Temporada de cosecha (Masacre 2) HILO #2
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HILO #2

—Coloca ahí la polla —ordena después. Me agarro la erección con el puño, me acaricio de arriba abajo mientras sitúo la punta en su entrada. No presiono. Tan solo espero su siguiente instrucción, obedezco cada orden que me da.

Ella se sujeta con más fuerza al respaldo del sofá y entonces dice:

—Despacito y con buena letra.

Le paso una mano por la espalda; capturo la cadencia de su respiración con la palma.

—Intenta relajarte.

Empujo contra el terso anillo de músculos y salgo. Lo vuelvo a hacer. Un par de veces más y noto que se relaja lo suficiente para penetrarla.

—Joder, sí —gruño. Harper se estremece por debajo de mí y me introduzco un poco más adentro—. Es mejor de lo que me había imaginado.

Ella gruñe cuando me retiro hasta la punta de la polla y luego empujo un par de centímetros más que antes; me tomo mi tiempo, tal y como ella quería.

—Dame más. —Otro estremecimiento le sacude el cuerpo; el sudor se me acumula debajo de la palma con la que no hago más que acariciarle la espalda—. Dámelo todo.

No se refiere solo a toda mi longitud.

Se refiere a todo mi ser.

Lo oigo en las notas oscuras de su voz.

Quiere mi cuerpo, mis secretos. Mi alma. Y a lo mejor, una vez que crea que me ha consumido por completo, estará preparada para dejar que caigan sus últimas murallas.

Empujo más y más adentro hasta que ella recibe hasta el último centímetro de mi polla.

Me detengo ahí, permito que se acostumbre a la sensación, espero a que recupere la respiración. Me agacho y le doy un beso en el hombro, susurro alabanzas contra su piel.

—Joder, estás hecha para mí, Harper. Este culo prieto no podría ser más perfecto. Eres mía, siempre.

Salgo hasta la punta y la vuelvo a penetrar. Cojo ritmo.

Embestidas lentas, cuidadosas, hasta la punta de la erección y luego hasta el fondo.

Mantengo una cadencia firme y Harper gime de placer, se va sintiendo más segura a cada segundo que pasa.

Me tomo mi tiempo; la follo con languidez, saboreando el modo en que su cuerpo me acoge.

Y entonces me agarra de la mano y me la aprieta con una fuerza sorprendente.

Me pregunto si le he hecho daño, pero no es dolor lo que distingo en su cara cuando se gira para mirarme. Es desesperación. Señala con la cabeza el vibrador de las bragas que está a su lado en el sofá y abro la aplicación antes de pasárselo.

—Fóllame como si fuera irrompible —dice—. Pero como si de todos modos intentaras romperme.

Se coloca el vibrador sobre el clítoris y yo la penetro con fuerza.

Ella suelta una retahíla de palabrotas entre siseos cuando la agarro del hombro y la embisto.

Me hundo todo lo que su cuerpo me permite.

Sus gemidos se vuelven más intensos. Mueve el juguete por encima de sus nervios sensibles.

Y permito que llegue hasta el límite del orgasmo antes de moverme más despacio y empezar a penetrarla con embestidas largas y lentas.

Una y otra vez, la dejo a punto de desmoronarse, luchando contra mis propias ganas de correrme en ella mientras disfruto de cómo me aprieta la polla.

Quiero más. Más gemidos. Más súplicas. Más sudor en su piel, más respiraciones entrecortadas.

Y solo cedo al placer cuando ella me lo ruega.

—Por favor, Nolan —susurra—. Estoy preparada para romperme. Lo necesito.

Pierdo el control y la follo como un salvaje.

El culo se le estrecha alrededor de mi longitud mientras la embisto y la embisto y la embisto.

Ella grita mi nombre cuando se corre, le tiembla el cuerpo, todos los músculos de la espalda se le tensan.

Y yo estoy con ella, cayendo en un abismo.

El zumbido eléctrico se me acumula en la base de la columna vertebral y el placer me recorre por dentro al derramarme en su interior, eyaculando chorretones de semen en su culo.

Cuando por fin se pasa el orgasmo, me tiemblan las piernas y el corazón me ruge en los oídos. Hago un esfuerzo para no desmoronarme encima de ella y, con cuidado, salgo de su interior antes de dejarme caer y llevármela conmigo.

—¿Estás bien…? —le pregunto apagando el vibrador; le paso una mano por la nalga, el rubor le salpica la piel.

—Esto lo tenemos que repetir —dice con la respiración entrecortada—. Pronto.

Suelto una carcajada y me giro para alcanzar los pañuelos y las toallitas que he dejado en la mesa auxiliar, pero Harper me agarra de la muñeca antes de que pueda moverme.

—Gracias, Nolan.

—No tienes que agradecerme nada. Te lo aseguro.

—No. Sí tengo que agradecértelo.

Quiere decir algo más, pero, antes de que se autoconvenza de hacerlo, sonrío y me alejo.

Después de limpiarla un poco, le pongo un albornoz limpio y la cojo en brazos, me la llevo al baño y la siento en el borde de la bañera mientras se llena.

