Temporada de cosecha (Masacre 2) MADURAR
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Harper

Mi móvil vibra en la mesita de noche. Medio inconsciente, rechazo la llamada sin molestarme en comprobar quién es.

Pero no pasa nada, porque solo es el asesino en serie anciano más persistente del mundo.

Deslizo el dedo por la pantalla para aceptar la segunda llamada de Arthur y le gruño un «hola» grave al teléfono.

—¿Por qué estás dormida? —exige saber.

Miro el reloj y luego compruebo el móvil como si aquel pudiera mentir.

—No son ni las seis de la mañana, Arthur. A esta hora sueles estar roncando.

—Yo nunca ronco.

—Eso díselo a los Christina Ricci.

—Harper… —Los insultos que masculla se interrumpen cuando me aparto el teléfono de la cara y bostezo.

Entiendo algo sobre una desgraciada incompetente mientras me froto los ojos y me desperezo; luego me vuelvo a acercar el móvil al oído—.

Es 7 de julio. Hoy es la primera ronda del jurado del concurso de jardinería.

—No van a venir hasta la una en punto, Arthur. Ya he limpiado los setos. —Y es cierto. Me llevó toda la tarde. No fue tarea fácil intentar que cada uno de ellos tuviera una forma de pelota razonable. Al menos ya no parecen pollas, supongo.

—Ya lo sé. Están…

Torcidos. Horribles. Una maldición para la humanidad. Estoy preparada para que diga todas las opciones, pero para lo que no estoy preparada es para «magníficos».

Me enderezo y me paso una mano por el pelo desaliñado; me sigue resultando raro llevarlo tan corto.

—Son redondos y ya.

—¿De qué estás hablando? Los estoy viendo ahora mismo. El alce…

—Arthur, te digo esto con muchísimo amor, pero ¿te has equivocado de pastillas? ¿Sigues durmiendo? ¿Es posible que tengas sueños lúcidos?

—Por Dios santo, Harper. Tú ven a verlos. Y trae café. Pero nada de esos cafés con leche aguados. Trae un expreso de verdad.

Tras decir eso, me cuelga.

—Por Dios.

Me levanto de la cama y me visto antes de bajar las escaleras para empezar con mi rutina matutina. Nolan ya ha preparado la cafetera y la ha dejado en los fogones, como hace todas las mañanas desde que decidió que se mudaba. Y siempre me deja una notita.

Buena suerte hoy. Intenta no enviarle una tarta de dedalera a Sarah Winkle.

Suelto una carcajada. Mi sonrisa se vuelve un gesto nostálgico cuando paso un dedo por encima del dibujillo sencillo a boli que ha hecho de unas dedaleras.

En realidad, no ha sido una noche fácil después de que me dijera que le preocupa si estoy a salvo con Arthur.

Hubo momentos en los que quise replicar con dardos afilados.

«Tú no lo conoces como yo. Tú no eres de aquí.

Esto ya ha sido bastante duro». No obstante, la verdad es que sí creo que Nolan lo está haciendo lo mejor que puede.

Aunque la tensión que no hemos expresado se cierne sobre nosotros como un velo, algo cálido me brota en el pecho al mirar su nota.

No es un callejón sin salida. Es un tira y afloja para ver cómo podemos coexistir en el mismo tablero cuando en realidad no entendemos muy bien el juego.

Doblo el papel y lo guardo en el cajón que hay al lado del armario de las especias, con el resto de notas que he ido conservando.

Nolan ocupa mis pensamientos durante una versión abreviada de mi rutina mañanera mientras se hace el café.

Cuando está listo, sirvo el expreso para Arthur, me preparo para mí un café instantáneo bastante mierda y me llevo las dos tazas al jardín trasero de la casa; Arthur me espera junto a la verja.

—¿Te has cortado el pelo? —pregunta cuando cruzamos la puerta principal del jardín de la finca.

Una punzada de angustia se me cuela entre las costillas, una puñalada en el corazón.

Me ha visto varias veces desde que me lo corté y tenía las esperanzas muy arriba, porque no comentó nada en las últimas visitas que le hice.

Creía que ya no era novedad. Que sería algo que recordaría, incluso al final del día, ya que los atardeceres le cuestan y los síntomas empeoran.

—Pues sí, me he cortado el pelo.

—Te queda bien —dice, y asiente una vez—. Aunque está claro que has usado la podadera de setos.

—Ja, ja —respondo mientras un destello se le ilumina en los ojos nublosos—. Veo que esta mañana estás muy animado.

—La verdad es que sí. Has hecho una obra de arte.

Nos detenemos en el borde del jardín de la mansión.

Arthur extiende los brazos y gira sobre sí mismo poco a poco; la cabeza de lobo de su bastón le enseña los dientes a la exposición de criaturas del bosque.

Hay un oso y un osezno junto a la entrada principal.

Un cisne en el centro de la glorieta. Un zorro sentado entre las hortensias, observando a la ardilla que hay cerca de la fuente.

Y delante de nosotros, en lo alto de la colina, se encuentra un alce majestuoso, tal y como Arthur quería.

—Has hecho un trabajo ejemplar, Harper. Realmente ejemplar.

—Eh… —Ya está. Eso es lo único que consigo decir. Una capa de lágrimas me nubla la vista. Arthur me estudia como si fuera una máquina estropeada. Me saco el móvil del bolsillo y empiezo a escribir un mensaje. Primero a Lukas.

