Temporada de cosecha (Masacre 2) GERMINAR
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Nolan

Hasta que no aparco el coche delante de la comisaría de Cabo Masacre no me entra el pánico de verdad.

Seguro que cualquier persona razonable se largaría del pueblo echando leches e intentaría huir a una isla perdida en la otra punta del mundo y no se volvería a saber nada de ella.

Por lo visto, yo no soy ese tipo de persona, porque al coro de mi monólogo interior no parece importarle una mierda la supervivencia.

«¿Y si Yates ha descubierto pruebas de los delitos de Harper?».

«¿Y si ha encajado las piezas de dónde se encontraba Arthur cuando mató a Evanston?».

«¿Y si alguien escuchó los gritos amortiguados de McMillan? ¿O ha informado a la policía de lo extraño que es que se use tanto una trituradora de madera?».

«¿Y si los Buscasabuesos han rastreado su verdadera identidad y han informado a las autoridades?».

«¿Y si se me pasó algo por alto en las pertenencias de Sam y Vinny que pueda guiar a Yates hasta Harper?».

La respuesta a estas preguntas y sus repercusiones me dan vueltas en la cabeza cuando entro al aire acondicionado de la comisaría.

—¿Señor Rhodes? —saluda el agente de recepción al detenerme delante de su escritorio. Intento no parecer culpable cuando asiento—. El sheriff Yates estará con usted en un momento. Está terminando de hablar con alguien en su despacho. Puede sentarse.

Pues vaya mierda. Eso no me tranquiliza en absoluto sobre que esto solo sea una visita de cortesía.

El agente señala las sillas de plástico marrón que hay en el vestíbulo a lo largo de las ventanas y murmuro un gracias antes de tomar asiento.

El sonido amortiguado de la voz autoritaria al mismo tiempo que amigable de Yates se cuela por la puerta cerrada de su despacho y otro subidón de miedo me inunda las venas de adrenalina.

Dejo caer la cabeza y me miro los dedos entrelazados con los brazos apoyados en las piernas.

¿Cómo cojones he acabado aquí? Puede que la primera vez que vine a la comisaría me echara la bronca a mí mismo por pensar con la polla.

Pero esta vez sé la verdad. No es mi polla lo que motiva mis acciones imprudentes.

Es mi corazón. Y eso es peor, joder. No hay forma de detenerlo ni de convencerlo para que entre en razón.

Estoy mirando la puerta del despacho del sheriff cuando delante de él sale una mujer con los ojos hinchados y un pañuelo. Sé que ahora es cuando más necesito a mi mente racional.

—Ah, Rhodes —dice Yates mientras los ojos enrojecidos de la mujer me observan. Sé que le está poniendo cara a un nombre que ya conoce—. Gracias por venir. Entra al despacho y enseguida estaré contigo, hijo.

—Por supuesto, señor —digo y saludo con la cabeza a la mujer al pasar. No me devuelve el gesto; tiene la mirada vacía del sufrimiento.

—Te agradezco mucho que hayas venido, Emma.

Sé que es un momento difícil, perder a tu amigo Charlie de ese modo, y puedo asegurarte de que estaremos aquí para responder a cualquier pregunta que tengas —dice Yates.

Miro hacia atrás y veo que le pasa una tarjeta de visita—.

Este es mi teléfono. No dudes en llamarme cuando lo necesites.

—Gracias —contesta ella con una voz débil.

Me quedo junto a la puerta del despacho y la veo alejarse; el sheriff solo se vuelve para mirarme una vez que la mujer desaparece. Suelta un silbido bajo.

—Menudo diita. Y ni siquiera es mediodía. —Me pone la mano en la espalda y señala el escritorio con la cabeza—. Adelante. Vamos a charlar un poquito.

Me trago otro nudo de miedo y me centro en mi destino: la misma silla en la que me senté la primera vez que vine a la comisaría. El asiento sigue caliente por la mujer que se acaba de ir. Yates se sienta frente de mí, se da unas palmaditas en el brazo que todavía lleva en cabestrillo.

