DRAGAR #4
—Está en casa, así que no será ningún problema que nos colemos en la tienda de Wallie.
—Me giro para mirar del todo a Nolan; mi sonrisilla insidiosa tiene un toque conspiratorio—.
Jake no iba mucho a surfear… tal vez un par de veces en todo el verano.
Sin embargo, cuando le daba por ahí iba andando.
Todavía estaba sin carnet por lo de conducir borracho.
Desde la tienda de Wallie a Melmurby hay como quince minutos a pie si atajas por el sendero del promontorio del cabo.
Nadie lo habría visto, si acaso Julio, pero lleva fuera unos cuantos meses; está viajando por ahí.
Estoy segura de que Jake habría tenido la playa para él solito tan al principio de la temporada.
—¿Cómo de segura estás?
—Tanto que, si le rompemos la aleta a la tabla y tú la encuentras mañana en la playa, la gente sacará las conclusiones que nosotros queramos.
—Lo veo y subo a: todavía tengo un trozo de su pierna de la noche en que lo maté.
Lo miro parpadeando.
—¿Todavía tienes la pierna de Jake? ¿Por qué?
—A lo mejor algunos no somos tan aficionados como crees —dice con una sonrisilla de suficiencia—. Sinceramente, al principio pensé que podría dejarte más cachitos de Jake Manoslargas en el comedero para rayarte.
Me arden las mejillas cuando lo miro con los ojos entrecerrados.
—Fabuloso.
—Pero luego volví a enterrarlo en un lugar seguro. La nueva tumba todavía está en el río Ballantyne, aunque más lejos del pueblo, más para dentro. —Suaviza la expresión—. La desenterraré y deshuesaré. Después romperé un trozo del hueso y lo dejaré por la orilla donde alguien lo pueda encontrar.
Nos quedamos mirándonos fijamente. Durante una exhalación, siento el hilo que nos une.
Me tira del pecho. Antes pensaba que éramos dos bestias completamente diferentes, pero ahora sé que me equivocaba.
Somos la misma especie de animal, dos depredadores que han escalado a la cima del infierno y se han llevado un cacho.
Siento sus pensamientos horripilantes y sus maquinaciones retorcidas como si fueran las mías propias.
—Esto podría explotarnos en la cara —dice Nolan.
—O podría ser la explicación más sencilla para una de las desapariciones. Y seguro que es un cebo al que Yates debe de estar desesperado por agarrarse. Todo esto tiene que estar pesándole mucho entre la tensión pública, el consejo municipal y los Buscasabuesos.
Se le van los ojos hacia la calle principal, como si el susodicho pudiera estar revoloteando por la entrada del callejón.
Me dan ganas por un momento de contarle que se plantó en mi casa por sorpresa y lo perturbador que fue, pero no lo hago.
Porque ya sospecho que a él también le inquieta el sheriff.
—En realidad, parece que está aguantando el tipo bastante bien, por sorprendente que pueda resultar. —Cuando vuelve a mirarme a los ojos, ahí sigue un eco de preocupación que intenta ocultar, sin conseguirlo—. De todas formas, estoy seguro de que necesita esta victoria.
—Y nosotros también —añado, y la expresión de él se suaviza. Me coge de la mandíbula con cuidado, me levanta la cabeza y me da un beso en los labios que se queda ahí después de que se haya apartado. Cuando nos separamos, Nolan esboza una sonrisa lenta.
—Yo ya he ganado…
—Qué moñas ha sido eso.
—… cuando he conseguido que la engreída me obedezca.
—Vete a la mierda, fiambre.
Se ríe, me da un último beso en la mejilla y da un paso atrás.
—Tengo que irme corriendo. Quítate el juguete un rato, pero póntelo antes de ir a casa. Nos vemos hacia el atardecer.
—Sí —respondo, aunque un pinchazo de anhelo se me clava en el pecho como un dardo—. Hasta luego. Avísame si pasa algo, supongo.
Asiente y, tras intercambiar una última mirada intensa, nos alejamos, cada uno nos vamos en dirección contraria. Casi estoy en la bocacalle del callejón cuando Nolan grita:
—¡Ah!, oye, Harper…
Me giro; en silencio, hago una pregunta alzando las cejas.
—¿Esto…? —Señala las sombras que nos separan.
La pausa cuelga de ese abismo vacío, como si hubiera muchísimo más que anhelara decir, pero no lo dijera.
Y en este momento me doy cuenta de lo vulnerable que sigo siendo.
De lo peligroso que sigue siendo él. Porque le resultaría sencillísimo romperme el corazón si quisiera—. No es complicado, joder.
Me escuece la garganta.
—Pero Tennessee…
—No es. Puto. Complicado. Soy tu novio —afirma Nolan; su intensidad me taladra—. Y te quiero.
Me trago un nudo denso y asiento.
Antes era fácil responder cuando alguien me decía esas palabras, sin que me preocupara cómo podría castigarme el universo por dar rienda suelta a algo tan simple, pero tan precioso.
Y a lo mejor ese es el problema. Que no solo quiero a Nolan.
Tengo miedo de quererlo tanto que nunca me permitiré expresarlo, de que la fuerza que siempre está esperando entre las sombras se llevará ese amor. Y, si lo hace, nos destruirá a los dos.
—Lo sé —respondo. Aunque solo cuando se ha ido.