CAPSAICINA #2
—Bueno, no sabría decirte hasta qué punto Arthur se ha puesto al día de las prácticas de laboratorio para el análisis de venenos desarrolladas en los últimos años, pero cuando creó la fórmula hace veinte años, nunca lo pillaron. Así que estoy segura de que no pasa nada.
—Harper…
—Me estoy quedando contigo, Nolan —dice poniendo los ojos en blanco—.
Definitivamente es indetectable. Además…
—Echa un vistazo por la esquina de la caseta.
Sigo su mirada por la fila de los muslos de pavo hasta el escenario, donde el sheriff Yates y el ayudante Collins intentan controlar la escena; hay más agentes de policía y guardias de seguridad que corren a ayudarlos.
La alcaldesa Patel está de pie a un lado con el micrófono en la mano haciendo todo lo que puede para transmitir una sensación de calma al público de Sabores de Terror mientras el caos se desata antes sus ojos.
Harper esboza una sonrisilla perversa—. En realidad, no está muerto.
—¿Estás segura? Parecía bastante cadáver.
Vemos que los paramédicos ponen a Tylor en una camilla y lo bajan corriendo del escenario. Los brazos salpicados de sangre caen por los lados, cuelgan inertes.
—Estará bien dentro de siete o diez días laborables —dice Harper.
De repente, Tylor grita, su cuerpo protesta contra las correas de nailon que lo sujetan a la camilla. Sacude los brazos. Da patadas. Aúlla un mensaje indescifrable de dolor solo para soltar una fuente de vómito y volver a desmayarse por segunda vez.
Harper se encoge de hombros.
—A lo mejor de diez a quince.
—¿Y si alguien te ha visto? Este sitio está petado.
—Nadie me ha visto. No soy una aficionada, Nolan.
—Entorna los ojos—. No es tan difícil echarle a alguien un poco de veneno en la cerveza cuando está engullendo las patatas «Todos los días es Halloween» en la caseta de La Boya y la Baliza.
Esa mierda está tan buena que no te enteras de nada.
A lo mejor hasta le ha servido atiborrarse a grasa antes de subirse al escenario.
Me paso una mano por la cara y suelto un suspiro profundo.
—Como muera… eso sí que va a ser una putada.
—¿De verdad…? —Harper se vuelve hacia mí y le respondo con una mirada seria—. Para ser alguien que hace poco se cargó a un tío tirándolo por un acantilado y ahogándolo, te estás poniendo muy tiquismiquis con todo esto del veneno.
Me arden las mejillas del calor y ella me dedica una sonrisa perversa; sabe que ha metido el dedo en la llaga.
—A lo mejor. Pero no podemos eliminar un asesinato de la lista y a los dos días cometer otro. Acabamos de solucionar lo de Jake.
—Tylor va a estar bien. Solo le di media dosis.
Además, no me dejó otra opción. —Harper endereza los hombros.
Su tonito burlón se convierte en una determinación amenazadora—.
Empezó él, que le fue a Lukas con toda esa movida de «¿Has visto a esta mujer?
». Luego aseguró que Sarah Winkle había dicho que creía que la mujer de la foto podría ser una tal Harper Starling que vive en la casa anexa de la finca.
Así que, gracias a nuestra querida vecina Caracoño Putáez, he tenido que hacer algo.
Resoplo, a pesar del aluvión de pánico y la convicción repentina de que Harper intenta desviar la atención de lo seria que es la situación.
—Puta Winkle.
—Sí. Y como no puedo matarla a ella… todavía…
, he pensado que podría decantarme por la segunda mejor opción y dejar a Tylor fuera de juego antes de que se acerque más.
—Harper vuelve a mirar por la esquina de la caseta mientras la gente sigue corriendo, algunas personas tienen la cara descompuesta del shock—.
Además, se ha comportado como un capullo con Lukas, así que ese ha sido el segundo strike.
No veía sensato cargarse a otro Buscasabuesos, pero nadie dijo que no pudiera mutilarlo.
Suspiro y me paso la mano por el pelo.
—Supongo que al menos este no se suma a la lista interminable de desaparecidos.
El dolor le cruza la cara a Harper antes de que se lo trague y lo aparte. No estoy seguro de por qué.
—Sí, bien visto —responde, aunque no me da la sensación de que se crea sus propias palabras. Se sacude las manos y me dedica una sonrisa débil—. Bueno, a lo mejor deberíamos recoger mi bolso de la caseta de la destilería y largarnos de aquí a toda leche. Sígueme.
Asiento y la sigo entre las casetas. No hemos llegado muy lejos cuando alguien se interpone en nuestro camino.
