ENVOLUTURAS
ENVOLUTURAS
Harper
Los días se han transformado en semanas bajo el calor húmedo del verano.
Julio se ha desangrado y se ha convertido en agosto y este también está a punto de marcharse.
Siguen buscando a los desaparecidos, aunque el entusiasmo se vaya apagando día a día.
La prensa ni siquiera se ha molestado en venir por aquí últimamente desde que descubrieron el hueso y la aleta rota de la tabla de surf de Jake Manoslargas.
Pese a que la camiseta de McMillan nunca apareció, a nadie parece importarle mucho encontrarlo; a lo mejor porque, durante el poco tiempo que pasó por aquí, todo el mundo se dio cuenta de que era un mierda.
Incluso la gente del pueblo ha empezado a perder el interés en Evanston.
Pero ¿los Buscasabuesos? Ahí siguen, vienen y van como la basura en una marea.
Su presencia ha sido una nube impredecible que se cierne sobre el pueblo, y siempre preguntan lo mismo: «¿Qué está pasando en realidad en Cabo Masacre?
». Han indagado por la mujer de la foto del Discord, por su amigo Charlie y los desaparecidos, por La Pluma y qué rastro estaría siguiendo Sam.
Insisten sobre Yates y hasta qué punto se puede confiar en la versión de los hechos que dio acerca de lo que sucedió con Sam y Vinny.
Y los locales están hasta las narices de los intrusos, al menos según lo que cuentan los Bobs y Maya cuando me aventuro a ir al pueblo para cumplir con mi parte del contrato de cuidar los jardines públicos.
Es la primera vez que la vida en mi pequeño santuario me ha parecido una jaula de la que no puedo escapar.
El único alivio real ha sido la presencia de Nolan, a pesar de que la idea de que vuelva a Tennessee cuando acabe la búsqueda es un redoble constante en mis pensamientos.
He llegado a depender de ese momento en que cruza la puerta de casa, porque es un desahogo respecto a estar trasteando por la propiedad y cuidando a Arthur.
Me preocupa la manera tan brutal en que me romperé una vez se marche.
Así que debería emocionarme que algo cambie en esta nueva rutina opresiva de ceñirme a la mansión Lancaster y evitar el resto del pueblo.
Debería disfrutar del primer día en que hago algo diferente para variar.
Pero no. Lo que estoy haciendo en lugar de disfrutar es obligarme a estar ceñuda.
Y estoy bastante segura de que no lo estoy consiguiendo.
La administrativa del hogar de cuidados Pinos Susurrantes, Ingrid, nos guía por el pasillo y se detiene en una puerta abierta.
—Y esta es la sala de actividades.
Abarca la estancia con un movimiento de la mano, como si estuviéramos en una exposición de coches de lujo.
Siendo justa, el sitio sí que tiene buena pinta objetivamente hablando.
La luz entra por unos ventanales altos que dan al mar.
Hay instrumentos musicales a un lado, material artístico al otro y mesas para jugar y hacer puzles.
Los pocos residentes que hay parecen contentos y bien cuidados.
Todo está limpio y organizado y es acogedor. Eso debería alegrarme.
Pero también lo odio con toda mi alma.
Odio el olor clínico de los limpiadores industriales.
Odio las habitaciones color pastel que parecen dioramas.
Odio las cerraduras en las puertas que dan al exterior, los sistemas de alarma, los horarios impersonales.
Qué asco me da ese horrendo jardín a medias, joder.
Detesto que así sea como Arthur podría acabar sus días, como si fuera una puta procesión tortuosa a lo largo del desmantelamiento de su personalidad.
Lo odio.
Lo odio.
Cómo lo odio, joder.
—La verdad es que está genial —dice Lukas a mi lado pasando la mirada por la estancia—. Harper, ¿a ti qué te parece?
—Sí. Genial. —Me centro en Ingrid y hago todo lo que puedo por mantener una expresión neutra. Creo que no lo consigo, a juzgar por la tensión que distingo entre sus cejas grisáceas—. ¿Tenéis programa de actividades de jardinería?
—Sí.
—¿Arthur podría tener su propia sección?
—Estoy segura de que podemos conseguir algo.
—Tiene zapatos caros. ¿Cómo vais a evitar que alguien se los robe?
—Cada habitación está vigilada con cámaras de seguridad y tiene una zona de almacenamiento en la que se puede poner candado.
—¿Y qué me dices de los sándwiches de pastrami? ¿Y chai lattes con leche de soja y canela? ¿Tenéis?
La expresión seria de Ingrid se rompe y esboza una sonrisa comprensiva.
—En cocina tienen todo tipo de opciones de menú.
Podemos encargarnos del pastrami y del chai.
—Vuelve a señalar el pasillo y nos sigue antes de conducirnos hacia la salida—.
Mirad, soy consciente de que hay mucho que procesar.
Es una decisión difícil y podéis tomaros el tiempo que necesitéis para reflexionar.
Os recomiendo que le echéis un vistazo a diferentes hogares de cuidados para ayudaros a determinar cuál es la opción correcta para las necesidades del señor Lancaster.
Sin embargo, nosotros estamos encantados de incluirlo en la lista de espera mientras barajáis distintas opciones.
