DRAGAR #2
Pero quizá la cosa no es tan complicada, a pesar de las razones que llevaron a Nolan a mi puerta.
Cada día que pasa, me cuesta más recordar el terror que sentí aquel día en que apareció en mi jardín con las manos de Jake bien aferradas.
Como mínimo me cuesta recordar ese miedo sin el deseo que implicaba.
Y ahora está viviendo en esa misma casa.
Me prepara el café. Me deja notitas. Cocina conmigo. Por lo menos… de momento…
«Tennessee». Un susurro se me cuela en los pensamientos como una amenaza, junto con los comentarios que soltó Yates cuando vino a verme a casa, algo que todavía no he conseguido contarle a Nolan por miedo a que se lance a una matanza sangrienta.
—Mirad —digo, y me desprendo del nudo de ansiedad levantando las pesadas cestas de flores para encasquetárselas a Bert—, no voy a hablar de mi vida amorosa con tres raritos. Uno ni siquiera sabe quién es Thanos. No se puede confiar en vosotros.
Bob sonríe cuando me giro hacia él.
—Así que «vida amorosa», ¿eh?
—Cierra la puta boca y riégame las flores, chismoso cotilla.
—Los tres se ríen cuando me doy la vuelta y echo a andar hacia mi mochila, que he dejado a la sombra del toldo rayado de la boutique Luz de las Estrellas.
Miro hacia atrás y añado—: Y está claro que Tiburónides mató a Jake. Tengo una corazonada.
No hace falta más para que el trío se enzarce en otra discusión y dejen de prestarle atención a mis escapadas románticas.
Saco una barrita de granola y mastico cada bocado con más fuerza de la que tal vez sea necesaria mientras los veo colgar la nueva cesta de flores que he creado a juego con el tema del Sabores de Terror de este año: «Amor y otros asesinos: celebrando el romance en Cabo Masacre».
Begonias de color rojo sangre, petunias color cereza y una cascada de corazón sangrante.
Si soy sincera conmigo misma, cosa que tal vez no sea mi pasatiempo favorito, Nolan es lo primero en lo que pensé cuando se anunció el tema hace un par de semanas, cuando todavía estábamos exhumando cadáveres y apenas nos hablábamos.
Tenía a Nolan en mente cuando elegí cada flor.
Cada vez consumía más y más mis pensamientos hasta que, no sé cómo, se convirtió en una presencia en cada segundo que pasaba.
Incluso si no está, aparece ahí. Y a lo mejor lo más complicado de esto es lo mucho más difícil que debería ser.
No debería ser así de fácil enamorarse del hombre que vino a destruirme. Pero parece que no puedo evitarlo.
Se me escapa un suspiro profundo que no me sirve de nada para aclararme los pensamientos mientras observo a los tres Bobs recoger y pasar al siguiente poste. Estoy a punto de coger la mochila y seguirlos cuando de pronto me sumo en una inmovilidad rígida.
El plug anal me vibra en el culo.
Una pareja de turistas pasa por delante de mí y les dedico una sonrisa débil y saludo con la mano. No me da tiempo a preguntarme si habrán oído el leve zumbido del juguete cuando este aumenta la intensidad de repente.
—Hostia puta —siseo y apoyo una mano en la pared de ladrillo de la boutique Luz de las Estrellas para no caerme.
—¿Estás bien, Harper? —grita Bobby desde el final de la calle mientras los otros dos se preparan para colgar la siguiente cesta.
—Todo bien —respondo y le hago un gesto con la mano.
—¿Vienes?
Me atraganto con una carcajada.
—Sip. Dame un minuto. —La vibración del plug sube otro nivel y aprieto los labios para que no se me escape un gimoteo. Cuando estoy más que segura de que podré hablar sin que me tiemble la voz, añado—: ¿Por qué no empezáis sin mí y luego descansamos en El Grano?
A Bobby se le ilumina la cara frente a la perspectiva de tomarse un café y me levanta los dos pulgares antes de volverse hacia sus amigos.
En cuanto se da la vuelta, me saco el móvil del bolsillo de los vaqueros cortos.
Estoy a punto de desbloquear la pantalla para enviarle un mensaje a Nolan cuando su contacto aparece como llamada entrante.
—¿Riddick? —resopla al otro lado de la línea—. No me jodas.
—«Eres dueño de lo que matas» —respondo poniendo la voz más grave de lo normal.
—Por favor, no me compares con Vin Diesel.
—Si te soy sincera, yo creo que te das un aire a Karl Urban Vaako.
—Gracias, joder.
—Así que… —digo girándome despacio para pasar la mirada por las tiendas y los coches aparcados en la calle principal. Aunque escudriño cada rostro, no veo a Nolan por ninguna parte—. Me estás stalkeando.
—Te estoy cazando. Y a lo mejor me gusta jugar con mi presa. —La vibración aumenta y aprieto el puño sobre la fachada de ladrillo—. Háblame de Tiburónides y a lo mejor enciendo el otro.