Por favor, dime que has sido tú el que ha arreglado todos los setos de mierda mientras dormía…

Y su respuesta es casi inmediata.

¿Se suponía que lo tenía que hacer?

Lo digo en serio.

Y yo también…

Se me escapa un gimoteo cansado; los hilos de mi fuerza de voluntad se rompen uno tras otro. Me sorbo la nariz y me seco los ojos con el dorso de la mano antes de hacer una llamada.

—Ey —dice Nolan, que responde al segundo tono—. Qué temprano te has levantado…

—¿Has arreglado tú los putos setos? —suelto.

—Eeeh… bueno… el de lo alto de la colina parecía que eran dos pollas y luego eran dos bolas que daban mucha pena, así que se me ocurrió que era mejor reemplazarlos.

De hecho, empecé a trabajar en ello hace un tiempo, cuando las dos vergas todavía tenían forma de alce demoniaco, pero ¿acaso hace falta llevar la cuenta?

—Sí que la llevas.

—Vaya que sí. Mi alce es una puta obra de arte.

Las lágrimas se me escapan y le doy la espalda a Arthur mientras él me llama preocupado.

—¿Y la ardilla? —pregunto.

—Me pareció que quedaba mejor que el trapezoide derretido que habías hecho.

—¿El zorro?

—Mira, creo que tenemos que trabajar en tu destreza a la hora de podar setos. Quizá puedas apuntarte a un curso. En serio, parecía algo satánico antes de que lo convirtieras en otra esfera torcida. Que, en cierto modo, también tenía pinta satánica.

Me río, pero él todavía pilla esas notas de angustia enterradas en el sonido.

—¿Cómo? —consigo decir al fin—. ¿Por qué…?

—Les pedí a los Bobs que me echaran una manilla.

Bobby me dejó hacerlos en su casa y Bert me ayudó a traerlos con el camión.

Bob se ha pasado toda la noche reemplazándolos conmigo.

La unión hace la fuerza, ¿sabes? —Casi lo oigo encogerse de hombros al otro lado de la línea, esa indiferencia ensayada de sus gestos cuando intenta fingir que algo no es para tanto—.

En cuanto al porqué, sé cuánto significa para ti el concurso de jardines.

Pensé que los nuevos setos te harían feliz.

Los setos no me hacen feliz. Nolan me hace feliz.

No solo porque me deja notas por la mañana o me prepara el café o se pasa no sé cuántas horas podando setos para hacer una puta ardilla porque sabe que es importante para mí.

No es solo porque esté dispuesto a tener conversaciones difíciles o que se arriesgaría por mí.

Es todo lo que tiene que ver con él. La oscuridad.

La luz. Los puntos en los que se cruzan.

Son incluso esos malditos hoyuelos asesinos.

Es saber lo difícil que es arrancarle una risa.

El modo en que se siente mi corazón cuando se ríe.

Levanto la vista al maldito alce majestuoso; el sol del amanecer se le cuela entre las astas y se vierte en mis lágrimas y entonces me doy cuenta de que estoy enamorada de Nolan Rhodes.

—Eso… ha sido un detalle muy bonito —consigo decir; apenas controlo la voz—. Yo, eh… gr-gracias…

—¿Estás bien?

—Sí, tengo que colgar —suelto de una, y corto la llamada.

Me quedo mirando fijamente la pantalla mientras se oscurece.

Las palabras estaban justo ahí, las tenía en la punta de la lengua, hasta notaba su sabor dulce.

Casi se lo digo… Quería decírselo…, pero, si las pronuncio, ¿cómo evito que me roben lo que siento?

En el pasado fue tan fácil decir «te quiero», cuando no me daba cuenta de que era igual de fácil que te destrozara perder a la gente que te importaba.

Cada vez que lo he dicho en voz alta, lo he perdido. No creo que pueda soportar perderlo a él también.

El móvil me vibra en la mano; las lágrimas caen sobre el cristal mientras leo el mensaje.

Te quiero, Harper. Aunque nunca puedas decírmelo.

Me aprieto el teléfono contra la frente y las fisuras de mi corazón se abren un poco más y luego me deshago en un torrente de lágrimas.

—Harper —me llama Arthur y me giro al escuchar su voz. Apoyo la cabeza en su hombro y me pasa un brazo frágil a la vez que me da palmaditas en la espalda—. Mi querida Harper. ¿Qué pasa?

Me aferro a él, sollozando contra su chaleco de cachemira.

—No he podido evitarlo.

—¿El qué no has podido evitar?

—Enamorarme de él.

—¿Enamorarte de quién?

—De Nolan —respondo llorando aún más fuerte.

—Ah, el del teatro. Iba a cortarle las manos —dice y asiento contra su hombro. En cierto modo, duele aún más que lo recuerde—. Pero cuando él te sostenía, tú te estabas apartando.

El poco control que me queda se me escapa.

Tiene razón. Nolan me hizo revivir como un ciclón, pero también es la luz en la tormenta. El faro al que aferrarme en aguas turbulentas.

—Estás asustada —continúa Arthur, que me da otra palmadita paternal después de permitirme llorar un buen rato contra su cachemira—. Tienes todas las razones del mundo para estarlo. Yo también tenía miedo.

—Tú no le tienes miedo a nada —digo, y consigo controlarme lo suficiente para apartarme y mirarlo a los ojos.