Temporada de cosecha (Masacre 2) CAPSAICINA
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CAPSAICINA

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Nolan

Paso entre las casetas de comida, mirando la ubicación que me ha mandado Harper, cuando el móvil vibra con una notificación de mi hermana.

¿A que no adivinas a quién vi anoche en el Bootknocker? ¡A Gus! Me dijo que lo más seguro es que vuelvas a casa en una semana o dos, ¡por fin! ¿Y sabes qué le dije yo…?

El corazón se me retuerce incómodo en el pecho.

No solo porque sé lo que va a decir mi hermana cuando le responda al mensaje de que se encontró con mi jefe, sino porque estoy mirando el puntito que es Harper en la pantalla, un punto que ejerce la atracción gravitacional de una estrella implosionando.

Estoy viendo dos mundos colisionar en la palma de mi mano.

¿Qué narices estabas haciendo en el Bootknocker? Ese sitio es lo peor.

¡DING, DING, DING! Eso es JUSTO lo que le dije que dirías para evitar darle a tu hermana pequeña detalles sobre tu vida porque es lo que siempre haces cuando hay una chica implicada.

No le dijiste eso.

A lo mejor sí.

¿Y? ¿Quién es la afortunada? ¿¿¿Y cuándo vuelves a casa???

Gruño, me guardo el teléfono al llegar al límite de la zona abierta que hay delante del escenario.

El móvil me vibra en el bolsillo y estoy seguro de que es Amelia intentando sonsacarme detalles.

Quiero muchísimo a mi hermana, pero ignoro su mensaje y recorro la multitud con la mirada.

Solo pretendo alejar esa vida, al menos un ratito más.

Aquí todavía hay muchas cosas que me preocupan.

Hay mucho más que deseo de Cabo Masacre, aunque no debería.

Diviso a Harper en medio de la muchedumbre.

Como si tuviera una vibración que sería capaz de distinguir entre miles de personas.

Me abro paso hasta donde se encuentra y estoy convencido de que ella también lo siente, porque se gira y me mira a los ojos antes incluso de que me acerque.

Antes lo hacía con miedo. Desdén. Desconfianza, incluso después de que el pavor que sentía se convirtiera en deseo carnal. Pero ahora veo alivio. Anhelo.

Creo que amor.

—Me has encontrado —dice una vez me detengo a su lado.

—Ya te lo he dicho… —Le paso una mano por la lumbar. Me acerco más. Saboreo la respiración que se le entrecorta, los hombros que se le estremecen al susurrarle contra la piel—. Siempre te encontraré.

No borra la sonrisa cuando la beso con intensidad. El mundo se desmorona. Podríamos ser las dos únicas personas que hubiera ahora mismo en este parque. Al menos, podría creerlo hasta que una ronda de aplausos y gritos se alza a nuestro alrededor.

—¡Todos los concursantes sobreviven a otra ronda! —exclama una voz desde el escenario.

—¿Qué pasa? —pregunto al dejar de besarnos. Harper acapara toda mi atención cuando se une a los gritos del resto de los asistentes—. Esto no será una ejecución pública, ¿verdad?

Me dedica una sonrisa pícara.

—El próximo pimiento del concurso anual de chiles de Sabores de Terror es el Anillo de Fuego de Dale, con su propia variedad de chile fantasma que cultiva aquí mismo en Cabo Masacre —anuncia Bert con su voz de presentador dramático mientras el público se ríe con disimulo.

Miro al escenario, donde Bobby les está pasando pimientos a los concursantes, que empiezan a sudar bajo el sol implacable. Y hay uno que suda más que los demás.

Tylor Knightsbridge.

—¿Qué hostias hace otra vez en el pueblo? —pregunto.

—Esperaba que tú lo supieras, pero supongo que no.

—Harper frunce el ceño y observa a la gente que nos rodea—.

He revisado el Discord; no ponía nada de que fuera a venir, lo cual me parece un tanto preocupante.

Tras la muerte de Sam y Vinny no hacía más que decir que la gente debería acudir en plan marabunta.

—Vuelve a mirarme—. A lo mejor sospecha que los están vigilando.

—Me cago en todo. Creía que habíamos conseguido que dejaran de venir después de que apareciera el hueso de Jake. Pero, en ese caso, habrá traído a otro grupo de Buscasabuesos. —La agarro del brazo—. Tal vez deberíamos irnos.

—Sí. Dentro un minuto. —Harper señala el escenario con la barbilla, tiene la voz un tanto distante cuando añade—: Quiero ver cómo le va en la siguiente ronda.

—No sé si va a llegar tan lejos. Tiene pinta de estar a punto de desmayarse.

Harper asiente, su boca es una línea de determinación. Me gustaría creer que es por el modo en que Tylor se aferra a su bolsa azul para vomitar y se mueve incómodo en la silla. A lo mejor tiene fetiche por los vómitos. Pero dudo que sea eso.

Me giro despacio, la miro de frente.

—Prométeme una cosa, ¿quieres? —Ella me observa de reojo y alza la ceja en una pregunta silenciosa—. Nunca juegues al póquer. Perderías. Estrepitosamente.

Harper resopla y se cruza de brazos.

—No sé qué quieres decir.

—En serio —digo, y levanto la mano para tocarle la mejilla con cuidado.