Noto el escrutinio de Lukas quemarme la piel, rogándome que lo mire para poder hacerme una pregunta silenciosa que no estoy preparada para responder.
—Lo hablaremos y te avisaremos —dice al final, desviando la mirada y tendiéndole la mano a Ingrid—. Muchísimas gracias por tu tiempo. De verdad que te lo agradezco.
—Por supuesto. Si tenéis alguna pregunta más, no dudéis en llamar. —Le suelta la mano para estrechármela a mí. Mientras me obligo a aceptar el gesto de despedida, continúa—: Sé lo mucho que os preocupáis por él. Es una transición difícil. Estáis haciendo lo correcto al planteároslo.
Estoy segura de que está siendo maja. Profesional. Está diciendo todo lo que debería decir. Pero al mismo tiempo me deja fría.
—Gracias. —Es lo único consigo pronunciar y luego le suelto la mano y me dirijo hacia la puerta.
Salimos del edificio y tengo la sensación de que es la primera vez que respiro desde que hemos llegado.
Caminamos hasta el coche de Lukas en silencio.
La tensión nos envuelve como las corrientes del aire acondicionado mientras sale del aparcamiento e iniciamos el trayecto de veinte minutos hasta la finca.
Otro golpe, en mi opinión.
—Estaba limpio —se atreve a comentar, como si fuera un gran punto a favor de la residencia y no algo imprescindible—. Además, Ingrid y todas las enfermeras que hemos conocido me han caído bien.
Observo por la ventana del copiloto los pinos y las rocas de granito. Tampoco es que no esté de acuerdo. Estaba limpio. El personal era majo. Los programas eran buenos.
—Pero no estoy preparada —murmuro, siguiendo el hilo de mis propios pensamientos hasta el final.
—Lo sé.
—¿Y tú?
—No lo sé. A lo mejor. —Lukas suspira y se frota la barba oscura de tres días—. Sé que el Aguafiestas nunca lo estará.
Intercambiamos una breve sonrisa agridulce.
—Nunca te recuperarías de esos leones criticones —digo.
—Y a ti te encantaría, ¿verdad?
—Más o menos. —Estiro y doblo los dedos en mi regazo.
Veo un alce entre las sombras del bosque al pasar y me acuerdo de aquel maldito seto que menos mal que Nolan reemplazó.
Sonrío cuando escucho la voz de Arthur en mi cabeza la noche que vimos La bella y la bestia, ordenándome que hiciera un alce majestuoso como si fuera una hazaña alcanzable—.
Es que todavía tiene muchísima chispa. Entiendo que a veces no es fácil de manejar, pero es que no me lo imagino en un sitio así, ¿sabes?
—Sí, lo sé. —Lukas da unos golpecitos en el volante.
Sé que para él tampoco es sencillo y que técnicamente no soy familia, aunque me trata como si lo fuera—.
No me gusta la idea de dejarlo tirado o de comprometer su seguridad —admite.
Se le van los ojos al mar que tenemos a la izquierda y veo que los tiene un tanto vidriosos cuando vuelve a centrarse en la carretera—.
Creo que él tampoco está preparado, pero, al mismo tiempo, nadie lo está.
¿Y si esperamos demasiado y sucede algo horrible? No sería la primera vez.
Aunque escudriño su rostro, no distingo ningún significado oculto en sus palabras.
Estoy segura de que solo se refiere a la vez en que Arthur se cayó y tuvo que estar ingresado en el hospital.
Tiene razón, por supuesto. Pero también existe el riesgo que aumenta cada día que pasa…
que Arthur encuentre un nuevo objetivo, un nuevo turista al que cargarse.
Otra persona como Evanston, molesto, aunque indigno del criterio que tenía antes.
¿Y qué pasa si la memoria se le erosiona hasta el punto de dejar al descubierto todos sus secretos?
¿Y si le cuenta al personal de la residencia lo del tío que tiene enterrado debajo de la caldera o los cuerpos de la mina de plata o las almas escondidas bajo los tablones del granero?
¿Y si alguien comprende que sus palabras no son delirios de su enfermedad degenerativa, sino que son reales? ¿Qué pasará entonces?
—Lo entiendo —respondo—. Parece que está mejor desde que se cayó, pero sé que nunca va a ser el momento oportuno. Se me ocurre que tal vez después de la última ronda del concurso de jardinería deberíamos hablar con él del tema. A ver qué opina.
Lukas me mira de soslayo sin expresión alguna.
—Le va a parecer una idea espantosísima.
—Sí. Probablemente. Pero a lo mejor podemos ir los tres a la próxima cita con el médico y establecer juntos ciertas metas. Cuando las alcance, sabremos que es el momento.
Lukas suaviza la expresión. Una sonrisa de pena le levanta la comisura de los labios.
—Eres bastante inteligente, ¿sabes?
Me encojo de hombros.
—Quizá un poco. Y cuando digo «un poco», quiero decir «muchísimo». —Le pego en el hombro mientras suelta una risita—. ¿Sabes qué más soy?
—¿Qué?
—Una celestina fantabulosa.
—Ay, por Dios.