TRILLAR #3
—Con Yates bien —continúo—. Me ha preguntado si he visto u oído algo en el hostal El Cabo.
Al parecer, Daryl Winkle me vio irme de allí en coche con el pelo mojado.
He conseguido darle una excusa sobre que tu caldera no va bien y que me he dado una ducha en el hostal.
Tengo que comprarte una nueva, por cierto.
—Puto Winkle —gruñe Harper dejando la botella con más fuerza de la necesaria—. Es que lo haría cachitos, a él y a esa guarra con la que está casado, y los metería en el Monstruo de las Galletas. Creo que le haría un favor a todo el puto pueblo.
Harper contempla el plato con mala cara, presa de esa rabia asesina tan adorable. Me acuerdo de la carta de Sarah Winkle al periódico al tiempo que corto el borde de mi pizza.
—Sí. Dudo que a nadie le importara. —Respiro hondo, como si estuviera a punto de arrancar la gasa que se ha pegado a una herida, y me lanzo a decir—: Yates también ha mencionado algo que me gustaría hablar contigo.
Ella me mira de soslayo, suspicaz. Empieza a masticar más despacio hasta que se detiene del todo.
—Lo dices como si me lo fuera a pasar pipa.
—Sí… —Un último trago de cerveza se me desliza por la garganta mientras Morfeo grazna en el alféizar de la ventana como pájaro de mal agüero.
Me obligo a observar a Harper, aunque temo el dolor que podría ver en sus ojos—.
Yates ha comentado algo bastante perturbador sobre Arthur.
Que sospecha que estuvo implicado en la muerte de su esposa, pero que no pudo demostrarlo.
El silencio que sigue a mis palabras es como un cuchillo que se me clava en la carne. Harper no aparta la mirada, no se resiste. Apenas parpadea.
—¿Qué ha dicho exactamente?
—Solo que le preocupaba que estuvieras con Arthur. No ha especificado qué sucedió, se ha limitado a hacer alusiones. Y no he encontrado nada destacable cuando he buscado.
—¿Que has buscado? —repite, y yo asiento. Entrecierra los ojos hasta que se le convierten en dos rajas suspicaces—. ¿Cómo, si no tenías teléfono?
Contengo las ganas de alejarme de su escrutinio. No estoy seguro de por qué tengo la sensación de que he cometido un error garrafal, pero así es.
—He ido a la biblioteca.
Harper se apoya en el respaldo de la silla y me observa durante un largo y tortuoso momento. Lo único que hace es mover la cerveza muy despacio encima del posavasos; extiende la condensación con los dedos.
—¿Por qué no me has preguntado a mí?
—¿Te acuerdas de que no tenía teléfono? —le rebato, esforzándome para que el sarcasmo no se me cuele en las notas oscuras de la voz.
Aun así, creo que lo percibe. La furia le arde en los ojos de acero.
La agarro de la muñeca antes de que pueda cortar la pizza y me sorprende un poco que me permita sostenerla—.
Te lo estoy preguntando ahora, Harper. ¿Qué pasó?
Siento que el aire se me ha quedado atascado en los pulmones. Transcurre un instante que parece quedarse suspendido cuando dice:
—Arthur mató a su mujer. Porque ella se lo suplicó.
Harper se suelta de mi agarre y se lleva la cerveza a los labios para darle un buen trago.
Siento que los dedos se me tensan en la ausencia de su tacto.
Sabía que tenía que haber algo tras las insinuaciones de Yates, pero no me esperaba esto.
Cuando Harper me mira a los ojos, los veo atormentados, como si fueran capaces de reflejar el dolor de Arthur.
—Vivian tenía cáncer de pecho, y la metástasis había llegado a los huesos.
Él me contó que sufría tanto que no podía ni salir de la cama.
Se lo rogó durante semanas hasta que por fin él cedió.
—Siento que otra capa se desprende de su armadura cuando continúa—: Le dio midazolam.
En el informe del forense aparecieron restos, aunque nunca lo relacionaron con Arthur.
Que yo sepa, Yates ni siquiera lo intentó.
Primera noticia que tengo de que sospechara algo.
Al menos, Arthur me contó que nadie hizo preguntas.
