ENVOLUTURAS #2
—Entonces, ¿le has pedido a Max que te acompañe al baile? —pregunto. Él entorna los ojos y le vuelvo a pegar—. Es dentro de tres días. No te queda mucho tiempo. Me juego el cuello a que ya se lo han pedido unas cincuenta veces.
—Me alegro por ella.
—Ay, mierda, ¿y si va con Julio Flores? He oído que ya ha regresado de sus viajes. El tío le daría un puñetazo en la cara a un tiburón por Max, seguro.
—¿Qué coño?
—Ya sé lo que voy a hacer —digo sacando el móvil. Tengo un par de mensajes de Nolan preguntando cómo ha ido la visita y empiezo a contestarle ocultando la pantalla para que Lukas no la vea—. Le voy a escribir a Julio para preguntarle si ya se lo ha pedido y, como no lo haya hecho, los emparejo.
—Segurísimo que sí.
Después de enviarle la respuesta a Nolan, Lukas me arranca el teléfono de las manos y lo lanza al asiento de atrás.
—Qué borde.
—Se supone que eres mi celestina.
—Lo he intentado, pero tú me lo has puesto imposible.
¿Por qué? —inquiero. Lukas no responde.
Se traga las palabras, tensa la mandíbula, aprieta el volante—.
Te rompió el corazón. Lo entiendo. A lo mejor también se rompió el suyo en el proceso.
Y ahora te pasas todo el día queriéndola y fingiendo que no.
No soportas la idea de que nadie más te adelante por la derecha.
Pero tampoco soportas perdonar a Max e intentar algo con ella.
A mí me parece que te has metido tú solito en un callejón sin salida.
Lukas se queda un buen rato callado hasta que al fin dice:
—Te odio con toda mi alma.
—Porque soy más lista que tú. Y sabes que tengo razón.
—Sip —acepta al final. Nos sumimos en un largo silencio cuando Cabo Masacre aparece ante nosotros a lo lejos, en la costa—. En realidad, no le has escrito a Julio, ¿verdad?
—Supongo que tendrás que pedirle a Max que vaya al baile contigo y averiguarlo —respondo.
Lukas empieza a preocuparse mientras vamos pasando por los puntos de referencia familiares.
Los acantilados por los que tiramos mi furgoneta hace cuatro años.
La curva de la carretera con el mirador desde el que a veces se pueden ver ballenas salir a la superficie del agua.
El faro con sus ciento cincuenta y dos escalones.
El Pico de la Viuda, donde salté por encima de la cresta de granito y casi me ahogo.
Y luego el pueblo de Cabo Masacre, con sus cestas colgantes y sus farolas de gas antiguas y sus casitas victorianas.
Y hoy está petado de caras desconocidas porque es uno de los eventos más concurridos del verano.
El festival Sabores de Terror.
Vamos hacia el aparcamiento de la carretera de Randall, donde las casetas, los camiones de comida y los castillos hinchables han transformado el espacio abierto.
Es el primer día, no son ni las doce del mediodía y ya está abarrotado a pesar de que han abierto hace una hora.
Al final del aparcamiento hay un escenario y la música de la banda folk nos alcanza antes incluso de que lleguemos.
Los asistentes del aparcamiento nos hacen señas para que vayamos a la zona de «solo personal» y cojo mi móvil y mi bolso del asiento trasero antes de seguir a Lukas por la multitud.
La brisa de agosto trae un olor a comida que nos envuelve de camino a la caseta de la destilería Lancaster.
Hay de todo, desde perritos calientes gourmet hasta platos elaborados de todos los rincones del mundo.
Hay postres y cócteles, y actores que recorren el festival disfrazados de fantasmas de las víctimas del barco que naufragó en la costa.
Pero, fiel a la esencia de Cabo Masacre, todo es un tanto…
macabro. Hay gominolas que parecen ojos en las bebidas y carne curada que cuelga como si fueran los jirones de piel de una calavera.
Las creaciones de Cadáveres a Medida suelen exponerse en diferentes casetas.
Tal vez algunos de los expositores de los vendedores sean un poco demasiado turbios para los niños de los turistas, quienes los señalan con los dedos pegajosos, los ojos desorbitados y asustados, pese a que a los niños de Masacre nunca parece molestarles.
Me viene bien volver a estar entre la gente del pueblo, aunque me bajo la visera de la gorra un poco más y estoy atenta a cualquiera que pudiera observarme con demasiado interés.
Porque claro que me invade un poco el miedo. Pero también un orgullo mucho mayor.
Sobre todo cuando vemos la caseta de la destilería Lancaster y Lukas gira la cabeza para sonreírme.
La parte delantera está hecha con madera reutilizada de la destilería original; el cartel de arriba está pintado en negro y dorado.
Los dos empleados de Lukas están entretenidos atendiendo a la hilera de turistas y vecinos que han venido a probar la selección de whiskys, y muchos se alejan con botellas envueltas en bolsas de papel.
La visión de Lukas de modernizar la destilería Lancaster por fin empieza a dar sus frutos.
—Esto es increíble, Lukas —lo felicito cuando nos dirigimos hacia la caseta, junto a la que hay una gran tienda de lona verde.