Le paso el pulgar por el labio inferior y se le cierran los ojos.

Me acerco a su oreja, inhalo su aroma a hierba fresca y whisky envejecido—.

Te mueres de ganas de morderte el labio.

Lo sé. Y cuando lo haces, estás metida en un lío.

Le meto el dedo en la boca y saboreo esa necesidad tectónica que le sacude todo el cuerpo.

—¿Quieres contarme lo que está pasando? —susurro.

Me aprieta el pulgar con los labios mientras lo libero de su boca.

—Es posible que algunos hombres no soporten el calor —dice casi sin aliento—. O…

—¿O…?

Bert inicia la cuenta atrás para los concursantes.

—Tres…, dos…, uno…

Harper se pega más a mí; mi creciente erección se tensa contra los vaqueros.

—O a lo mejor la capsaicina está acelerando una sorpresa superespecial.

Me aparto lo suficiente para mirar esa sonrisilla perversa que tiene dibujada.

—Una sorpresa —repito. Ella se encoge de hombros—. No sé por qué, pero me da en la nariz que a él no le va a parecer «superespecial».

—Entonces es que no tiene sentido del humor —responde ella.

—Tylor —interviene Bert y nos volvemos hacia el escenario.

El resto de concursantes consiguen darles bocaditos a los despiadados pimientos color carmesí.

Tylor, en cambio, no. Parece que está sufriendo de verdad; está pálido a pesar del calor, la piel le brilla del sudor—.

No te rindas, hombre… Hay una botella de whisky en juego —lo anima Bert dándole una palmadita en la espalda que al otro le provoca una mueca.

Harper resopla.

Tylor se aferra al pimiento rojo sin comer en una mano y a la bolsa de vómito en la otra.

Por cómo se inclina hacia delante con los brazos apoyados en la mesa, diría que ni siquiera sabe qué está agarrando.

Está entrando en un nuevo reino de dolor y, con él, se empieza a dar cuenta de que algo va muy muy mal.

Pero tampoco es que el público sea consciente de su epifanía.

Siguen animándolo mientras el resto de concursantes sufren con sus chiles.

—¡Tylor! ¡Tylor! ¡Tylor!

El susodicho suelta un grito de agonía.

—¡Tú sigue, tío! —le dice Bert al micro.

—¡Sigue, Tylor! —corean las voces del público, entre ellas Harper.

El Buscasabuesos deja caer la cabeza sobre el antebrazo y, con la otra mano, da un puñetazo en la mesa.

—¡Vamos, Tylor! ¡No pares ahora! —exclama Harper.

Me paso una mano por la cara.

Tylor suelta otro alarido, este es más desesperado que el anterior. Cuando se endereza, el público ahoga un grito a la vez.

Lágrimas rojas le caen de los ojos y le pintan las mejillas con chorretones carmesíes.

Caen como goterones en el mantel de plástico de la mesa.

El resto de los concursantes se aleja de él a trompicones como si tuviera una enfermedad contagiosa.

El micrófono de Bert captura los gimoteos, que resuenan por los altavoces entre toda la muchedumbre silenciosa.

Y entonces Tylor vomita un chorro de sangre hacia el público antes de caer de espaldas.

Por un segundo, todo el mundo se queda callado por el shock. Y, de repente, entran en pánico. Salvo Harper Starling y yo, claro.

—¡Hala!, eso ha sido mucho más dramático de lo que esperaba —dice en voz baja mientras la gente nos empuja para alejarse con los niños, algunos de los cuales están gritando y estoy seguro de que han quedado traumatizados de por vida gracias a este evento tan sanguinolento.

—Qué ganas de que me cuentes más sobre… lo que haya sido esto.

—Miro hacia el escenario. Los paramédicos suben las escaleras corriendo con sus kits, seguidos de cerca por el sheriff Yates vestido de paisano.

Agarro a Harper del brazo y tiro de ella para adentrarnos más en la marabunta en movimiento—. Deberíamos irnos.

Nos abrimos paso entre los espectadores, dejando atrás a los curiosos que se sienten atraídos por lo mórbido del asunto y que todavía tienen los ojos clavados en el alboroto.

Nos desviamos en la caseta de los muslos de pavo asados, donde la gente sigue haciendo cola como si no estuviera sucediendo nada dramático a unos pocos metros.

No me detengo hasta que nos refugiamos en el lateral de la caseta y no se nos puede ver desde el escenario.

Harper y yo nos quedamos mirando fijamente el uno al otro durante un buen rato.

Ella tiene los ojos asalvajados. El pecho le tiembla.

Me entran unas ganas repentinas de devorarla, joder.

Dios, estoy convencido de que es superturbio.

Pero parece que no puedo dejar de desearla, sobre todo en estos momentos en los que no debería, y lo único que evita que me la eche al hombro y me la lleve para castigarla como sé que le encanta es el miedo de que se haya puesto en peligro.

—¿Te importaría explicarme qué ha pasado ahí? —le pregunto, haciendo un gesto con la mano hacia el escenario.

—Tylor vino a la caseta de la destilería a hacer una visita, así que decidí… encargarme de un par de cosillas.

—Con veneno.

Harper se encoge de hombros.

—Debería ser indetectable.

—Debería —repito y ella asiente—. Eso no me transmite mucha confianza.