A lo mejor es algo que se inventó para que Harper no se escapara de su red.
O puede que sea la verdad. Pero, si lo es, ¿significa que la mujer a la que quiero corre menos peligro?
¿Y si el viejo se confunde, se queda atrapado en el eco de un recuerdo e intenta hacerle daño a Harper?
¿O si le exige que haga algo que ella no es capaz de soportar?
—¿Por qué iba a mencionármelo Yates si no trató de relacionar a Arthur con la muerte de Vivian?
—No lo sé —responde sin más.
—Quizá fue como dijo y ni siquiera había pruebas suficientes para empezar a investigar. Y está preocupado por ti. Porque yo también lo estoy. —Apoyo la mano en la suya y, esta vez, aunque intenta soltarse, no le permito que se escape—. Arthur es un hombre brillante y capaz. Y también peligroso.
Harper endereza los hombros.
—No para mí.
—¿No? —pregunto, y ella sacude la cabeza—. ¿Nunca?
Esta vez se queda quieta y sé que debe de haber algo que no está dispuesta a compartir.
—Fue peligroso para ti cuando me manipuló para que le diera su bolsa de asesino.
La misma que tú estabas guardando porque eras consciente de que podría hacer algo imprudente.
Y entonces él fue e hizo justo lo que tratabas de evitar que hiciera.
—Me acerco un poco más y ella la baja la mirada—.
Es por eso por lo que estamos metidos en todo este embrollo de búsqueda y rescate, ¿recuerdas?
Te puso en medio de todo eso de lo que has estado intentando escapar.
Harper niega con la cabeza.
—No es eso —susurra; me mira a los ojos solo un instante. El desafío de su mirada queda cubierto por un brillo atormentado—. Lo que le hizo a Evanston fue un error. Lo entiendo. Soy consciente del riesgo en que nos ha puesto a todos. Pero me necesita y no lo voy a abandonar.
—No intento hacerte daño —digo, y ella se muerde el labio como si estuviera obligándose a contener una respuesta mordaz—.
Pero ¿y si algún día te confunde con Vivian?
¿O con otra persona? —Le suelto la mano para apartarle el pelo de la cara con la caricia más leve y ella cierra los ojos por un segundo—.
Él es consciente de que está perdiendo recuerdos.
Su identidad. Sabe que no hay cura. ¿Y si te pide lo mismo que Vivian le pidió a él? ¿Cómo te sentirías?
Harper se está desmoronando delante de mis ojos; tiene las cejas arrugadas y el ceño fruncido mientras mira nuestras manos.
Se esfuerza por no llorar. Y me siento culpable por ello.
Quizá pensó que cenaríamos pizza y tomaríamos unas cervezas y veríamos ese concurso de la tele tan adictivo y que tanto le gusta.
No que tendría que escucharme soltar de manera tan cruda todas las cosas que seguro que a ella también le preocupan.
Pero no soporto la idea de que se quede atrapada en las promesas que le hizo a un hombre que podría estar manipulándola en todo momento.
Me levanto, sin dejar de tocarla, y me agacho para envolverla entre los brazos.
—Lo siento —susurro, aliviado de que me pase las manos por la espalda—. Sé cuánto te preocupas por Arthur. Pero tiene la capacidad de hacerte daño en muchos sentidos. Y eso me cuesta, Harper. De verdad que sí.
Ella no dice nada. No asiente, no se mueve.
Tampoco me suelta, hasta que no pasa un buen rato y la pizza está fría y la cerveza se ha calentado bajo el aire húmedo del verano que entra por las ventanas abiertas.
Cuando por fin vuelvo a sentarme, tengo la impresión de que le he abierto otra herida a una mujer que ya cuenta con demasiadas cicatrices.
Recogemos la cena sin haberla terminado. Ponemos Sobreviviendo al amor, aunque no lo vemos. Vamos a la cama, y no nos dormimos hasta que hemos pasado un buen rato en silencio.
Cuando por fin oigo que Harper respira profundamente a mi lado y se desliza en los sueños, me quito su mano del pecho y la dejo sobre la cama, donde debería estar mi cuerpo.
Me quedo de pie junto a su forma dormida, observándola un instante, y entonces me marcho.