Temporada de cosecha (Masacre 2) TRILLAR
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Nolan

En cuanto salgo de la comisaría de Cabo Masacre tras el interrogatorio informal sobre la muerte de Charlie, no voy al centro de mando, aunque sé que Yates se encargará de preguntarle a alguien a ver si he llegado.

Y tampoco voy a la casa anexa ni a la mansión Lancaster ni a la destilería, a pesar del tirón que siento en el pecho y que me ruega que encuentre a la mujer que se halla al otro lado de este hilo invisible.

Me dirijo al cementerio.

Reduzco la velocidad cuando llego a la verja, que está abierta para que entren los visitantes, pese a que a primera vista no veo a nadie por aquí.

Bajo la ventanilla y miro a un lado y otro de la carretera vacía; tampoco se oye nada.

Está todo tranquilo y silencioso bajo el sol de principios de verano.

Nadie sospecha que el cementerio fue el verdadero escenario en el que Peter Evanston pasó sus últimos momentos de vida.

A mí me parece un sueño febril, y eso que estuve presente.

Lo que sucedió aquí hace apenas unas cuantas noches podría no haber sido más que una ilusión.

Respiro hondo y cruzo las puertas; conduzco por el sendero que sube hasta la colina y hacia la parcela de la familia Lancaster.

El lugar está sereno; desde aquí se ve la extensión del resto del cementerio y algunas casas vecinas.

Aquí hay pruebas, si eres lo bastante observador: hierba pisoteada, marcas en la cuneta, como si hubieran arrastrado a alguien.

Pero el cementerio no está dentro de la lista de búsqueda y mi intención es que siga siendo así.

Y Harper dice que Arthur está empeñado en que nadie lo vio.

El problema es que no confío en él tanto como ella.

Echo un último vistazo a mi alrededor y entro en la parcela de la familia Lancaster, que está rodeada por una verja baja de hierro forjado. Es probable que algunas de las tumbas daten de la fundación de Cabo Masacre. Pero hay dos, una junto a la otra, que son las que me interesan.

Sobre la más reciente hay un ángel llorando; tiene la cara oculta entre las manos en un gesto de desesperación.

Es la lápida de Poppy, el sufrimiento inmortalizado en mármol.

Pero la que hay al lado es la que he venido a ver: Vivian Sophia Lancaster.

El ángel de la lápida extiende la mano hacia el cielo.

Está impoluta, no hay musgo ni se ve descolorida, a pesar de que han pasado más de treinta años.

Hay flores (no cortadas, sino que crecen directamente en el lecho) que rodean la losa de mármol. «Le mie colpe travolgerà l’oblio, ma l’amor mio… non muor», reza la inscripción bajo su nombre. Falleció apenas dos años antes que su hija; solo tenía cincuenta y tres años.

Me quito la mochila del hombro, saco mi libro de scrapbooking y apunto los detalles de la lápida. Estoy a punto de guardarlo y volver al coche cuando veo que algo brilla por el sol a mi izquierda.

Una pulsera de plata.

Con el libro todavía en la mano, me acerco al memorial.

Es poco común: está hecho de mármol de jade y tallado con forma de luna creciente.

Hay unas pulseras sin inscripción colgadas de una serie de ganchitos incrustados debajo de la curva de la luna.

Una de ellas me resulta familiar. Tiene grabado «A²BC».

«Adam Cunningham», muestra el rótulo de la piedra siguiendo la forma de la luna. Sin fecha, sin epitafio. Nada más.

Dejo caer la cabeza y suelto un largo suspiro.

Harper debe de haber traído la esclava después de que se la devolviera. Me pregunto si vendrá muy a menudo a llorar su pérdida. Si le habla a Adam en voz alta, como hago yo cuando visito la tumba de Billy. Si llora o le entra la nostalgia al acordarse de su sonrisa.

No estoy celoso. Sé que lo que Harper pasó con Adam ha dejado una herida indeleble en su alma.

Fracturó su existencia y tal vez esa herida nunca se cure del todo.

Me despierta una pena impotente. Pero, si soy sincero, también siento lástima por mí mismo.

Porque es posible que jamás me quiera como yo la quiero a ella.

Tal vez perdió la capacidad de amar y quedó sepultada entre las cenizas en algún punto de Texas.

Tal vez no todos los retazos de Autumn Bower salieron de aquella casa con vida.

Estiro un dedo y toco el panel de plata de la pulsera; la veo balancearse bajo la luz. Todavía recuerdo el dolor que atisbé en su mirada cuando se la dejé en la palma de la mano. No me cuesta imaginarme la oleada de emociones que debió de sentir cuando vino a dejarla en su sitio.

Siento una punzada de angustia en el pecho, cojo el boli y dibujo más o menos lo que veo: la curva de la piedra, el nombre en mayúsculas. Los recuerdos que cuelgan bajo el sol estival.

