Temporada de cosecha (Masacre 2) HILO
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HILO

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Nolan

Cuando Harper avanza por el sendero de piedra, me alejo de la ventana y le sonrío al móvil que tengo en la mano. Al oír que la llave se desliza en la cerradura, aprieto el botón de la pantalla.

—Me cago en todo —dice desde el otro lado de la puerta mientras subo la vibración del plug anal. Le da un puñetazo a la puerta antes de abrir. Entra lanzando una mirada que es tanto de furia como de desesperación.

—Hoy se te ha dado muy bien escuchar. —La provoco aumentando la intensidad. Se tropieza antes de dejar el bolso.

—Creo que en realidad te odio.

—Tch, tch. Eso no es muy amable por tu parte.

—Lo amable habría sido que me hubieras echado ese polvazo cuando te lo he pedido.

—Aun así, he conseguido que te corrieras. Así que de nada.

—Claro —me suelta seria—. Cómo no. Esperabas que te mandara una tarjeta de agradecimiento por ponerme al límite cinco putas veces en toda la tarde con el maldito vibrador de las bragas. Estoy superagradecida.

—Ya sabes lo que dicen… —Ensancho la sonrisa mientras bajo la vibración del juguete anal y ella me lanza su botella de agua vacía—. A veces la anticipación es más divertida que la recompensa en sí.

Harper resopla con sorna.

—¿Quién dice eso, si se puede saber?

—Yo.

—Nunca lo habría adivinado —responde ella entornando los ojos con un gesto dramático.

—Si tan desesperada estás de que te folle y te llene con mi semen, puedes decirlo sin más, ¿sabes?

—Me acerco despacio, con el teléfono levantado para que pueda ver la pantalla.

Le tiemblan los párpados y los cierra. Cuando enciendo el vibrador de las bragas, se le acelera la respiración—.

Te lo podrías haber quitado si tanto lo odias.

Abre los ojos; me asesina con una mirada plateada que es más angustiosa que cruel.

—Te has pasado todo el día torturándome. Algo me ha hecho pensar que, si me lo quitaba, la cosa solo empeoraría.

Tiene razón… He estado torturándola todo el día.

Me he estado inventando excusas para dejar la búsqueda y poder cazarla.

La he observado desde lejos entre edificios o arbustos, he esperado hasta que estuviera sola.

Y luego he encendido el juguete y he disfrutado de su reacción.

El rubor de sus mejillas. La forma en que retorcía las caderas, apretaba un puño y se mordía el labio.

Cuando veía todos los signos de que estaba a punto de correrse, apagaba el juguete.

Ella daba un pisotón, se le escapaba un gruñido.

Recorría el paisaje con su mirada de cazadora, aunque no ha sido capaz de encontrarme.

Y luego me marchaba sin que me viera, con una sonrisilla de suficiencia pintada en la cara.

—Tenemos un par de horas antes de que sea seguro colarse en la tienda de Wallie. Había pensado que podíamos divertirnos juntos antes de cenar, pero si prefieres ver Sobreviviendo al amor … —Apago la vibración del juguete anal y doy un paso atrás. Me encojo de hombros y añado—: Como tú quieras.

—Como no me folles…

—Pídemelo bien —ordeno, y Harper cierra la boca de una. Me cruzo de brazos y retrocedo otro paso—. Y a lo mejor también podrías decirme cuánto lo necesitas.

Traga saliva, pasa la mirada de mi cara al teléfono que tengo en la mano.

—Nolan Rhodes…

—Bien. No con esas movidas de engreída.

Contengo una sonrisa de suficiencia perversa cuando ella no logra reprimir la ira de su expresión.

—Queridísimo fiambre…

—Caminas por un terreno muy peligroso.

—Necesito que, porfa, dejes de tocarme las narices y me eches el polvazo prometido porque, si no me llenas con tu semen, es posible que me sume en un frenesí asesino y a ninguno de los dos nos gustaría que alguien resultara herido —dice poniendo ojitos y morritos.

—Mmm. Eso suena un poquito a amenaza.

—O a aviso.

—Bueno, visto de ese modo… —Enciendo el juguete anal otra vez y ella suelta un suspiro tembloroso. Devoro cada segundo de su crudo deseo y luego me siento en el sillón con el móvil en la mano—. Estriptis y al sofá.

Un atisbo de alivio le cruza la cara cuando se coge el borde de la camiseta y tira con la intención de quitársela todo lo rápido que pueda. Pero se detiene en cuanto subo el vibrador anal al máximo y tiene que apoyarse en la puerta con una mano.

—He dicho estriptis. —Me conecto a los altavoces por Bluetooth y pongo una lista de reproducción, luego abro las piernas y me doy una palmadita en el muslo—. Haré que valga la pena. Te lo prometo.

Harper suelta una risita mientras bajo la vibración.

Me escudriña y, por un momento, creo que a lo mejor sí que se va a desnudar ahí donde está y va a ir directa al sofá.

No lo hace. En cambio, se balancea con la música, sigue el ritmo; cada paso que da está marcado por la melodía conforme se va acercando hasta que se queda a horcajadas en una de mis piernas.

