Temporada de cosecha (Masacre 2) GERMINAR #2
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GERMINAR #2

—Entonces, ¿no has visto a nadie junto al borde del acantilado? ¿Ni has escuchado ningún ruido que proviniera del agua? ¿Una salpicadura? ¿Un grito tal vez?

No me acuerdo de ese momento en el que me he lanzado por el precipicio agarrado a un desconocido, sino de Harper.

El corazón me retumba como un trueno mientras revivo la escena una y otra vez.

Ella desapareciendo por el borde del acantilado.

Ella gritando mi nombre. Los nervios en la boca del estómago al lanzarme a por ella.

Y luego el silencio atronador cuando salí a la superficie solo.

—No, señor —digo. Parpadeo para alejar el recuerdo que todavía atormenta mis pesadillas casi todas las noches—. Nada.

Yates respira hondo y suelta el aire despacio.

—Bueno… —Guarda de nuevo los papeles en la carpeta; vuelve a posar los ojos en mí mientras la cierra—.

Al parecer, nadie más ha oído nada. El pobre señor Abbott debió de acercarse demasiado al borde y se resbaló.

No me extrañaría que solo estuviera intentando hacer una foto y se cayera…

A los jóvenes de hoy en día les preocupa más sacar la toma perfecta para las redes sociales que su seguridad.

—Sí, no sería la primera vez que nos pasa en el curro.

En realidad, sí sería la primera vez. Eso ha sido una mentira.

—Hablando del tema, ¿has dicho que se te ha roto el teléfono? ¿Qué ha ocurrido?

Esbozo una de esas sonrisas de «ha sido un día de mierda» con la esperanza de que se compadezca y vea que estamos en el mismo barco.

—Uno de esos accidentes tontos. Se me ha caído cuando estaba saliendo de casa.

Yates ladea la cabeza. No parece que esté de humor para mostrar compasión.

—¿Incluso con esa carcasa tan elegante que llevabas? Creía que eran buenas para los golpes.

—Y lo son —digo obligándome a no juntar las cejas ante su escrutinio perspicaz—. Se me ha caído bocabajo contra una piedra irregular, supongo.

—Entiendo. —Balancea la silla un par de veces; un silencio perturbador cae sobre nosotros.

Si es un cebo, no pienso picar. Dejo que el momento de silencio se alargue hasta que da un manotazo en la mesa y sonríe—.

Bueno, si hay algún cambio y te acuerdas de haber oído o visto algo esta mañana, avísame, ¿vale?

—Por supuesto, señor.

Se levanta de la silla e imito su movimiento.

—El hombre que se ha caído por el acantilado y la mujer que se acaba de marchar forman parte del mismo grupo de investigación amateur que Sam Porter y Vinny Meschino.

Se apuntaron como voluntarios para ayudar en la búsqueda antes del accidente de esta mañana.

Pese a que no me hace mucha gracia que esta gente venga al pueblo y remueva las cosas en busca de problemas, pensé que al menos podría tenerlos entretenidos en algo útil si se unían a la búsqueda.

Estos tipos no aceptan los hechos así como así, aunque sean irrefutables.

He informado a Emma antes de anunciar de manera formal que mañana se cierra la investigación por asesinato y sospecho que necesitaré tu ayuda para mantenerlos ocupados y que no me toquen las narices.

Asiento y fuerzo una sonrisa.

—Por supuesto.

Yates me pone una mano en el hombro con ese ademán tan paternal que le encanta; siempre acierta en la herida profunda que me hizo McMillan en un intento por salvarse el pellejo y que todavía no se me ha curado.

—Aunque está claro que la joven Emma no está de humor para patearse el bosque buscando a gente desaparecida, hay otro tipo del trío que aún está dispuesto a echar una mano. Se llama Tylor. Irá esta tarde al centro de mando para reunirse contigo.

—¿Y va a dejar tirada a su amiga? —pregunto, esperando que Yates llame al tal Tylor para sacarle la idea de la cabeza—. La he visto muy disgustada, lo cual es entendible, dadas las circunstancias. ¿No cree que sería más sensato hacerle compañía?

—No podemos juzgar lo que hace la gente para capear el dolor, hijo. —Me aprieta más el hombro—. Algunas personas necesitan silencio y soledad, como Emma. Tylor necesita distraerse.

Tiene razón, por supuesto. Harper y yo somos la prueba viva de que no hay una única forma de gestionar la pérdida de alguien. Pero suena muy hipócrita cuando lo dice él, como si lo hubiera sacado de un libro de autoayuda y creyera que es lo que tiene que decir, sin pensarlo de verdad.