Una vez termino el boceto y guardo el cuaderno en la mochila, el sonido de un aleteo llama mi atención hacia lo alto de una cruz de granito que hay más allá de los confines de la parcela de la familia Lancaster. Un cuervo se atusa las plumas de las alas antes de detenerse para mirarme.

—¿Morfeo? —pregunto; miro hacia la lápida antes de volver a centrarme en el pájaro—. ¿Has venido a por más regalos para Harper?

El ave me observa sin decir nada.

Permanezco así un momento, contemplando al cuervo, que retoma la tarea de colocarse bien las plumas iridiscentes. Y luego, con la presencia pesada del sheriff Yates merodeando por los recovecos de mi mente, me marcho del cementerio.

Lucho contra el impulso de buscar a Harper y me obligo a ir al centro de mando, que se encuentra en el aparcamiento de la biblioteca.

Muchos de los voluntarios han hecho el descanso para comer, aunque sea más bien tarde.

La busco entre la muchedumbre; soy incapaz de evitarlo o de no sentirme decepcionado por no verla, a pesar de que también me cabrearía encontrarla aquí.

O más bien estaría más cabreado aún. Sigo algo aturdido por el encuentro con Yates y por este día que se ha torcido tanto que todo está patas arriba.

Y estoy seguro de que tengo pinta de ser tan amenazador como me siento.

Camino a grandes zancadas entre la multitud, saludo con la cabeza y fuerzo sonrisas cuando reconozco a alguien…

Bert, que se está zampando un perrito caliente.

Bobby, con quien he hablado brevemente de pasarme por su tienda a recoger algo en lo que he estado trabajando para Harper.

Selma, que encabeza la búsqueda en la destilería.

Maya está repartiendo muestras gratis de Jodebichos a los voluntarios y le pido que le envíe un mensaje a Harper por mí para avisarla de que estoy en el centro de mando antes de seguir adelante.

Cambio de rumbo para evitar la mirada de la señora Evanston, que lleva esa bola de pelo demoniaca entre los brazos, y del periodista que le está haciendo una entrevista lacrimógena cerca de la tienda de registro, y sigo caminando hacia mi destino.

La biblioteca.

La avalancha de aire frío y el olor a libros me dan la bienvenida cuando entro en el espacio tranquilo, un alivio del calor de esta estresante mañana que todavía me corre bajo la piel.

Voy directo hacia el mostrador de recepción y pido un pase de invitado para los ordenadores, luego me siento en una de las cabinas vacías e inicio sesión.

Me meto en los archivos del periódico local, El Cronista de Cabo Masacre, y retrocedo hasta la semana de la muerte de Vivian Lancaster.

Hay un obituario extenso en el que se listan los muchos logros que consiguió en vida, encabezado con su foto.

Es preciosa, tiene unos rasgos delicados y una sonrisa ancha y espontánea; el mar brilla al fondo.

No se nombra la causa de la muerte ni tampoco nada que explique por qué en lugar de llevarle flores se pide a la gente que haga un donativo a una reserva natural.

Compruebo un artículo tras otro de las siguientes semanas, pero no doy con nada que indique que Yates esté llevando a cabo una investigación o preguntando sobre el modo en que murió Vivian.

Tras ampliar la búsqueda, el único detalle relevante que encuentro es una carta anónima en la sección de opinión después de que Arthur fuera nombrado ganador en el primer concurso de jardinería que se celebró hace diez años.

Me jugaría el cuello a que la autora es Sarah Winkle, teniendo en cuenta el título: «El jardín venenoso: una competición de trato preferente».

—Dios —siseo al leer por encima la carta mordaz en la que afirma que el pleno del ayuntamiento se estaba cubriendo el culo cuando le concedió el trofeo a alguien que se sabe que asesinó a su esposa, aunque en ningún momento nombra a Arthur directamente—. Menuda zorra.

—Shhhh.

Levanto la vista y me encuentro con los ojos de la mujer que tengo delante. Es la misma que me encontré hace un par de semanas en la tienda cuando dudaba si comprar un dispositivo que repele los bichos para las exhumaciones nocturnas con Harper. Sonrojado, susurro:

—Lo siento. Sarah Winkle.

La mujer resopla y se vuelve a centrar en su pantalla.

—Uuuf. Sí que es una zorra de cuidado.

Imagino que ya me he puesto en ridículo lo suficiente y que es probable que no localice nada más que me resulte útil, así que me voy de la biblioteca y regreso al centro de mando con la determinación de que esta noche llegaré al fondo de todo esto.

La idea de sacarle el tema a Harper provoca que se me revuelvan las tripas de la ansiedad.

Estoy bastante seguro de que la cosa no va a salir bien y esa preocupación me atormenta cuando entro en la tienda.

En cuanto me encuentro entre las paredes de lona blanca, aprieto el puño contra la mesa de plástico y suelto un largo suspiro.

—Me cago en la hostia puta —siseo. La migraña me rasca el cráneo como si intentara abrírmelo—. Menudo día de mierda.