Temporada de cosecha (Masacre 2) MADURAR #2
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MADURAR #2

—Sabes que eso no es cierto. Tenía miedo de enamorarme.

Tengo miedo de perder esos recuerdos. Tengo miedo de haber fallado, de no haber hecho lo suficiente para proteger a gente inocente, porque no pude encontrar a La Pluma.

Tengo miedo de estar volviéndome peligroso yo también.

De perderme a mí mismo cada día. —Me pone una mano cálida sobre el reguero de lágrimas que me cae por la mejilla.

Forma una línea firme con los labios mientras intenta controlar el brillo que se le acumula en los ojos—.

Tenía miedo de querer a otra hija cuando ya me habían arrebatado una. Tengo miedo de olvidarte, mi Harper.

Me aferro a los brazos de Arthur. Noto el hueso. Apenas queda ningún músculo ahí. He visto las fotos de cuando era joven. Un hombre esbelto, fuerte, férreo. Soy incapaz de detener el lento e implacable paso del tiempo, pero sí que hago una promesa que sé que puedo mantener.

—Si algún día me olvidas, yo te recordaré. Y nunca te olvidaré.

Él asiente temblando y, al hacerlo, una lágrima se le cae de las pestañas, la cual se lleva la poca compostura que había conseguido recuperar sobre mí misma, y vuelve a abrazarme.

A lo mejor se ha ablandado con el tiempo y la enfermedad, si bien, solo hasta cierto punto.

Se aparta un ratito después. Se aclara la garganta y su voz retumba con gravedad cuando dice:

—Manos a la obra.

Me da una última palmadita en el brazo y se va hacia el cobertizo, dejándome espacio para que me recomponga mientras él también se toma un momento para hacer lo mismo.

Tarda más de lo que debería en rebuscar en la caseta para localizar la cesta de guantes y las tijeras de podar que están junto a la puerta.

Cuando regresa, siento que otro vínculo nos ha vuelto a unir.

Como si hubiera encontrado de repente algo que había desaparecido, aunque a lo mejor siempre lo había tenido en la mano.

Y entonces hacemos lo que ha dicho Arthur: nos ponemos manos a la obra.

Pero su definición de «ponernos manos a la obra» es más bien «Harper trabaja mientras Arthur supervisa y masculla entre dientes».

Sin embargo, disfruto cada minuto que paso con él en el jardín.

Desbrozo, podo, rastrillo y cubro con mantillo, y Arthur se queda a mi lado todo el tiempo, hablando sobre los planes que tiene para el año que viene y sobre unos setos aún más grandiosos.

Cuando llega la hora de la comida, estoy segura de que hemos hecho todo lo que podíamos para asegurarnos de que entramos en la final del concurso.

La primera ronda del jurado siempre es la más fácil.

Solo vienen el presidente de la asociación de jardinería, un hombre agradable que se llama Don y al que parece que Arthur le cae bien, y un par de miembros del consejo municipal que no tienen mucha influencia.

En realidad, esta ronda solo es para descartar los jardines que no tienen demasiado lustre para que la alcaldesa no tenga que juzgar cincuenta jardines feos en la ronda final de agosto.

¿Tienes el jardín lleno de malas hierbas?

No…, estás dentro. ¿Hay cacas de perro en el césped?

No…, estás dentro. ¿Tus setos parecen penes?

No…, sin duda estás dentro; y, siendo realistas, es probable que te acepten aunque parezcan pollas.

La inspección solo dura veinte minutos y, cuando los jueces se marchan, llevo a Arthur a la mansión para que disfrute de esa siesta en el sillón reclinable que se tiene más que merecida.

—¿Sabes…? —dice mientras lo acomodo—. Podría matarlo, si quieres.

Le pongo la manta sobre las piernas y le dejo el móvil cerca.

—¿A quién?

—Al señor Rhodes.

—Creo que estoy bien, gracias.

—Parece que te gustan las manos, así que podría cortarlo justo por la cintura y así te las quedas. Incluso podrías alimentar a esa horrible alimaña que llamas «mascota» con sus entrañas. —Arthur baja las cejas y muestra una expresión fiera—. Rata del aire infecta.

—Eres un gran amigo. —Me agacho y le doy un beso en la mejilla—. No te acerques a mi rata del aire.

—Date una ducha. La necesitas.

Me alejo hacia la entrada de la sala.

—¿Por qué no me das una patada en el culo con tus Christina Ricci? —Giro la cabeza para guiñarle un ojo antes de desaparecer en el pasillo.

Todavía no he llegado al vestíbulo cuando responde con una retahíla de insultos desfasados y mi corazón ocupa más espacio en el pecho que ayer.

Me paso un rato vagando por la casa principal, haciendo cosas que a Arthur le cuesta hacer por sí mismo.

Limpiar las telarañas polvorientas del saliente de la entrada y del antiguo despacho en el que rara vez entra, cambiar la bombilla de uno de los apliques que hay junto a la puerta, cubrir una raja que se ha abierto en la base de la ventana del vestíbulo.

Cuando por fin vuelvo al jardín trasero, Morfeo está en su comedero, arrancándole una tira a un pedazo de carne que tiene atrapado entre las garras.