Me suelta el hombro y sonríe cuando asiento; luego señala hacia la puerta.

—Nuestro amigo Tylor parece inofensivo. A esos buscachuchos les gusta ladrar detrás del teclado sobre todas las cosas que creen que saben, pero si los pones en el mundo real de una investigación o de una búsqueda, se quedan tan indefensos como una camada de gatitos.

No estoy seguro de si estoy de acuerdo con esa analogía, sobre todo después de mis encuentros con Sam; aun así, le lanzo a Yates una sonrisa para darle la razón antes de echar a andar hacia la puerta de la oficina.

—Ey —dice a mi espalda—, hace tiempo que quería preguntarte cómo te hiciste esa cicatriz tan fea de la nuca. Debe de ser una buena historia.

La mano se me va por acto reflejo al tejido cicatrizado, como si pudiera ocultarla y que no la viera.

Si Yates escarba en lo que pasó en Maryland hace cuatro años, con su acceso y sus contactos, podría desenterrar toda la historia.

La mía. La de Billy. La de la mujer que nos atropelló. La de la verdadera Harper Starling.

—Un accidente con la bicicleta de montaña —miento, y le dedico a Yates una mirada breve hacia atrás.

Toda mi atención se centra en la salida que tengo delante e intento no salir corriendo.

Lo único que me hace avanzar con paso firme es Harper.

Cada movimiento que hago, cada mentira que se me desliza por la lengua, nada de eso lo hago ya por mí, sino por ella—.

Tonterías de críos, haciendo trucos que no debería haber intentado. Parece peor de lo que fue.

Yates chasquea los dedos.

—Ah, cierto. Porter mencionó algo de que hacías bicicleta de montaña cuando le hice una visitilla.

Me tambaleo. Me acaba de atrapar en un dominó de mentiras.

No estoy seguro de si Sam habló con Wallie de Deportes Acuáticos sobre la bicicleta de montaña que aseguré haber alquilado aquí cuando me vio el moratón oscuro del brazo en el hostal El Cabo.

Y si lo hizo, no sé qué más podría haberle contado.

Abro la boca… ¿para decir qué? No lo sé. Sin embargo, Yates se me adelanta.

—Bueno, suerte con el resto de la búsqueda de hoy, hijo. Luego me pasaré a ver cómo vas.

Me giro. Muestra la sonrisa paternalista que suele ostentar, tanto que le ha dejado unas arrugas sutiles en la piel, pero no le llega a los ojos. Me tiende una mano y la acepto.

—Gracias por pasarte —dice—. Y saluda a Harper de mi parte. A veces me preocupa que esté con Arthur… Cuántas responsabilidades se echa la pobre encima teniendo en cuenta cuál es el diagnóstico. Y su pasado.

Sacude la cabeza y me libera la mano. Frunzo el ceño. Un pinchazo de un nuevo miedo se me clava en el corazón.

—¿Qué quiere decir? —pregunto—. No pensará en serio que es La Pluma, como piensan todos esos investigadores aficionados, ¿verdad?

El sheriff suelta una risita sacudiendo la cabeza.

—No, no. No creo que sea La Pluma. —Se acerca un paso.

Se inclina un poco. Hay una chispa en sus ojos que no es capaz de ocultar, el destello de un cazador oliendo a una presa a lo lejos.

El temor de antes me vuelve a clavar las garras, la sospecha de que este hombre sea más de lo que parece.

Y mis miedos no hacen más que aumentar cuando añade—: Pero la muerte de su esposa, por otro lado…

Bueno, eso fue algo que nunca pude demostrar.

Una nueva ronda de preguntas me empieza a dar vueltas en la cabeza. ¿Qué hizo Arthur? ¿Harper lo sabe? No tiene pinta de que ella… Arthur conoce sus secretos más fundamentales, ¿por qué no iba a saber ella los suyos? Y si lo sabe, ¿por qué no me lo ha contado?

Tenso los puños a los lados del cuerpo.

—Una historia que ya te contaré otro día, chico —zanja Yates.

Hay un extraño brillo de triunfo en sus ojos antes de que me dé unas palmaditas en el brazo—.

No es nada de lo que tengas que preocuparte, solo una teoría que es mejor dejar en el pasado.

Y Harper sabe cuidar de sí misma. Que tengas un buen día.

El hombre echa a andar hacia su despacho. Y con una sonrisa falsa que no llega a ver, me doy media vuelta y cruzo las puertas para salir al sol.

Tiene razón. Tal vez sea mejor dejarlo en el pasado.

Pero en Cabo Masacre nada permanece enterrado durante mucho tiempo.