NÉCTAR
NÉCTAR
Harper
Después de la emoción inicial del casi fallecimiento de Tylor Knightsbridge, el resto del festival Sabores de Terror continuó sin incidentes…
Al menos por lo que me han contado. Puse una excusa para no ayudar a Lukas en la caseta de la destilería y me he pasado los últimos tres días metiéndole mano al jardín y preparando la finca Lancaster para la tormenta tropical que al parecer llegará a Cabo Masacre la semana que viene.
Y supongo que eso ha sido un poco más emocionante que el resto de actividades de ermitaña a las que me he dedicado últimamente…
Por lo menos tengo algo con lo que entretenerme mientras me alejo de uno de los eventos que más me gustan.
Aunque hay una última celebración que no soportaría perderme.
Y esta sí que quiero compartirla con el asesino que está sentado en mi salón como si fuera su casa.
La cosa es que tengo que reunir valor para preguntárselo y no sé por qué, de repente, me resulta algo tan intimidante.
A pesar de lo mucho que me he metido con Lukas porque no le ha pedido a Max que lo acompañe al baile, aquí estoy, en el mismo barco… aterrada por que me rechacen.
Ay, Dios. Estoy en el mismo barco que Lukas Lancaster.
Respiro hondo y carraspeo.
—Bueno… Eeeh…
Joder. Qué buen comienzo. Superelocuente.
Nolan baja el libro y me mira, de pie al lado de la mesa, retorciéndome los dedos mientras me esfuerzo para no morderme el labio. No lo consigo. En cuanto él ve ese gesto tan familiar, frunce el ceño.
Maldita sea.
—¿Pasa algo malo? —inquiere.
—No, no. No… malo. Es solo que… me preguntaba qué planes tienes esta noche.
Pasa la vista por el salón como si de los rincones fuera a salir un secreto. Levanta el libro de tapa blanda y lo sacude en el aire.
—Los estás mirando.
—Ja… ya. —Compruebo el reloj, que parece burlarse de mí desde la pared. Ya son las seis y pico—. Tiene sentido. Totalmente.
—Vale. —Nolan deja el libro abierto en su regazo y me dedica una mirada seria—. Dime qué demonios ocurre. Me estás empezando a preocupar. Bueno, más de lo normal, y ya es decir.
«Dile que se olvide», dice la voz pesimista de mi cabeza desde la jaula en la que intento encerrarla. «Seguro que Nolan está cansado… ¿No ves que está leyendo y de tranquis en el sofá? Ni siquiera sabes si se va a divertir. Deberías pasar página y olvidarte de esta idea de mierda».
Pero no quiero.
Me lleno los pulmones de aire y por fin consigo soltar:
—¿Quieres ir a un baile conmigo? ¿Esta noche…
? —Las palabras parecen flotar en el aire mientras la expresión de Nolan permanece completamente estoica.
Trago saliva y cambio el peso de un pie al otro—.
Es la Danza Mortal, un baile de granero.
Solo para los habitantes de Cabo Masacre, top secret.
Es nuestra forma de celebrar el final del festival Sabores de Terror.
Él sigue impávido.
—Tengo que admitir que un baile de granero llamado Danza Mortal suena un poco jodido, incluso para los estándares de este pueblo.
Tampoco es que se vaya a morir nadie. Solo se sirven algunos cócteles turbios y los cadáveres descartados de la carrera de coches sin motor y del festival de comida se unen a la jarana.
Y hay una movida con un dedo del pie cortado…
, pero eso es mejor vivirlo que explicártelo.
Ya está… he alcanzado el límite de la rareza. Seguro que Nolan está preparadísimo para largarse del pueblo por patas y regresar a Tennessee. Quizá estoy un poco en plan catastrófico, pero es difícil no ponerse así cuando el tío ni siquiera parpadea.
Dios santo, a lo mejor lo he roto.
Estoy a punto de abrir la boca para salir de la tumba que me he cavado yo solita cuando él por fin suelta una bocanada de aire contenido y se pasa las manos por la cara mientras ladea la cabeza.
Sí, está claro que lo he roto.
«Te he dicho que era una idea de mierda».
—Joder, Harper —dice Nolan; al enderezarse una chispa traviesa le brilla en los ojos—. Creía que no me lo ibas a pedir en la vida.
—¿Lo sabías?
—Ya me lo han pedido seis veces.
Me cruzo de brazos, entrecierro los ojos. No me entusiasma la idea de volver al barco de Lukas Lancaster tan rápido.
—¿Quién? Necesito nombres. Voy a rajar a esa zorra.
—Sé que sí. Por eso no te voy a decir quién ha sido.
—No digo que vaya a asesinar a nadie… solo a cortarle un par de dedos con las tijeras de podar. Sobrevivirá. Probablemente.
—Ya, seguro que la cosa no va a más. —Nolan finge que le interesa el libro, lo vuelve a coger y pasa la página—.
Primero serán los dedos y de repente el Monstruo de las Galletas estará en funcionamiento y Morfeo se comerá los ojos de una pobre mujer mientras parlotea sobre galletas asesinas. Así que ni borracho, fiambre.
—Si tú ni siquiera eres de aquí —digo—. Una masacradora casquivana y sedienta no debería ir por ahí invitando a la Danza Mortal a cualquier turista buenorro que se le ponga por delante. Así no es como se hacen las cosas.
