Temporada de cosecha (Masacre 2) DRAGAR
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Harper

El sol brilla implacable sobre la calle principal; el calor deforma el aire por encima del alquitrán. Le doy un sorbo a mi botella de agua mientras miro hacia el final de la calle y cuento las cestas que todavía me faltan por colgar.

Doce.

Un gruñido me retumba en la garganta. Me pica la frente por debajo de la gorra del festival Sabores de Terror. Tengo el cuello de la camiseta cortada empapado de sudor.

Y cuando cambio el peso de un pie a otro, soy más que consciente del plug anal que llevo metido en el culo.

Hay muchísimas otras movidas en las que debería centrarme, como por ejemplo que he visto al tal Tylor salir de Un Grano Náufrago con Emma, ambos con sus vasos para llevar.

Van hacia la biblioteca, seguro que a unirse a la búsqueda después de la pausa para comer.

Me he pasado la semana siguiéndolos, esperando que se marcharan tras la muerte de Charlie.

Pero no.

Lo que ha pasado es que los de su calaña han surgido como setas, así que me bajo la gorra cuando me acuerdo del resto de Buscasabuesos que ahora no solo se alojan en el hostal El Cabo, sino en el motel La Cabeza del León y en el bed-and-breakfast que hay en la calle Ortolan.

Tylor los ha convocado en Discord como si fuera el puto flautista de Hamelín, los ha puesto a escarbar en la muerte de Sam y Vinny y en las desapariciones mientras Emma y él intentan sonsacar información en la búsqueda.

El vial de veneno que saqué del maletín de Arthur parece cantarme desde los confines de mi mochila.

Sería muy satisfactorio echárselo a Tylor en el café y ver cómo se retuerce hasta que se vaya al otro barrio, a pesar de que lo más sensato es ceñirse al decreto de Nolan de «se acabaron los asesinatos».

Un mandato al que él mismo no se sometió, lo cual es otra de las cosas a las que no dejo de darles vueltas.

Todavía me reconcome la conversación que tuve hace un par de días con Yates en mi casa, sobre todo ese comentario desconcertante respecto a la actitud de Nolan hacia Arthur.

Pero la verdad es que no se equivoca. Sí que me he fijado en el destello de cabreo que le cruza la mirada cuando mi mentor se planta en casa y nos interrumpe.

He visto la tensión en sus manos y que las cierra en puños cada vez que me pide que me marche del pueblo y le digo que no puedo… que Arthur me necesita.

Sin embargo, ahora mismo, me siento impotente, incapaz de cambiar nada.

Lo mejor que puedo hacer es centrarme en las cosas que sí puedo controlar, como rociar al Monstruo de las Galletas todos los días con el limpiador ¡A la Mierda!

y luego triturar madera de verdad, para variar, en caso de que Yates aparezca otra vez sin avisar para recoger la máquina.

O terminar los preparativos del festival Sabores de Terror que se celebra el mes que viene y después volver a ocultarme como un animal enjaulado que anhela una liberación visceral.

Como mínimo, mi juguete anal es una distracción estupenda frente a la borrasca que parece arremolinarse a nuestro alrededor.

«Voy a destrozar cada centímetro de ti hasta que seas mía, incluido ese culito prieto».

Carraspeo para controlar las fantasías antes de que la promesa de Nolan haga que me palpite el clítoris.

Me cuesta más de lo que debería centrarme en la discusión interminable de los tres Roberts: Bob, Bobby y Bert.

Al menos hasta que me doy cuenta de que están debatiendo sobre la desaparición de Jake Hornell.

—Fue Tiburónides —dice Bert, pasándose una mano por las gotas de sudor que brillan en su pelo gris alborotado.

Señala a Tylor y a Emma con la cabeza antes de que doblen la esquina hacia el centro de mando—.

Es lo que les conté ayer a esos dos fisgones cuando empezaron a preguntarme por Jake.

Se lo llevó el tiburón. Me juego la licencia de pesca.

Bob resopla entornando los ojos.

—Acepto la apuesta.

—Nah, yo creo que Bert tiene parte de razón.

Jake iba a surfear al Murb —responde Bobby haciendo un gesto con la mano más o menos hacia donde está la playa Melmurby, justo al sur del promontorio de Cabo Masacre.

Desenrolla una banderola que anuncia el festival gastronómico del mes que viene y se la pasa a Bert, que la alcanza desde la escalera en la que está para reemplazar la bandera de la feria, que cuelga lánguida en el aire húmedo—.

¿Cómo sabes que Jake no fue para allá y Tiburónides se lo zampó?

—Se le encogió el pene, eso es lo que pasó —replica Bob apoyándose en el camión cisterna—.

Desapareció a principios de junio. Por mucho que hoy haga un calor de mil demonios, sabes tan bien como cualquier otro que el agua no se calienta hasta agosto.

Pero ¿en junio? Se le subieron tan arriba las pelotas que se atragantó.

—Hay una dama presente —objeta Bert.

—No soy una dama. —Resoplo, y me señalo las piernas, cubiertas de manchas de tierra y una capa de sudor. Intento quitarme la peor mancha con el guante de jardinería, y acabo ensuciándome más—. Por favor, continúa, Bob. Creo que estábamos hablando de pollas.

—Eso es. De un frío que encoge las pollas. Demasiado frío para surfear.

