Temporada de cosecha (Masacre 2) DRAGAR #3
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DRAGAR #3

Coloca el móvil en el borde de uno de los palés, luego me desabrocha el botón de los pantalones cortos y me mete las manos en las bragas.

Desliza los dedos por la humedad que se ha acumulado en mis pliegues y entonces sus caricias desaparecen.

Se echa para atrás para enseñarme el flujo que le brilla en la piel, después abre la boca y lo lame.

Se le cierran los ojos poco a poco. Si me dijera que necesita mi sabor para vivir, lo creería.

El modo en que gime. El modo en que se queda quieto.

El modo en que las pupilas consumen el color de sus iris cuando esa mirada dura vuelve a encontrarme. El deseo por mí nos devora a los dos.

—Dios, Harper —sisea mientras cuela otra vez los dedos en mi pantalón; esta vez quita el vibrador del imán que lo sujeta a las bragas para poder ponérmelo él mismo en el clítoris—. Tengo unas ganas de echarte un polvazo…

—Pues hazlo.

—Luego.

—O ahora y también luego.

Me dejo llevar por las sensaciones que me prodiga atendiendo mi cuerpo y me da un beso en los labios para compartir conmigo el sabor de mi excitación.

Su lengua deslizándose despacio sobre la mía.

La calidez de su palma envolviéndome la teta.

La vibración estable del juguete en mi culo.

Los círculos que dibuja el vibrador que tiene en la otra mano, el pulso que me acerca más y más al borde del precipicio del clímax.

A cada segundo que pasa estoy más cerca de desmoronarme.

—Me estoy reservando para cuando pueda coger ese culito prieto que tienes —susurra Nolan al separarnos—. Pero, ahora mismo, quiero ver cómo sucumbes. Quiero escuchar mi nombre temblando en esos labios tuyos tan bonitos como si fuera una plegaria.

Nolan me pasa el pulgar por el labio inferior. Se oyen unas voces que cruzan por delante del callejón y los ojos se me van hacia el grupo de turistas que no nos ha visto y va hacia el pub La Boya y la Baliza.

—Alguien podría vernos.

—Sí. Podrían. Y algo me hace pensar que en realidad no te importa.

—Básicamente.

Lo agarro por el cuello y estampo sus labios contra los míos, me hundo en un beso que es todo calor, todo necesidad.

Y tiene razón. Alguien podría pasar por el callejón y no me importa lo más mínimo.

No me importa porque me toca como nunca nadie me ha tocado, me aprieta la cintura como si supiera cuántos moratones dejarme en la piel para que me sienta satisfecha de verdad.

No me importa porque gira ese juguete encima de mi clítoris justo con la fuerza necesaria para hacer que todas las células de mi cuerpo estallen.

Rompe el beso para mirarme desde arriba. No solo a los ojos o los labios o la piel enrojecida, sino en lo más profundo de mi ser. Se hunde bajo las capas para habitar en las sombras que escondo del resto del mundo. Es el único hombre que podría encontrar refugio aquí dentro.

Y temo ser incapaz de vivir sin su presencia en mis rincones más oscuros.

—Más vale que me empapes la mano mientras entonas mi nombre —susurra Nolan—. Cada vez que noto tu olor en mi piel, quiero tu voz en mi mente.

Él ordena. Mi cuerpo obedece. La humedad me cala las bragas.

Oigo su nombre en mis labios, aunque ni siquiera tengo que pensarlo.

Sucede sin más. Y entonces se me tensan los músculos.

Se me tensa el núcleo. Le clavo las uñas en la piel.

Él no aparta los ojos de los míos en ningún momento; el corazón me retumba y las piernas me tiemblan.

Nolan es lo único que me ancla a esta dimensión, lo único que me sostiene en pie cuando todo el mundo parece caérseme encima.

No deja de perseguir mi placer hasta que no se agota hasta el último gramo.

—Así que tienes la capacidad de obedecerme —dice con una sonrisilla de suficiencia mientras vuelve a colocar el vibrador en su sitio con el imán y con la otra mano apaga ambos juguetes desde la aplicación—. Cuando quieres.

—No te acostumbres, Rhodes.

—Ya veremos. —Saca todos los dedos de mis pantalones y se pasa las puntas relucientes por el tatuaje del uróboro que tiene en el brazo.

Lo dice todo acercándose los dedos a la nariz e inspirando hondo—.

Huele a gloria. Y a obediencia. —Entorno los ojos y le pego en el hombro; él se ríe mientras me zafo de su agarre—.

Más me vale que vuelva a la búsqueda antes de que Tylor y Emma causen mucho revuelo.

Deberían irse dentro de tres días. Con suerte, una vez se larguen, pasaremos oficialmente de «rescate» a «recuperación» y el resto de los gilipollas se aburrirán y se marcharán también.

—Ahora que sacas el tema —digo mientras cojo el teléfono del bolsillo y abro el navegador—, creo que tenemos una oportunidad con lo de Tiburónides, si podemos aprovecharla rápido. ¿Alguien ha mencionado que Jake hacía surf? ¿A lo mejor Yates? ¿Quien sea?

—No —responde él sacudiendo la cabeza—. Bert es el único al que se lo he escuchado.

—Excelente. —Saco el informe de surf del mes de junio y encuentro la información de los días 6 y 7—. ¿A qué hora se suponía que empezaba Jake a trabajar en el gimnasio el día 7?

—A mediodía. ¿Por qué?

—Porque el 6 por la tarde apenas hubo olas —digo enseñándole los detalles en la pantalla—. Las condiciones no eran una maravilla a la mañana siguiente…, pero, aun así, eran buenas, así que podría haber ido a surfear.

Nolan suelta un «mmm» pensativo.

—¿Y qué pasa con la tabla y el neopreno? ¿No habría visto Yates ya el equipo si revisó su casa?

—Jake no lo guardaba en casa. Tenía una taquilla en la tienda de deportes acuáticos de Wallie.

Así que si Yates no se planteó que lo del surf fuera una posibilidad, entonces a lo mejor tenemos una historia plausible.

Pero debemos actuar rápido antes de que también le lleguen los rumores.

—Nolan asiente, frunce las cejas—. Las taquillas están en la parte de atrás del edificio.

No hay cámaras, no hay nada, solo candados.

—¿Sabes cuál era la suya?

Sacudo la cabeza.

—No, aunque estoy segura de que hay un registro en la oficina de la tienda. Hice una copia de la llave…

—¿Hiciste una copia de la llave?

—Sí, Nolan. Hice una copia de la llave. Algunos somos asesinos profesionales, no aficionados a los que unos pardillos de fraternidad esposan…

—Dios santo…