Cloquea tres veces a modo de saludo y me acerco tan despacio que me deja que le acaricie las plumas que le brillan en la cabeza.

—Tiene una pinta deliciosa, pájaro asesino —digo mientras le da otro picotazo a su premio—. ¿De dónde has sacado… lo que sea eso?

—Asesino —responde mi propia voz.

—Tiene sentido. ¡Que aproveche!

Le acaricio las plumas una última vez y voy hacia la casa.

Es extraño volver a casa y sentir la ausencia de Nolan cuando no está por aquí.

Este sitio siempre lo he sentido como mi hogar, pero en realidad no lo es.

No tengo nada asegurado. Ni siquiera pago alquiler.

Una vez Arthur fallezca, podrían ponerla en venta, que yo sepa, a pesar de que me haya dicho que me ha incluido en su testamento.

Pero, en cierto modo, desde que Nolan se ha mudado, esa sensación de hogar ha cambiado.

Ya no siento que es la casa de otra persona y yo la he cogido prestada.

Siento que es nuestra. Nuestro sofá en el que nos sentamos a ver Sobreviviendo al amor, donde Nolan finge que odia a mis parejas favoritas hasta que uso la ventaja de las cosquillas para sonsacarle la verdad.

Nuestra cocina donde cocinamos juntos y hablamos sobre la búsqueda y todas las cosas que nos asustan.

Nuestro dormitorio donde follamos en la oscuridad, donde me tira del piercing de los pezones o me azota el culo o me muerde la carne hasta que le suplico que me suelte.

Y cada día que pasa, tengo más ganas de decirle cómo me siento en realidad.

Me quito las botas de trabajo de una patada y echo a andar hacia el baño para darme una ducha, todo ello mientras pienso en cómo pronunciar esas palabras en voz alta.

Pero oigo un ruido en la puerta principal.

Retrocedo y corro hacia la entrada, quito el pestillo y abro, esperando ver a Nolan al otro lado.

No es él.

El sheriff Yates está de pie en mi puerta, con una navaja suiza de colorinchis agarrada; tiene sacado el destornillador y levantado hacia mí.

—Joder —digo llevándome la mano al pecho—. Me ha asustado.

—Lo siento muchísimo, señorita Harper. —Desvía la mirada a la herramienta y la baja antes de cerrar la barra de metal; luego se guarda la navaja en el bolsillo que tiene en el cinturón—.

Me he fijado en que la aldaba estaba un poco suelta.

Se me ha ocurrido apretarla antes de que se estropee la puerta. No pretendía asustarte.

Miro la cabeza de león de latón, el aro que la bestia tiene entre los dientes.

No recuerdo que estuviera suelta. Tampoco la uso nunca, y la gente que viene de visita, menos.

A lo mejor es que no tengo muchas visitas o sienten que es demasiado fuerte y anticuada y por eso no la utilizan.

Le doy un toquecito con el dedo; ahora parece que está bien sujeta.

—Gracias, es todo un detalle —digo con una sonrisa forzada.

—Encantado de ayudar. —Yates se quita el sombrero y se pasa una mano por el pelo corto y gris—. ¿Te importa que entre un minuto?

—Eeeh, claro. —Abro del todo la puerta y me aparto del umbral—. Pero, si busca a Nolan, está con sus cosas de búsqueda y rescate.

El hombre ensancha la sonrisa, como si intentara tranquilizarme, aunque me da la sensación de que en cierto modo está disfrutando de tenerme en vilo.

Llevo cuatro años en Cabo Masacre y esta es la primera vez que me quedo a solas con él.

Aunque Arthur y yo hemos hablado muchas veces de la suerte que es que resulte ser un incompetente en su trabajo, no deja de ser perturbador recibir al sheriff del pueblo en mi casa.

—Ah, ya lo sé. Está bastante ocupado. —Yates entra y observa el salón—. Por lo menos, de momento.

Se dirige hacia el tablero de ajedrez, ajeno a la flecha que me acaba de clavar en el pecho.

A menudo se me pasa por la cabeza que Nolan se marchará de aquí, pero no hablamos mucho sobre ello, aunque la búsqueda podría alargarse de manera indefinida para mantenerlo aquí.

En cambio, si no es el caso, ¿qué ocurrirá con nosotros?

¿Un fugaz amor de verano? ¿Una futura relación a distancia?

¿Otro atropello que nos lleve a la casilla de salida antes de volver a separarnos?

—¿Juegas? —pregunta Yates sin darse la vuelta; se cierne sobre el tablero con las manos agarradas a la espalda. Me da la sensación de que esta visita inesperada tiene un objetivo claro que no es hablar de ajedrez. Es como si me hubieran lanzado al tablero con él y ahora me veo obligada a jugar.

—Antes sí. —Reprimo las ganas de pedirle que no toque las piezas cuando desentrelaza los dedos y extiende la mano. Sin embargo, no va a por las piezas. Agarra la caja de palo santo que hay junto al quemador de incienso y la olfatea—. ¿Usted sí?

Yates gira la cabeza y me dedica una amplia sonrisa.

—De vez en cuando.

Respondo con una sonrisa fugaz y asiento; contengo el impulso de arrancarle la caja de las manos. A lo mejor nota lo cabreada que estoy o es solo coincidencia, pero la deja en su sitio.