Bert baja de la escalera y entorna los ojos mientras se vuelve hacia Bob.

—Es probable que llevara un neopreno de invierno, idiota. Julio Flores surfea aquí en marzo.

—Pff —se burla Bob—. Por Dios, qué oportuno que olvides mencionar que Julio Flores sobrevivió a un accidente de paracaidismo cuando el paracaídas no se le abrió del todo y a la semana siguiente superó el récord del concurso de comer chile en el Sabores de Terror cuando todavía tenía las dos piernas rotas.

Ese tío le daría un puñetazo al tiburón en toda la cara y volvería a la orilla surfeando en su cadáver.

No lo puedes usar como referencia para las movidas que hace la gente normal.

—Bueno, yo sigo pensando que fue Tiburónides. Pero tienes razón en lo de Julio. Ese chaval le daría una patada a Thanos en el culo él solito.

Bobby ladea la cabeza.

—¿Quién es Thanos? ¿El nuevo camarero de La Boya y la Baliza?

—No, idiota. Es de Los Vengadores.

—¿Qué es eso?

—¿Los cómics? ¿Y las películas?

—Si fuimos a ver la peli, Bobby —interviene Bert—. Estábamos sentados juntos en el cine…

—Se durmió…

—Yo no me acuerdo de nada de eso…

—Mirad —dice Bert, y levanta las dos palmas hacia sus dos mejores amigos en un intento por lograr que se callen—.

El caso es que a Jake Hornell se lo comió un gran tiburón blanco y Julio Flores le daría un puñetazo en toda la cara a Tiburónides en una versión real de Sharknado y luego Harper empezaría a salir con Julio.

El agua que estaba a punto de tragarme me sale por la nariz. Los Bobs se lanzan de cabeza a una nueva discusión antes de que yo pueda toser y decir:

—¿Perdonad?

—Tengo que admitir que yo veo a Harper y a Julio dándose el sí quiero —continúa Bob—. Pero está el tío de los setos.

—¿Qué tío de los setos? —pregunta Bert rascándose la barba de varios días.

Un largo suspiro muy sufrido se escapa de los labios de Bob.

—El turista, idiota. El de los árboles finolis que llevaste a casa de Arthur.

—Sí, idiota —suelta Bobby, que está eufórico porque al fin no es el único objetivo de las puyas bienintencionadas de Bob—. Se llama Riddick.

—¿Riddick…? —Bob resopla y sacude la cabeza mientras se vuelve hacia Bobby—. El de Las crónicas de Riddick. ¿Lo dices en serio, joder?

Nadie se da cuenta del rubor que me tiñe las mejillas de color carmesí. Todos están mirando a Bobby, que ladea la cabeza como un perro confundido.

—¿Qué son Las crónicas de Riddick ?

Bob suelta un suspiro de exasperación y se pellizca el puente de la nariz antes de volverse hacia Bert, que tiene pinta de desconcertado.

—Que la chica está saliendo con el turista de búsqueda y rescate que la sacó del agua. Y no se llama Riddick, por el amor de Dios. Se llama Rhodes.

Bert se rasca la cabeza.

—¿Y eso quién lo dice?

—Cualquiera que estuviera la otra noche en El Bruma Nocturna, para empezar…

—Oooh, El Bruma Nocturna, entonces eso es serio…

—Y Rhodes, probablemente. Y Harper también si la dejarais meter baza, par de idiotas.

En cuanto la palabra «idiotas» sale de la boca de Bob, tres pares de ojos se vuelven hacia mí expectantes. Paso la mirada de un Bob a otro; me arden las mejillas.

—¿Qué…?

—¿Estás saliendo con el tal Rhodes de los arbolitos o no? —inquiere Bert.

Cambio el peso de un pie al otro y me cago en todo; el plug anal casi está gritando el nombre de Nolan.

—Yo… él… es, bueno…, complicado.

Bob suelta una carcajada.

—Esas son las mierdas que dice uno cuando trata de autoconvencerse de que es más informal de lo que en realidad es.

Joder. Esa flecha se ha clavado demasiado cerca. Me paso la mano por el brazo, como si pudiera arrancarme esas palabras de la piel.

—O a lo mejor es complicado sin más, Bob.

—Siempre podrías intentar algo menos complicado —afirma Bert—. A lo mejor con alguien del pueblo, como Julio. Te garantizo que le daría un puñetazo en toda la jeta a un tiburón por ti.

—Nolan podría darle un puñetazo a un tiburón —digo alzando la barbilla.

—¿Y qué tal Lukas? Es un buen chico.

—No. Ni hablar. —Sacudo la cabeza y me quito los guantes para ir enumerando con los dedos todas las razones por las que no podría funcionar—. Para empezar, es como mi hermano. Segundo, está coladito por Maxine. Tercero, es Lukas.

Bob sonríe como si hubiera caído en una trampa; es una sonrisa que Bobby y Bert también copian. Empiezo a pensar que toda esta conversación era una maniobra de distracción.

—Entonces, lo que estamos escuchando es que, después de todo, las cosas con el tal Rhodes no son tan complicadas.

Un poco de sangre me cae a la lengua cuando dejo de morderme el labio. A lo mejor tiene razón, aunque no sea consciente de que en este caso «complicado» implica algo más que los desafíos habituales del típico «no somos nada». Asesinatos. Secretos. El interés esporádico de matarse el uno al otro.