Pasamos por delante de un generador que mantiene encendidas las dos máquinas de hielo a través de una serie de cables empalmados que no tienen muy buena pinta.
En las paredes hay apiladas cajas de botellas de whisky, paquetes de vasos de plástico y bolsas decorativas.
Cruzamos la cortina; los empleados nos dedican sonrisas tranquilizadoras cuando nos pasan un par de delantales con el logo de la destilería.
—Arthur estaría muy orgulloso.
—Ya te digo que sí —suelta Bob desde la otra parte del mostrador.
A su lado está Yates con su traje de civil básico: una camisa de cuadros y unos vaqueros Wrangler; levanta el vaso de plástico para brindar con Lukas.
—Aunque a lo mejor Arthur le haría un descuento a su viejo amigo Bob en una botella de reserva.
—Buen intento —intervengo antes de que Lukas se vea obligado a responder algo con lo que no se sienta cómodo—.
Tal vez si no dilapidaras tanto dinero en ese viejo barco desvencijado que tienes, no tendrías que regatearle al trabajo duro de Lukas.
Y además en la semana de la apertura. Qué vergüenza.
Le guiño un ojo mientras le sirvo un vaso de reserva de la botella de las catas y se lo paso.
—¿Cuándo te has vuelto tan descarada? —masculla el hombre.
—Siempre he sido así.
—Cierto. —Bob le da un trago a la muestra y cierra los ojos como si estuviera saboreando, pero creo que quizá esté demasiado borracho para apreciarlo de verdad—.
Aunque a lo mejor tienes razón en lo del barco, Harper.
No me gustaría hundirme por ahí y que me coma Tiburónides como le pasó al pobre Jake.
Que Dios lo tenga en su gloria. —Se santigua con el whisky mientras yo me esfuerzo en evitar esbozar una sonrisa triunfante.
Yates mira a Bob de reojo y entrecierra los ojos.
—Te considero lo bastante sensato para no incentivar la especulación.
Bob suelta un resoplido burlón y, al escucharlo, a Yates se le tensa el músculo de la barbilla.
—Ya, pero el mes pasado los de la búsqueda encontraron en la playa la aleta de la tabla de surf y un fragmento de hueso, ¿no?
Y el hueso era suyo, así que… —Bob alza las cejas encogiéndose de hombros mientras se termina el resto del whisky.
Enseguida se lo relleno, porque el Bob Descarado es mi versión favorita de este Robert en particular.
—Bueno, bueno. Eso sigue sin ser una prueba concluyente de que lo atacara un tiburón, Bob —dice Yates—.
Lo último que necesitamos es que alguien como el viejo señor Talbot se lance al mar a matar a una especie en peligro de extinción a fuerza de dinamita porque a alguien le falte un hervor.
No necesito que un puñado de activistas de la fauna salvaje llegue al pueblo, ya tenemos bastante con los chiflados de la investigación amateur.
—Yo ayer vi una aleta en la playa. A veces hay que llamar pez a un pez, Yatisito —contraataca Bob antes de tomarse el chupito.
Le sirvo otro y Yates desliza la mirada hasta mí. Le tiembla algo en la mejilla, una vena diminuta palpita al mismo ritmo que el latido de la sien. No le gusta esta conversación en absoluto y, por alguna razón, eso a mí me hace feliz.
—Además —interviene Bob con un eructo—, yo creía que te alegrarías de haber cerrado por lo menos un caso.
«Justo lo que yo estaba pensando, Bob Descarado», quiero decir, pero cierro la boca.
—Y me alegro —masculla Yates y tarda un segundo en añadir otra cosa que se le ha ocurrido—: Me alegro de que la familia de Jake cierre ese capítulo, aunque me sigue pareciendo raro que el cuerpo y la aleta tardaran tanto tiempo en aparecer en la orilla.
Esa es una de las cosas que no me acaban de encajar.
Y el resto de la tabla o los trozos del neopreno…
¿Por qué no ha aparecido nada de eso? —Ladea la cabeza mientras me mira—. Harper, ¿a ti no te resulta raro?
Un picor de incomodidad me sube por la columna vertebral. Le sirvo a Yates un chupito de la reserva Lancaster y se lo paso por encima del mantel negro.
—Supongo que los caminos del mar son inescrutables, sheriff.
—Imagino que eso lo sabes mejor que cualquiera —dice, y brinda conmigo antes de beberse el licor y examinar el vaso vacío—. Arthur sí que hizo algo especial, ¿eh?
—Sí —responde Lukas.
El sheriff sonríe; parece que sus preocupaciones respecto a Jake han desaparecido.
—Me llevo una botella.
—Toma ya, Yatisito. —Bob golpea a Yates en el pecho antes de dejar el vaso vacío con un golpe. Una expresión letal le cruza el rostro a Yates antes de borrarla—. A mí ponme otra.
Lukas y yo intercambiamos un asentimiento rápido; Lukas resplandece de orgullo.
—Voy a envolver las botellas —digo; luego me marcho a la parte de atrás de la tienda, donde están guardadas las botellas del reserva.