Temporada de cosecha (Masacre 2) EPÍLOGOPODREDUMBRE
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EPÍLOGOPODREDUMBRE

EPÍLOGO PODREDUMbrE

Nolan

Uso el borde de la esposa de metal que llevo en la muñeca para hacer una marca en el suelo.

Como no lleve la cuenta de los días, al final acabaré perdiéndolos en el lento e implacable tormento del cautiverio.

Tengo que volver con Harper. El hueso en el jardín, la voz del cuervo…

Debe de ser un peón en una partida que ni siquiera sabe que está jugando.

Pero ¿con qué fin? ¿Y de quién es el plan y por qué?

Todavía no he visto el rostro de mi captor.

Prometí que la mantendría a salvo. Que recorrería el infierno para encontrarla. Y, ahora, apenas puedo alejarme un metro del pilar al que estoy encadenado.

Estoy indefenso. Desesperado. Completamente impotente.

«¿Así es como se sentían las víctimas cuando las atrapaba y las ataba a una silla antes de que las torturara y les quitara la vida?».

Suelto una larga exhalación y miro fijamente las muescas que he hecho en la madera.

Han pasado seis días desde que me desperté esposado de muñecas y tobillos al suelo de una cabaña.

Me han dejado solo con algunas botellas de agua y comida militar preparada suficiente para sobrevivir una semana, si me raciono bien.

Solo llego hasta un viejo retrete que no es más que un asiento en una caja de madera que cae a un pozo de serrín y cal.

No ha venido nadie, da igual lo fuerte y durante cuánto tiempo haya gritado.

Lo único que he oído es el agua lamiendo la orilla y los trinos de los pájaros e insectos.

He intentado de todo para soltarme, por supuesto.

He arañado el suelo hasta que me han sangrado los dedos.

He tirado de los grilletes hasta provocarme moratones negros.

He probado todos los eslabones de las cadenas, hasta la última junta. No hay forma de liberarme.

¿Cómo es posible que esto haya salido tan mal? ¿Qué se me ha pasado por alto?

No hago más que darles vueltas a esas preguntas.

Pero lo que me hace seguir adelante en mi soledad no es el deseo de encontrar respuestas o salir de esta jaula, sino Harper.

Me he pasado horas reviviendo nuestras conversaciones.

Las cosas que nos decíamos el uno al otro en la oscuridad.

La suavidad de su piel. El sonido de su risa.

Al cerrar los ojos por la noche, me imagino que la tengo al lado.

Que siento el latido de su corazón contra la palma.

Llevo seis días sin ella. Y sigo mirando fijamente la raya tallada, preguntándome si alguna vez la volveré a ver, cuando escucho algo fuera.

Contengo la respiración. Se oye el murmullo lejano de un motor. Un crujido sobre la gravilla. Se acerca más, hasta que se detiene fuera de la cabaña. Me esfuerzo por distinguir algo entre las grietas de los tablones de madera que cubren la ventana, pero no veo el vehículo, que se apaga.

—¡Ey! ¡Ey! ¡Ayuda! —grito—. ¡Estoy aquí! ¡Que alguien me ayude!

Una puerta de coche se abre y se cierra. Reanudo mi plegaria, sacudiendo las cadenas mientras chillo, pero nadie responde.

Y al no haber respuesta es cuando me doy cuenta de que esto no es un rescate. Debe de ser mi captor.

—¡Suéltame, joder! —me desgañito, tirando de los grilletes.

Unos pasos pesados aterrizan en los escalones. Lentos y deliberados. Amenazadores. Se abre una cerradura. Suena como un soporte de metal que se levanta. Y entonces se abre la puerta, la luz inunda la estancia.

Mi captor se alza el ala del sombrero a modo de saludo con una mano y con la otra sujeta una caja de botellas al hombro.

—Yates —siseo.

—A veces —dice.

Sonríe, deja las botellas de agua en el suelo con un golpe seco que resuena.

Abre la cuchilla de una navaja y la desliza por el plástico, saca una botella y me la lanza.

Esta golpea el suelo y rueda hasta donde estoy, pero yo sigo con los ojos clavados en la sonrisilla de suficiencia de Yates.

Oigo que choca contra la pared a mi espalda, fuera de mi alcance.

—Otras veces me llaman La Pluma.

Otra botella de agua golpea el suelo y esta la detengo antes de que salga rodando.

Parece que esto le gusta a Yates, a juzgar por el brillo de sus ojos.

Y es esa lucecilla la que enciende todos los recuerdos que tengo de él.

Todas las pullas que lanzaba o cuando me cabreaba o si decía algo inesperado.

Esos momentos en los que la sonrisa nunca le llegaba a los ojos.

Las que sí le llegaban. Siempre he sentido que algo no encajaba, pero lo achacaba a la desconfianza que le tengo a la policía en general.

Tal vez me distrajo mi ímpetu de proteger a Harper.

Tal vez me dejé engañar por mis propios prejuicios.

Tal vez es una combinación de fallos fatales.

Lo cierto es que subestimé demasiado esos pinchazos de instinto y ese fue el error definitivo. Uno que podría costarme todo.

—¿Dónde está Harper? —pregunto.

Yates suelta una risita y saca otra botella de agua para lanzarla por el suelo.

—Muerta en el fondo del mar.

El mundo da vueltas a mi alrededor; la oscuridad trepa por mi visión. Me tambaleo al dar un paso hacia delante y apoyo una rodilla mientras la sangre me bulle, ahogando los sonidos que me rodean. Apenas noto la botella que pasa rodando por mi lado hasta la esquina de la sala.

—No…

—Autumn, por otra parte, está vivita y coleando —dice Yates. Una diversión diabólica reclama sus rasgos. Se disuelve en un ceño falso—. Arthur Lancaster, sin embargo… Bueno, me temo que no fuiste clemente con su alma.

Ladeo la cabeza. Me siento a la deriva sin ninguna luz que me guíe en la oscuridad.

—¿Has matado a Arthur…?

—No. Tú has matado a Arthur. —Yates tira otra botella; esta vez me da en el hombro. Chasquea la lengua y niega con la cabeza—. A lo mejor deberías empezar a cogerlas si quieres volver a verla.

Las lágrimas me pican en los ojos. Pero no son por la desesperación que me produce el sufrimiento de Harper o la frustración por lo indefenso que estoy. Son producto de la rabia.

«Voy a hacer pedazos a este tío. Haré que se desangre por ella».

—¿Por qué? —digo con los dientes apretados; mi mirada es tan afilada que siento que podría rajarlo si me acercara un poquito más—. ¿Por qué haces esto?

—Para que la muchacha pueda transformarse, por supuesto.

Y, para transformar, uno debe destruir. —Yates me lanza otra botella y esta vez la cojo como si los retazos de mi vida dependieran de ello—.

Se convertirá en todo lo que estaba destinada a ser.

Más de lo que jamás imaginó Arthur. Más de lo que ella misma ha soñado en las horas oscuras de la noche. Mi digno legado.

Sacudo la cabeza. Las lágrimas se me acumulan en las pestañas. Su mayor enemigo estaba aquí todo el tiempo. Y yo lo llevé directo a ella.

—No —susurro.

—Puede que te hayas enamorado de Harper Starling —dice Yates agachándose para mirarme. Una sonrisa lenta le tira de los labios, los ojos le brillan con todos esos secretos ocultos y conspiraciones—. Pero Autumn Bower te matará.