—¿Cómo coño has venido tú hasta aquí? —pregunta Harper, que se detiene de repente en el estrecho espacio que queda entre un puesto de churros y un señor que vende vasos de granizado en los que parece que alguien ha sufrido una hemorragia.
—Conduciendo —dice Arthur hinchando el pecho de orgullo.
—Tienes el carnet caducado. Desde hace dos años.
—Bah. Eso es un mero tecnicismo. ¿Qué va a hacer el sheriff Yates? ¿Arrestarme? Soy un pobre viejo, Harper.
—Creo que esa me la sé —mascullo y, aunque preveo lo que va a pasar, es más difícil de lo que pensaba no encogerse ante la mirada severa de este hombre.
—Eres el muchacho del teatro —dice.
Me escanea de la cabeza a los pies y, cuando volvemos a mirarnos a los ojos, no parece tan impresionado.
Quizá sea justo… Él va con un traje de tres piezas y corbata, un sombrero de fieltro con una pluma roja y su querido bastón con cabeza de lobo, mientras que yo llevo una camiseta negra, unos pantalones con mil bolsillos y las botas de trabajo.
—Tú eres el de las manos.
Bajo la vista a mis palmas.
—Eeeh… ¿sí…?
—Hoy no le vamos a cortar las manos a Nolan —interviene Harper cruzando los brazos.
Silbo, paso la mirada de un asesino al otro.
—¿Qué?
—A lo mejor mañana sí —aclara ella—. Quién sabe.
—Harper —ladra Arthur—, yo nunca le cortaría las manos a nadie.
—Nolan estaba en el cementerio la noche que decidiste librar a Cabo Masacre de aquel «hombrecillo insignificante» que tenía un «demonio de bolsillo maleducado» —dice con voz monótona.
Hay una pausa larga mientras el hombre sopesa la información.
—Ah. —Me vuelve a lanzar una mirada escrutadora interminable y parece reconsiderar mi indumentaria bajo una luz más favorable—. Está bien. En tal caso: Harper, ¿has estado jugando con mi Marea Roja?
—Me dijiste que podía usarla, así que… la he usado. Bueno, la mitad. Vivirá. Probablemente.
Arthur parpadea, esboza una mueca como si acabara de comerse algo agrio.
—Menudo desperdicio de un buen veneno. ¿Sabes lo difícil que es hacer la Marea Roja?
—Era uno de esos hombres de los grupos de investigación amateur, Arthur —sisea ella—. A lo mejor no deberíamos ir por ahí matándolos.
—Uno más no puede hacer daño.
Harper suspira con dramatismo.
—Es imposible ganar con vosotros dos. Tú no quieres que lo mate —dice Harper señalándome— y tú no quieres que él viva. —Sacude una mano hacia el viejo y entorna los ojos.
A Arthur no parece preocuparle demasiado el hecho de que su veneno pudiera dejar un rastro sangriento que vaya derechito a Harper.
Farfulla algo de su preciada Marea Roja y hemorragias y que se supone que tiene que ser «una catapulta dramática a la otra vida, no un pedo en la tumba» o alguna mierda.
Y me dan ganas de decirle que no sabe lo que le está haciendo a esta chica.
Cuánto se está esforzando la pobre por estar a la altura de sus expectativas.
Cuántas ansias tiene de continuar con su legado, aunque al hacerlo arriesgue su propia felicidad.
Pero entonces la miro de verdad. La veo tal y como es, más allá de las cosas que quiero para ella.
Distingo el brillo en sus ojos por haber hecho una travesura, lo tensas que tiene las mejillas por intentar contener una sonrisa.
La oigo reírse de lo absurdas que son las protestas del viejo.
La veo tomarle el pelo, hacer comentarios sobre los zapatos, vacilarlo porque está coladito de Irene, disfrutar de las negativas a medias que suelta él.
Y los susurros de violencia que me recorren las venas parecen acallarse.
Solo quiero que sea feliz. Puede que la responsabilidad que siente hacia Arthur parezca una carga desde fuera y, algunos días, estoy seguro de que a ella también se lo parece, pero ese hombre la hace feliz.
Aunque podría ser peligroso, debo tener fe en que la chica sabe lo que está haciendo.
Porque a lo mejor ella lo necesita tanto como él la necesita a ella.
—Venga —dice Harper, cogiéndole a Arthur la mano y poniéndosela en el brazo—. Vamos a ver el puesto de la destilería Lancaster. Vas a estar muy orgulloso.
Giran despacio y con cuidado. El viejo arrastra los pies a cada paso. Harper no parece ver que tiene los ojos entrecerrados, el modo en que no los despega de mí, como si fueran brea. La amenaza tácita bajo su velo opaco.
Sé que tengo que confiar en ella, pero, cuando se trata de Arthur, puede que sea más difícil de lo que pensaba.