Temporada de cosecha (Masacre 2) MADURAR #3
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MADURAR #3

—¿Puedo ofrecerle algo de beber? Tengo café, agua, ¿cerveza?

—¿Sabes? No me importaría tomarme una cerveza. Técnicamente esta tarde no trabajo. Es mi aniversario. Tengo que quitarme el uniforme y llevar a Fiona a cenar.

—Felicidades. —Voy hacia la nevera y saco dos botellines de la Blackstone que tanto le gusta a Nolan—. ¿Vais al Bruma Nocturna?

—Cómo lo sabes. —Yates asiente para darme las gracias cuando abro el botellín y se lo paso. Le da un trago y luego aleja la botella para examinar la etiqueta—. Es cerveza de la buena. De la fábrica de Tennessee, ¿eh?

—Sí. La favorita de Nolan.

—Vaya —dice y le da otro tiento—. El chico tiene buen gusto. —Yates me lanza una sonrisa breve, pero no le llega a los ojos—. Hablando del Bruma Nocturna, siento si te puse en una mala posición con Rhodes el otro día cuando mencioné que creía que Jake te había llevado a cenar allí.

Le doy un traguito a la cerveza; uso esta escueta pausa para organizar mis pensamientos. Estoy bastante segura de que lo ha nombrado para volver a sacar el tema y los nervios se me acumulan en el estómago.

—No pasa nada, no le molestó.

—¿Estás segura?

No. En absoluto.

—Sí.

—Rhodes parece protector hacia ti…

Me siento en el sillón mientras Yates se acomoda en el sitio favorito de Nolan en el sofá. No encaja aquí sentado. Demasiado oficial. Demasiado desconcertante. Pero él se reclina en los cojines como si fuera su lugar de toda la vida.

—¿Eso cree?

—¿Tú no?

«Por supuesto que sí, joder… el tío está obsesionadísimo conmigo. Y me encanta».

Me encojo de hombros bajo el peso de la mirada escudriñadora de Yates.

—Supongo que nunca lo había pensado.

Él asiente, aunque no es para darme la razón. O no está de acuerdo con esta respuesta tan poco comprometedora o no me cree. A lo mejor ambas opciones.

—No hay ninguna posibilidad de que te acuerdes de algo más de lo que hablaste con Jake cuando lo viste, ¿verdad? ¿No sabes adónde iba o qué estaba haciendo?

—No. —Finjo decepción—. Lo siento.

—El maldito era incapaz de no meterse en líos. Primero lo de conducir borracho, luego sus pinitos como Peeping Tom. Menudo desperdicio. —Yates pasa la mirada del ajedrez a mí—. ¿Sabías eso?

—Sabía lo de que conducía borracho —confirmo y reprimo las mentiras que estoy tentada de soltar con un trago de burbujas amargas.

—Bueno, digamos que me alegro de que hayas acabado con un buen chico como Rhodes.

Aun así…, espero que Hornell aparezca por arte de magia después de pasarse un par de semanas de jarana o que los grupos de búsqueda encuentren algo.

Al menos me gustaría cerrar un asunto pendiente.

—Suelta un suspiro profundo, como si esto solo fuera un inconveniente que interrumpe su verano de pesca—.

Menuda putada, ¿verdad? Gente que se cae por un acantilado y se ahoga en el mar.

Ese pirado de Meschino me apuñala en el hombro después de matar al señor Porter.

No hay ni rastro de Evanston ni de McMillan ni de Hornell.

Y el tal Mahoney… He estado en contacto con las comisarías de los condados vecinos, pero parece que nadie ha encontrado pistas sobre él.

Bueno, aparte de que tiene antecedentes penales porque se comportó de una forma muy turbia con algunas mujeres en otros estados.

—En fin, al menos Nolan tiene mucha experiencia con las desapariciones —digo. Yates se pasa los dedos por las arrugas de la frente—. Estoy segura de que tarde o temprano acabará apareciendo algo.

El hombre asiente y me dedica una leve sonrisa de cansancio.

—Sin duda su jefe lo tiene en muy alta estima, por lo que he hablado con él.

Ha sido muy generoso permitiendo que Rhodes se quede por aquí y nos eche una mano.

Estoy convencido de que están deseando que regrese al trabajo, teniendo en cuenta la temporada y tal.