Nolan resopla.
—Y fuimos al Bruma Nocturna. Todo el mundo sabe que nosotros tenemos una… —sacudo la mano entre los dos— una cosa.
Los hoyuelos hacen acto de presencia a pesar de los intentos de Nolan por contener una sonrisa.
—Creo que se suele llamar «relación».
Me arden las mejillas cuando le lanzo una mirada asesina al rincón del salón. Al centrarme de nuevo en Nolan, tiene los hoyuelos aún más marcados.
—Sí —respondo—. Esa cosa.
Se le escapa una carcajada y trata de ocultarla con una tos, aunque sin mucho entusiasmo, antes de echar mano de su Earl Grey y darle un trago.
—Bueno, entonces, si lo sabías, ¿por qué no me lo has pedido tú a mí?
—Me pareció que así sería más divertido. —Se encoge de hombros—. Y tenía razón.
—Desternillante —digo seria y giro hacia las escaleras—. Bueno, pues voy a prepararme.
—Vale…, pero en realidad no he dicho que sí.
Mi media vuelta se convierte en una completa.
Un segundo después, me lanzo por encima del sofá y caigo sobre el muro de músculo que es Nolan Rhodes.
Esa risa que rara vez tengo ocasión de oír llena la estancia mientras le clavo los dedos entre las costillas.
Y, madre mía, sí que tiene cosquillas. Casi lo tengo sometido a mi voluntad en cuestión de segundos y disfruto de cada instante de esta breve incapacidad.
—Eres un cabrón, ¿lo sabes, Rhodes?
—Y tú eres adorable cuando te pones agresiva —dice entre sus risitas infantiles. Por fin consigue agarrarme de una muñeca y me pasa la pierna por las caderas. Con un movimiento rápido, acabo tumbada bocarriba, inmovilizada por su peso.
Si pudiera conservar un único momento y vivirlo por siempre, elegiría este.
Nolan me mira desde arriba. Los rayos del atardecer se cuelan por la ventana e iluminan los mechones rubios que le ha aclarado el sol.
Tiene las mejillas sonrosadas, los labios curvados en una sonrisa despreocupada.
Intento quedarme con cada detalle… Los tonos verdes y marrones de sus ojos, las pequitas de su piel.
El ritmo del pulso que le late en el cuello.
El olor a cedro y sándalo. Pero, sobre todo, esa sensación que irradia.
Soy amada como nunca lo he sido antes. Preciada.
Adorada. Este hombre encaja entre mis pedazos rotos y suaviza los bordes afilados de la culpa y el sufrimiento.
Y lo único que deseo yo es hacer lo mismo por él.
Llenar sus huecos con algo deslumbrante, algo precioso. Algo que jamás perderá su brillo.
Las palabras que quiero decir están ahí, ahogándome en la garganta. Pero no puedo soltarlas.
Nolan se agacha y me da un beso en los labios. No es una caricia de calor, sino de dulzura. Solo un toque suave, como un sello para grabar este momento en la memoria. Y entonces se va.
—Vamos a prepararnos —dice levantando el peso de mi cuerpo. Me tiende una mano para que me incorpore y la acepto—. No quiero llegar tarde a algo mortal. ¿Se supone que tengo que ir disfrazado? ¿A lo mejor con la cara despellejada de un enemigo o algo?
—La tentación de decirte que sí es muy fuerte.
Subo las escaleras delante de él hacia el dormitorio y Nolan coge algo de ropa antes de ir al baño a darse una ducha; yo me pongo un vestido corto con escote de corazón y un estampado de calaveras, enredaderas y dalias de color amarillo oscuro.
Me siento en el tocador, casi rozando el espejo con la nariz mientras intento salvar la raya del ojo con forma de ala errante; la retahíla de improperios que suelto empaña el cristal.
Cuando vuelvo a echarme para atrás en el taburete bajo, derrotada, Nolan aparece en el reflejo.
Se apoya en el marco de la puerta, y es que me muero de lo tremendo que está en todos los sentidos con esa camisa negra a medida y los pantalones de vestir a juego.
—¿Estás stalkeándome? —pregunto con una sonrisa mientras cojo la esponja de maquillaje para borrar la línea negra.
—Cazo, no stalkeo. —Extiende el brazo para agarrarse a la parte superior del marco de la puerta. No sé por qué eso resulta tan sexi. Pero lo es—. ¿Tienes dificultades técnicas?
Me obligo a no centrarme en él y aplico una nueva capa de sombra de ojos.
—Hacerse la raya del ojo es una putada —digo—.
Un ojo siempre te queda perfecto. El otro parece que te lo has hecho con la mano izquierda durante un puto terremoto.
—Suspiro. Me deslizo el bronce dorado por la piel—.
A lo mejor es ridículo preocuparse por la raya del ojo teniendo en cuenta que las neuronas de Yates podría hacer sinapsis en cualquier momento y que se presente en la puerta con unas esposas y una orden de arresto.
—La opción de largarse sigue ahí, ¿sabes? —me recuerda Nolan, y le lanzo una mirada afilada a través del espejo—. Eso me parecía a mí. ¿Yates irá al baile?
Me encojo de hombros; el nudo de incomodidad se me retuerce en el pecho.