Temporada de cosecha (Masacre 2) ENVOLUTURAS #3
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ENVOLUTURAS #3

Le doy vueltas a la conversación con Yates, pero no demasiado.

Sobre todo porque al otro lado del mostrador crece la cola.

Le pillamos el ritmo. Servir muestras, hablar de sabores, poner copas y vender botellas.

La música no deja de sonar mientras los grupos se van sucediendo en el escenario y nos levantan el ánimo.

A veces incluso bailamos detrás del mostrador; le sacamos el máximo partido al ambiente y la calidez de los últimos días de verano.

Sin embargo, el buen rollo se corta de repente cuando veo a alguien conocido que se aproxima desde lejos.

Tylor Knightsbridge.

Está igual que la primera vez que lo vi saliendo del Grano el mes pasado; hasta lleva la misma ropa. El pelo que ya clarea. Piel pálida. Camiseta azul. Se acerca con el ceño fruncido, centradísimo en algo que tiene en la mano. Un trozo de papel doblado.

No sé qué coño está haciendo aquí. Cuándo ha regresado. Con quién está. Pero sé que está cazando algo y no puedo permitir que me vea.

—Enseguida vuelvo —le digo a Lukas intentando mantener un tono desenfadado—. Voy a comer algo rápido… No he tomado nada en toda la mañana.

Él sigue moviéndose al ritmo de la música, completamente ajeno al peligro que viene directo hacia nuestra caseta.

—Sin ningún problema, aquí lo tengo todo controlado.

Le dedico una leve sonrisa y desaparezco en la trastienda antes de que Tylor pueda verme. Pasan un par de minutos agonizantes hasta que escucho su voz; la reconozco del día que estuvo justo detrás de mí en Los Mejunjes Mágicos de Maya.

—Me gustaría probar el bourbon Carnicero Sangriento —dice y contengo las ganas de echar un vistacillo por el borde de la carpa.

—Sin problema —oigo decir a Lukas y luego el clic de una botella cuando coge la del exhibidor para servirle un chupito de licor—. Es de una de las últimas remesas que se hicieron antes de que cerrara la destilería hace casi treinta años. Tiene notas de manzana, crème brûlée y…

—¿Has visto a esta mujer?

La respiración se me queda atrapada en el pecho.

Cuando cierro los ojos, puedo ver la foto con total claridad.

Al menos espero que siga siendo la única que tienen.

Ni siquiera sabía que iba a volver al pueblo.

No han dicho nada en el servidor de Discord y de repente se apodera de mí el miedo de que a lo mejor se han dado cuenta de que había gente cotilleando que no debería estar ahí.

¿Y si han estado hablando en un lugar más seguro?

¿Y si Tylor no es el único que ha venido?

¿Y si su amiga Emma también ha vuelto? ¿O gente que no puedo reconocer en una multitud de caras desconocidas que superan a las de mis vecinos?

¿Y si Lukas Lancaster (el dulce, ingenuo y discutiblemente virginal de Lukas) es mi perdición?

—¿Por la nuca? —pregunta este—. No sabría decirte. Lo siento.

Exhalo, pero el aire se me vuelve a quedar atascado en los pulmones cuando Tylor insiste:

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Porque la señora de la caseta de la panadería de allí parece creer que podría ser una mujer llamada Harper Starling que vive en la casa anexa a la finca Lancaster. La misma que pertenece a tu abuelo.

Lukas suelta una risita vacía que tiene un tinte oscuro.

—Sarah Winkle, ¿eh? Ya, suele equivocarse en muchísimas cosas.

—Entonces, ¿la tal Harper no vive en el terreno de tu abuelo?

—Sí. Pero esa no es Harper. No sé quién es.

—¿Estás seguro?

—Sí. —El tono de Lukas no admite réplica y no invita a seguir ahondando en el tema—. ¿Quieres probar algo más?

Se hace un silencio que parece durar demasiado antes de que Tylor diga:

—El reserva, por favor.

Lukas explica el perfil de sabor con otro clic de una botella.

Esta vez, Tylor se queda callado mientas dura la explicación.

A continuación, se sucede un instante silencioso en el que debe de estar probando el líquido ámbar, aunque no me molesto en comprobarlo fisgoneando al otro lado de la lona.

Albergo la esperanza, aunque sea volátil, de que la conversación haya acabado y Tylor esté dispuesto a marcharse.

Pero es un Buscasabuesos. No se rinde así como así.

—¿A ti no te parece raro que aquí haya tantas desapariciones extrañas? —pregunta Tylor.

—Es un pueblo remoto situado en una zona inhóspita de la costa. La gente se pierde. Muere en el mar. Aquí siempre ha sido así, por desgracia.

—A veces también mueren en tu destilería. Y, dado que la explicación del sheriff parece un tanto floja, me pregunto si la mujer de esta foto podría responder algunas preguntas, ya que él parece no ser capaz o no estar dispuesto a hacerlo.

Una pausa pesada flota en el aire. La voz de Lukas es un gruñido bajo cargado de amenaza cuando dice:

—Si tienes preguntas, háblalo con el sheriff. ¿Quieres comprar la botella o no?

La voz de Bert interrumpe la algarabía del festival a través de los altavoces que hay colocados por todo el terreno para hacer un anuncio:

—El concurso de comer chiles empieza dentro de una hora.

Esta es la última oportunidad para inscribirse.

El ganador recibirá una cesta épica con diversos productos de nuestros expositores, entre los que se incluye el jabón artesanal Límpiate el Culo de Los Mejunjes Mágicos de Maya, cheques regalo del pub La Boya y la Baliza así como de la cafetería Un Grano Náufrago y, por último, una botella de reserva de whisky de centeno de la destilería Lancaster.

Si crees que puedes soportar el calor, ven a la caseta de al lado del escenario y apúntate.

—Bueno —dice Tylor. Distingo la sonrisa en su voz—. Supongo que me apuntaré al concurso. Gracias por la cata.

Lukas no añade nada más. Y yo no vuelvo al mostrador.

«Se acabaron los asesinatos», pienso mientras miro fijamente el bolso que está apoyado en la pared de la tienda. Escucho la voz de Nolan y me imagino su cara cuando me tenía encajonada contra el mostrador del viejo granero. Esa sonrisa fiera, ese brillo de promesa pura en los ojos.

«Si tengo delante de las narices la oportunidad de alejarlos de ti, la voy a aprovechar, Harper —dijo—. Y estoy más que dispuesto a romper todas las reglas para hacerlo».

Knightsbridge no solo podría desenterrarme a mí si se acerca demasiado. También a Arthur. Y a Nolan.

A lo mejor ha llegado la hora de que yo también me salte unas cuantas reglas.

Agarro mi bolso. Abro la cremallera interior. Saco un vial del fondo del bolsillo.

«Marea Roja», reza la etiqueta con la caligrafía de Arthur.

Le sonrío al líquido claro que cubre el cristal y luego persigo a KnightofTruth.