Temporada de cosecha (Masacre 2) HILO #3
68%

HILO #3

Un escalofrío sacude a Harper de la cabeza a los pies.

Se le ha pasado la alegría de haber encontrado la información de la taquilla.

No dice nada sobre mi comentario y sigue buscando la llave con el ceño fruncido.

Estoy a punto de mirar en un archivador que hay a lo largo de la pared cuando ella susurra: «La tengo».

Salimos de la oficina, volvemos a lanzarnos a la noche y echamos un vistazo a nuestro alrededor mientras caminamos.

La dieciséis está casi al final de una hilera de taquillas altas y estrechas; la pintura verde azulada se ha desconchado y desprendido ante la batalla constante del duro clima costero.

Harper abre el candado y apunta con la linterna al neopreno que cuelga de un gancho y la tabla de fibra de cristal que descansa dentro.

—Perfecto —susurro echándome el neopreno al hombro. A continuación, saco la tabla blanca y negra y la tumbo—. Ponte de pie en la tabla un minutito.

Harper hace lo que le pido y cubro una de las aletas, que tiene un característico patrón ajedrezado, con el neopreno para evitar dejar marcas sospechosas antes de darle una buena patada con la bota de punta de acero.

La base se parte con un corte limpio. Me guardo la aleta en la mochila y meto el neopreno en mi bolsa.

Poco después, hemos escondido la tabla de surf entre unos arbustos, devuelto la llave de la taquilla y recuperado la camiseta de Harper.

Y luego corremos en fila india en la oscuridad junto al estrecho sendero que lleva al promontorio del cabo.

—¿Crees que encontrarán las pruebas? —pregunta Harper cuando nos detenemos para subir andando la pendiente inclinada—. Todavía no han localizado la camiseta de McMillan en el lago Loon, ¿verdad?

—No —respondo, y es algo que me está pesando mucho, igual que debe de estar reconcomiéndola a ella—.

Pero a los voluntarios se les pueden pasar cosas por alto.

Voy a rotar a un par de grupos mañana. Pondré a Bert y a unos cuantos más en playa Melmurby.

Bert está predispuesto a pensar en pruebas que tengan algo que ver con Tiburónides.

Y enviaré un nuevo equipo al lago, a ver si tiene más suerte con la camisa.

Harper gira la cabeza para mirarme un instante; me da tiempo a ver que se muerde el labio antes de volverse al frente.

Tardamos casi diez minutos en llegar al punto más alto del sendero, donde se cruza con un camino más ancho que lleva al extremo del cabo. La playa Melmurby se extiende ante nosotros; la niebla se ha apartado para revelar el agua negra y la arena en forma de luna creciente.

—Espera aquí —digo—. Vigila. Si pasa algo, me llamas. Desde aquí se ve todo. Cuando acabemos, vamos al coche y recogemos la tabla de surf.

Harper me dedica una leve sonrisa.

—Y luego nos tomamos una cerveza y vemos Sobreviviendo al amor.

—O dormimos mil años.

—Trato hecho.

Le doy un beso en la frente y, apoyándole la mano en el brazo, la miro a los ojos.

—Se te ha ocurrido un buen plan, Harper. Va a salir bien.

Espero hasta que asiente y después le doy un último apretón antes de bajar por el sendero que desciende en zigzag.

Aunque me centro en mi destino y en el plan que debo llevar a cabo, siento el hilo que me conecta a Harper en la colina.

A lo que tengo que hacer para mantenerla a salvo, a pesar de que el mundo parece estar siempre dispuesto a apretar un poco más y llevársela.

El camino termina en una sección seca de la playa, así que me quito las botas y los calcetines para vadear el agua y solo dejo unas pocas huellas que enseguida se borrarán.

El romper de las olas, el frío beso del agua y el olor a mar acaparan mis sentidos.

No enciendo la linterna y bajo hasta la playa alumbrado por la luz tenue.

Cuando casi estoy a medio camino, me detengo y saco la tela de mi mochila, desenvuelvo el trozo de hueso de Hornell que he limpiado. Lo sumerjo en el agua, arrastrándolo por la arena a mis pies, mientras me acuerdo de la noche en que lo maté.

La rabia puede ser dulce cuando el tiempo le desgasta las aristas afiladas.

Todavía la siento al rememorar el modo en que estaba observando a Harper en las sombras.

Pero también noto la bendición de aquel momento y de lo catártico que fue.

Las súplicas que no atendí. La presión gloriosa de la carne contra el cable.

El olor a sangre caliente derramándose en la noche.

Y ahora, levanto su hueso que tengo en la mano y camino por el agua poco profunda para lanzarlo a las piedras que ha desgastado el mar, donde llegan las mareas más altas.

El último pedazo de un hombre que merecía morir, arrojado en la orilla como una madera a la deriva olvidada.

Sonrío.

A continuación, vuelvo hacia el promontorio del cabo, bajo el frío agarre del mar.

Cuando me he distanciado lo suficiente del hueso, saco la aleta de la tabla de la bolsa.

También la bautizo, dejo que los hilillos de las algas cubran la fibra de cristal partida.

Luego la lanzo a la línea de marea alta.

Levanto la vista de la playa al camino zigzagueante que conduce a lo alto del acantilado.

Mi mirada recae sobre la figura que hay de pie en el borde.

No consigo distinguir el rostro de Harper porque está lejos y oscuro.

Pero la siento. Estoy atado a ella. A través de la muerte.

A través de la destrucción. En venganza y mentiras. En luz y sombras.

Camino por el agua, como si su hilo fantasmal tirara de mí.