Cambio la lista de reproducción a algo más tranquilo.

Le llevo agua y una copa de vino. Enciendo unas cuantas velas.

Y, cuando la bañera está lista, la venero.

Le pongo una de las mascarillas esas que le encantan y le paso una esponja por cada centímetro de la piel.

Brazos y piernas. Dedos de las manos y de los pies.

Los pezones con piercings. El clítoris sensible.

Por cómo se le acelera la respiración, diría que también me permitiría sacarla de la bañera y follarla contra los azulejos del suelo, empapada y temblando, si quisiera.

Se me endurece la polla solo de pensarlo.

Pero, pese a que me encantaría echarle un polvo brutal, cuido de ella con un mimo reverencial.

Porque la quiero con toda mi alma. Y, aunque tal vez ella nunca me lo vaya a decir, creo que ella también me quiere.

Acabo mi ritual y me aparto antes de que mi deseo se convierta en algo imparable.

Preparo la cena mientras Harper termina de bañarse.

Comemos juntos como todas las noches. Luego se queda dormida con la cabeza apoyada en mi regazo mientras vemos Sobreviviendo al amor.

La tapo con una manta y me escabullo; conduzco hasta el río Ballantyne al tiempo que el sol se pone tras una bruma densa.

No aparco en el cementerio de Arthur, sino junto a la entrada del sendero lleno de hierbajos que se adentra más arriba del río, donde los últimos restos de Jake siguen enterrados en la orilla.

Deshueso la tibia al lado del borde de la corriente y dejo que la carne putrefacta que le quedaba se aleje flotando en la corriente antes de tapar el agujero y llevarme el hueso a casa.

Han pasado un par de horas cuando regreso y despierto a Harper con un beso.

—Hay que ponerse en marcha —le digo al oído.

Treinta minutos después, estamos conduciendo en la oscuridad; una niebla densa cubre las calles de Cabo Masacre.

Es casi medianoche. Apenas vemos a un puñado de personas al pasar entre la bruma; la mayoría de ellas son caras que Harper dice que no reconoce.

Para asegurarnos, aparcamos a un par de manzanas de la carretera del muelle y hacemos a pie el resto del trayecto hasta la tienda de Wallie.

—Dijiste que no había cámaras, ¿verdad? —pregunto mientras cruzamos la carretera hasta la tiendecita.

El olor a mar y el crujido de los barcos en el puerto deportivo nos envuelven en la niebla.

En el panel de madera que recorre la fachada blanca y azul está tallado: « Deportes acuáticos de Wallie ».

Dentro solo están encendidas las luces de emergencia, que iluminan la tienda llena de neoprenos y ropa y tablas y remos.

—Donde las taquillas no hay cámaras —explica Harper encabezando la marcha hacia la parte trasera del edificio.

—¿Por qué eso no me transmite mucha confianza…?

Nos detenemos en la esquina de la tienda, sacamos los guantes y ella se inclina para echar un vistazo al otro lado.

—Solo tenemos que preocuparnos de una.

Me cago en todo.

Estoy a punto de soltar una perorata sobre que esto hay que pensárselo más cuando Harper dobla la esquina corriendo al tiempo que se quita la camiseta.

Siseo su nombre, pero me ignora y salta para lanzarle la camiseta a la cámara que apunta hacia la puerta de la tienda.

Aterriza a la perfección encima del dispositivo y Harper se da la vuelta hacia mí con el sujetador deportivo y las mallas.

— Voilà! Misión cumplida.

—Eres un puto caos, lo sabes, ¿verdad? —susurro acercándome a ella con grandes pasos. Intento convencer a mi polla de que reciba el mensaje de que ahora no es el momento de empotrarla contra la pared.

—De nada —responde Harper, y esa sonrisilla que esboza me dice que sabe lo que estoy pensando.

Cuando me detengo delante de ella, se pone de puntillas y me da un beso rápido en la mejilla, luego se saca una llave del bolsillo que tiene en la cadera y abre la puerta—. Venga, vamos a acabar con esto.

Dejo que la puerta se cierre a mi espalda sin hacer ruido, después sigo el resplandor de la linterna de Harper, que se dirige hacia el despacho.

Es un sitio estrecho; el escritorio está lleno de papeles y carpetas de anillas en las que mi compañera de fechorías empieza a cotillear.

Yo voy hacia la ventanita que da a la curva de la carretera del muelle.

En la distancia, y a través de la niebla, apenas se ven las luces del Bruma Nocturna.

No veo a nadie en la calle, pero no logro quitarme de encima la sensación de que alguien me está observando.

—La tengo… Taquilla dieciséis.

Cierra una carpeta, luego comienza a buscar en los cajones del escritorio la llave del candado.

Voy a ir a ayudarla cuando me detengo en el calendario de pizarra blanca que hay clavado en la pared junto a la ventana.

—Me cago en mi puta madre.

—¿Qué pasa?

Apunto al calendario con la linterna y concentro la luz en el horario de mañana. «Yates, 9:00 a. m.», reza la entrada.

—Parece que lo estamos haciendo justo a tiempo.