Tenso los muslos como si eso fuera a aliviar el ansia. El vibrador accionado con mando a distancia y que llevo sujeto a las bragas con un imán me presiona el clítoris lo bastante fuerte para recordarme que está ahí, pero no lo suficiente para aliviar la necesidad que se me está acumulando.
—Sabes que estás desesperada por un poquito de —la vibración vuelve a aumentar— liberación. Bueno, decías que Tiburónides…
La sensación es extraña, pero me llena de necesidad. Me cuesta respirar. Se me empapan las bragas. Vuelvo a buscar a Nolan; es probable que mi cara sea el vivo retrato del deseo, pues un tortuoso anhelo me retuerce las tripas.
—Es un g-gran t-tiburón blanco —tartamudeo—. Se ha comido a un par de turistas a lo largo de los años.
Una risita retumba por el hilo telefónico y mi clítoris palpita en respuesta.
—¿En serio? A mí me suena a algo que se inventaría Arthur para cubrir sus huellas.
—Es posible.
Nos quedamos los dos callados mientras vuelvo a mirar a mi alrededor.
Le lanzo otra sonrisita sin ganas a una pareja que pasa por delante.
La sigo con la vista hasta que llegan a donde se encuentran los tres Bobs, que han recogido el equipo junto al siguiente poste y ya están a punto de cruzar la calle para ir a Un Grano Náufrago.
Un gimoteo de frustración se me atasca en la garganta cuanto más se alarga el silencio.
Me giro otra vez. Nolan tenía que estar lo bastante cerca para haber escuchado toda nuestra conversación, pero, aun así, no hay ni rastro de él.
—Nolan…
—¿Sí?
—Has dicho que ibas a encender el otro.
Silencio.
Entorno los ojos. Ese puto juguete anal vibra implacable, indiferente ante mi sufrimiento. Intento andar a ver si me distraigo; voy de un extremo a otro de la fachada de la boutique. Y estoy segura al noventa y nueve por ciento de que eso solo empeora el aprieto en el que estoy metida.
—Me cago en todo, Nolan Rhodes. Te lo juro por Dios, voy a coger las tijeras de podar y…
Una mano me tapa la boca. Una barra de músculo dura como el hierro me rodea la cintura. Y me arrastra a la fría sombra del estrecho callejón que hay entre la boutique y el local de al lado.
—¿Y qué, Harper? Espero que fueras a decir «cortarte las pelotas» —jadea Nolan contra mi cuello; el pulso se me acelera al notar sus exhalaciones.
Me tambaleo, aunque su brazo está ahí para sujetarme mientras nos adentra más en el callejón—.
No me creo las amenazas de la mayoría de la gente, pero tú no eres «la mayoría de la gente».
—Me suelta detrás de una pila de palés que hay apoyados en la pared.
Me da la vuelta, me pega la espalda al muro y me vuelve a tapar la boca con la mano.
Un brillo perverso asoma a sus ojos, que me recorren el rostro poco a poco—. Estás muy guapa cuando sufres por mí.
Gruño contra su piel y él esboza una sonrisilla de suficiencia. Cuando intento arrebatarle el móvil, se ríe. Cómo me cabrea que me guste tanto ese sonido.
—Ya voy, ya voy —dice sujetando el dispositivo fuera de mi alcance.
Me enseña el teléfono. Tiene una aplicación abierta; muestra una línea rosa que recorre la pantalla.
Nolan me mira fijamente a los ojos conforme va subiendo lentamente el nivel hacia arriba.
El juguete anal vibra con más intensidad.
Se me cierran los ojos mientras gimo y entonces, de repente, la vibración disminuye hasta ser casi nada.
—No querrás que lo deje al mínimo, ¿verdad?
Intento morderle la mano que todavía me tapa la boca sin ningún éxito y parece que le encanta.
Nolan desliza una pierna entre las mías y usa todo su peso para aprisionarme contra la pared mientras se centra en la pantalla del móvil.
Un segundo después, la vibración aumenta.
Y por fin se activa el vibrador que llevo sujeto a las bragas.
Mi gemido se encuentra con el calor y el aroma de la colonia de Nolan, a especias y bergamota.
Me aprieta más el centro, atrapando la vibración contra mi clítoris.
—No creerás que de verdad voy a dejarte insatisfecha, ¿no? —me ronronea al oído.
Estoy tan desesperada por encontrar alivio que me restriego contra su pierna, primero despacio, pero es suficiente para que él se dé cuenta. Me quita la mano de la boca arrastrándola hasta acariciarme la mandíbula.
—No lo sé. —Se me corta la respiración cuando me ladea la cabeza para exponer mi cuello a sus besos. Recoge el sudor de mi piel con un lametón largo y lento—. A veces eres un poco capullo.
Su risa es un soplo en mi piel antes de que me muerda en el punto en el que se unen el cuello y el hombro. Ahogo un grito, me dejo caer con más fuerza sobre su muslo.
—Sí, pero te gusta. —Sube un poquito la vibración de ambos juguetes y lucho con las ganas de frotarme contra él—. No solo estás empapada por estos aparatitos.