—De verdad que eres un gilipollas mandón, Rhodes —dice con la voz dulce como la miel.

Se arrastra la camiseta por el cuerpo hasta que el bajo queda a la altura del sujetador, luego la suelta para que caiga de nuevo y se pone a horcajadas en la otra pierna con el culo hacia mí. Distingo el suave borde del juguete.

—Nunca me canso de ti. Siempre quiero más. —Descanso la mano en su culo mientras ella se contonea, provocándome. La deslizo hacia la espalda en un intento por desabrocharle el sujetador cuando ella se da la vuelta.

Baja aún más sobre mi muslo con movimientos serpenteante.

Hipnóticos. Se sube la camiseta por el cuerpo y esta vez sigue hasta el final y la deja caer en el suelo.

Me cabalga la pierna, joder. Siento la vibración a través de la polla, que me presiona contra los vaqueros.

Harper se acerca más, juguetea con la cinturilla del pantalón antes de subir por los abdominales.

Me muerde el lóbulo de la oreja y lo suelta para susurrar:

—Creía que te gustaba darme órdenes.

Está claro que me flipa. Pero no puedo admitirlo.

Porque ella baja una mano por mi cuerpo y me agarra la erección.

Pierdo la capacidad de hacer cualquier cosa que no sea observar que se echa hacia atrás; un poder voraz se apodera de sus rasgos.

A lo mejor me gusta darle órdenes porque soy consciente de que es algo efímero.

En apenas unos segundos, me tiene completamente a su merced. Y ambos lo sabemos.

—Me gusta que me des órdenes —arrulla; me sonríe al llevarse las manos a la espalda para desabrocharse el sujetador.

No para de moverse cuando deja que la prenda caiga de sus pechos.

Esos malditos pezones. Me coge la mano y se la lleva a la teta, me mueve los dedos hasta que le pellizco el pezón.

Entonces me guía para que le dé un tirón y sisea de dolor.

La recompenso encendiendo el vibrador de las bragas.

—¿Sabes lo que me gusta aún más? —Harper se desabrocha los pantalones cortos y se levanta de mi pierna para empezar a bajárselos por las caderas.

—¿Qué? —consigo decir con los dientes apretados. Siento que estoy drogado. Estoy perdido en su trance.

Se aparta de mi agarre. Deja que los pantalones caigan a sus pies.

Da un paso al lado para salir del gurruño que ha formado la prenda en el suelo.

Se arranca el imán del vibrador de las bragas y me lanza el juguete.

Luego se mete el pulgar por la cinturilla de la ropa interior y lentamente se la quita.

Cuando se queda desnuda, va al sofá, se pone de rodillas y, con una mano, se agarra al respaldo.

Extiende la otra por su nalga y se la abre lo suficiente para que vea el mango del plug anal.

Y entonces gira la cabeza y me mira. Un sonrisa perezosa y hambrienta le recorre los labios.

—Me gusta cuando me follas como nunca me han follado antes —dice.

La puta anticipación.

Me pongo de pie, me quito la camiseta mientras me acerco a ella.

Tampoco es que esto no lo tuviera planeado.

He estado pensando en ello todo el puto día.

Llevo semanas imaginándolo, en realidad.

Preparé todo lo que necesitaba con antelación.

Incluso le escribí a Lukas para asegurarme de que esta noche podría encargarse de Arthur.

He organizado hasta el último detalle para tomarme mi tiempo y saborear este momento, pero me abruma la desesperación de que me envuelvan su calor y su calidez.

Mientras me bajo los pantalones y los calzoncillos, tengo que hacer acopio de todo el autocontrol que me queda para no precipitarme; luego me coloco detrás de ella con un bote de lubricante en la mano.

—Tú vas a decirme lo que tengo que hacer. —Le paso la mano por la espalda. Le acaricio la nalga, su piel es cachemira bajo mi palma—. Todas y cada una de las cosas que quieras. Como tú quieras. Cuando tú quieras. Y lo haré.

—Y tú prométeme una cosa —dice Harper con los ojos bien abiertos, inocentes.

Me detengo, centro toda mi atención en ella.

—Lo que sea.

La inocencia se desvanece. Un súcubo me devuelve la mirada, me clava las garras en el alma.

—Haz todo lo posible por destruirme —dice. Me guiña un ojo y mira al frente—. Ya puedes sacarme el juguete del culo.

Ya era consciente de que era una causa perdida para Harper Starling, pero ahora entiendo que es la dueña de todos y cada uno de los pedazos de mi ser.

Hago justo lo que me pide: le saco el juguete del culo con cuidado y lo apago antes de dejarlo a un lado. Me ordena que primero me lubrique la polla y luego su agujero plisado.

—Ahora escupe —dice girando la cabeza para mirarme. Se le van los ojos a su culo y después me los clava en los labios.

Me inclino sobre ella. Acumulo la saliva en mi boca.

Me agacho, me cierno sobre su culo. A continuación, dejo que el escupitajo caiga de mis labios.

A ella se le dilatan las pupilas, que consumen el color de sus iris cuando la saliva aterriza en la suave piel de la raja del culo y se desliza por el lubricante pegajoso hasta el borde del agujero.