo su esplendor.
—No fue Gisèle, pero lo de hacer scrapbooking me dio mucha práctica en eso de tener pulso firme.
Se arrodilla a mi lado con la palma extendida, esperando.
Dudo. Nadie me ha maquillado desde la noche de pijamas en casa de mi amiga Caroline cuando era pequeña.
Nos quedamos despiertas hasta tarde, riéndonos en la oscuridad, pintándonos los párpados la una a la otra con diferentes colores.
A la mañana siguiente, todo mi mundo se desmoronó; todavía tenía la purpurina azul pegada a la piel cuando la policía me dijo que me había quedado huérfana.
Recuerdo hasta el último detalle. El sonido de la risa de Caroline cuando sonó el timbre y corrimos hacia la puerta.
La primera raja que se me abrió en el pecho cuando el agente de policía se quitó la gorra y me preguntó mi nombre.
La presión de la mano de la señora Janssen en mi hombro cuando vino a la puerta.
El olor a vainilla que desprendía la espátula que se le cayó al suelo cuando el agente nos dio la noticia. La sal de las lágrimas en la lengua.
Parpadeo para alejar los recuerdos y le dejo el pincel a Nolan en la mano, insegura; luego le acerco el bote de gel deslizándolo por la mesa.
—Ahora quédate quieta —dice mientras gira el taburete para centrarme—. No querrás que te dibuje una polla en la cara por accidente, ¿verdad?
—Eso no sería un accidente.
Nolan sonríe; le brillan los ojos al levantarme la barbilla ejerciendo solo un poquito de presión con el pulgar.
—Tienes razón. —Alza el pincel con el gel negro; luego se detiene cuando me lo acerca a las pestañas—. Mira al frente y relájate.
A lo mejor es una tontería querer estar guapa para un baile en el que cada segundo me parecerá una cuenta atrás que ninguno de los dos puede controlar. Pero hago lo que me pide y las pinceladas suaves se me deslizan por la comisura del ojo.
—¿Cuánto tiempo tardaste? —pregunto. Él desvía los ojos del pincel y me mira con una expresión expectante—. En volver a escribir después del accidente.
No parpadea, como si no se esperara la pregunta; luego vuelve a centrarse en el pincel y dibuja otra línea.
—Tardé un mes en empezar a intentar usar un tenedor y un boli.
Ambos intentos tuvieron efectos varios. —Nolan moja el pincel en el gel antes de regresar al ojo—.
Pasaron unas cuantas semanas antes de que mi letra comenzara a parecerme más familiar y se alejara de las manualidades de parvulitos.
La verdadera precisión y la estabilidad me llevaron meses.
Observo hasta el más mínimo cambio en la expresión de Nolan, centrado en dibujar una línea recta. Cuando me pide que cierre los ojos, saboreo su tacto suave y su olor familiar.
—Lo siento —susurro.
Levanta el pincel de mi piel, pero no me muevo, porque su caricia etérea como una pluma me cubre la mejilla.
—No tienes nada que sentir.
—Sí que tengo algo que sentir —digo abriendo los ojos—.
Y lo siento. —Le envuelvo la muñeca con la mano; lo detengo antes de que pueda seguir con su tarea—.
¿Tú nunca te has preguntado qué habría pasado si la noche del accidente me hubiera quedado a tu lado?
Tal vez, en esa versión de la historia, también habríamos acabado juntos.
—O tal vez no. —Su sonrisa agridulce se desvanece tan rápido como ha aparecido—.
A lo mejor necesitaba que te marcharas para tener algo por lo que luchar.
Y a lo mejor tú necesitabas este lugar y esta gente para sanar.
Así que si pudiera volver atrás en el tiempo, no cambiaría nada.
No me arriesgaría a no estar aquí ahora mismo.
Me trago el nudo que se me ha formado de repente en la garganta y asiento; las lágrimas se me acumulan en las pestañas.
Porque yo siento lo mismo y a lo mejor necesitaba escucharlo.
Da igual las veces que me haya imaginado en una situación diferente y una vida más fácil, no cambiaría la que tengo ahora.
No pondría en riesgo esta oportunidad de ser amada independientemente de lo profunda que sea mi oscuridad. Amar de una forma tan intensa a cambio.
—No llores —me pide Nolan, dándome un beso ligero en la punta de la nariz—. Vas a arruinar mi trabajo.
Respiro hondo, le suelto la muñeca y cierro los ojos; solo tarda un poquito más en terminar de maquillarme. Nolan le da la vuelta al taburete para que me mire en el espejo y, cuando veo mi reflejo, tengo una raya con alitas igual que la otra.
—Ni una sola polla —comento—. Estoy muy impresionada.
—Pues estarías preciosa. Todavía me da tiempo a hacértela.
Nolan se levanta y me aprieta el hombro antes de ir hacia la cama, donde espera hasta que termino de maquillarme. Compruebo por última vez los pasadores de cuervo que me apartan el pelo de la cara y me pongo en pie.
— Voilà —digo girando sobre mí misma.
—Estás preciosa, Harper. —No solo hay calor en la mirada de Nolan cuando se incorpora y me ofrece la mano. También hay anhelo, enterrado bajo esa sonrisa burlona—. Ahora vámonos de fiesta con unos cuantos cadáveres.