Espero que podamos dejar que vuelva a casa en un par de semanas.

—Yates levanta el botellín hacia mí a modo de brindis, quizá para romperme el corazón—. ¿Seguiréis juntos cuando se marche?

Le doy un trago a mi cerveza solo para evitar estampársela en la cabeza. Quiero decirle que no es asunto suyo. Pero no se lo digo, claro. Lo que sí hago es responder una vez más con sinceridad:

—No lo sé.

—Ya, lo entiendo. Esas relaciones a distancia pueden matar a cualquiera.

—Cuando me mira a los ojos, me ofrece una sonrisa comprensiva.

A lo mejor es consciente de que lo que ha dicho se me ha clavado entre las costillas como una puñalada.

A lo mejor no. Pero retuerce el cuchillo al añadir—: ¿Cómo va Arthur con los síntomas del alzhéimer?

Max mencionó que Lukas estaba barajando algunas residencias para llevarlo.

—Está bien, gracias —respondo—. La verdad es que ha mejorado desde que estuvo ingresado en el hospital.

Yates suelta un silbido bajo y sacude la cabeza antes de darle un buen tiento a la botella.

—No logro imaginar a Arthur Lancaster en una residencia, eso lo tengo claro.

—Suelta una risita; desvía los ojos para mirarme.

Casi parecen del mismo tono que los míos bajo esta luz y, por alguna razón, me resulta inquietante—.

Me imagino que mantendría entretenidos al resto de pacientes y al personal.

Seguro que tiene muchas historias que contar. Ha visto de todo en Cabo Masacre.

—Sí… Lleva aquí mucho tiempo.

Yates sonríe y esta vez parece que se le iluminan los iris con un destello que la mayoría de las veces no está ahí.

—Por supuesto. Dile que no se preocupe, que esos dichosos investigadores no van a husmear por aquí. Si vuelven, los mantendré ocupados. —De repente, se le ensombrece el gesto—. Qué pena lo de su hija. Supongo que no vendrá mucho por esta casa, ¿no?

—No. —Dejo el botellín sobre un posavasos; observo la condensación que se acumula en la base mientras la giro despacio—. No viene mucho.

—Me lo suponía. Quizá sea lo mejor, teniendo en cuenta que no me parece que Rhodes sea muy fan del viejo.

Bueno —Yates también deja su cerveza, luego se da una palmada con las manos en las rodillas y se levanta antes de que pueda preguntarle qué quiere decir—, será mejor que me vaya.

Después de todo, tengo una cita tórrida con la señora Yates. Gracias por la cerveza.

—No hay de qué.

Parece que mi corazón deja de intentar saltarme a la garganta cuando me pongo de pie y sigo al sheriff a la puerta.

Una parte de mí desea poder escribirle a Nolan y contarle esta conversación.

Pero otra sabe qué camino va a tomar como se lo cuente.

Dudo que el sheriff Yates llegara vivo a mañana y entonces el caos sí que se apoderaría de Cabo Masacre.

—Oye —dice el hombre mientras abre la puerta—, ¿sería posible que me prestaras un par de días esa trituradora de madera que tienes? He venido con la camioneta… Me la podría llevar ahora, si no te importa.

Mi corazón duplica sus esfuerzos por salírseme de la boca.

—Eeeh… Va por TDF, no es de gasoil.

—No pasa nada —insiste con una sonrisa imperturbable—. Le puedo pedir el tractor a Bert. Tengo unos cuantos maderos secos que necesito hacer picadillo.

—Claro. Déjame que se lo comente a Arthur.

Quería que me deshiciera de los setos fallidos que acabamos de reemplazar.

—La mentira me sale sola, pero me preocupa que, aun así, Yates se haya fijado en el breve instante de duda en mi voz; cada sílaba me ha parecido fuera de lugar.

Sobre todo porque toda esta visita me ha puesto nerviosa.

Este hombre parece más observador de lo que creí en un principio.

Más… mordaz, como si fuera un depredador que hiere a su presa sin estar preparado para matar. Todavía —. Te avisaré en cuanto acabe.

Yates se pone el sombrero y asiente, extiende los labios un poco más hasta enseñar las puntas romas de los caninos.

—Te lo agradezco mucho, Harper —dice.

Se levanta ligeramente la visera del sombrero y se marcha.