—Estoy harto de tener que escribir todos esos informes con una sola mano, te lo juro.

Le dedico una leve sonrisa. «Qué comentario tan raro cuando hay gente muriendo», quiero decir, pero me callo.

—Claro —es lo único que consigo decir.

—Lo bueno es que ya estamos cerrando la investigación del homicidio del señor Porter y el señor Meschino.

—Yates se centra en la pantalla del ordenador—.

Los resultados del laboratorio han confirmado que la sangre que había en el aparcamiento del hostal era la de Meschino.

Parece que empezaron la refriega ahí y acabaron en la destilería.

—Me mira y suelta un suspiro hondo—. Al menos es probable que la prensa se tranquilice dentro de poco. Enseguida se cansarán de la búsqueda.

Asiento, pero no puedo decir que me sienta mucho más cómodo sentado aquí ahora que hace unos segundos.

—Eso estaría bien.

—También tengo los resultados de las pruebas que encontramos en el coche de Porter —continúa sin apartar los ojos de la pantalla del ordenador mientras hace clic con el ratón unas cuantas veces.

La alarma constante del nombre de Harper brama aún más fuerte en mi mente conforme Yates lee por encima los datos que tiene delante—.

Palo santo en el quemador de incienso. Un pelo rubio, aunque no era de Sam y no encaja con los registros del estado de Maine.

¿Te suena algo de todo esto, teniendo en cuenta que tenías cierta cercanía con el señor Porter?

—No, señor.

Yates suspira.

—Eso me parecía a mí. —Cuando ladeo la cabeza intentando averiguar si eso ha sido una pulla velada, él me lanza una sonrisa débil—. Por lo visto, Porter era de esos que no le decían a su mano derecha lo que hacía con la izquierda. Por desgracia.

—Sí… Yo le pregunté un par de cosillas sobre el documental en el que estaba trabajando, pero parecía reticente a divulgar demasiado. Algo sobre un asesino en serie famoso. La Tuna… La Bruma… La Algo…

Un destello de algo siniestro parece iluminarse en los ojos camaleónicos de Yates antes de desaparecer tras una mirada dura.

—La Pluma. Un prolífico y talentoso asesino en serie cuyo último asesinato conocido tuvo lugar aquí mismo, en Cabo Masacre, hace casi treinta años.

Y luego desapareció sin más. Desde entonces, tiene loquitos a la gente como los Buscasabuesos.

—Vuelve a centrarse en el ordenador y hace clic con el ratón—.

Bueno, sean lo que sean esas pruebas del coche del señor Porter, no estoy seguro de cómo se relacionan con un caso frío. Todavía.

La última palabra de Yates se queda colgando en la estancia como un eco amenazante mientras él sigue revisando archivos.

Podría ser el pelo de Harper. Podría ser de Adam.

Podría ser algo que Yates conecte con el pasado del que ella ha intentado escapar con tanto esfuerzo si la cosa escala a nivel federal.

Y su expresión estoica no me indica qué podría estar planeando hacer o si mis miedos son fundados.

—Bueno, en cualquier caso —dice Yates rompiendo mi torbellino de pánico cuando se apoya en la silla—, ¿cómo va la búsqueda?

Suelto un largo suspiro, un hilo de alivio que se me cuela en las venas con el cambio de tema y la expresión de Yates, que de repente parece cansado de hablar de Sam Porter.

—No le sabría decir, sinceramente. Hay tantos desaparecidos y tantos lugares potenciales en los que buscar que hay demasiadas piezas móviles.

—Yates asiente, como si eso fuera lo que esperaba—.

Pero los voluntarios son geniales. Son muy dedicados…

Estoy seguro de que es cuestión de tiempo que aparezca algo.

En uno o dos días como máximo, alguien debería encontrar la camisa de McMillan junto a las rocas, ahora que he enviado a las partidas de búsqueda en esa dirección.

—Me alegro de oírte decir eso —responde Yates—. ¿Va todo bien en el hostal El Cabo?

Me encojo de hombros.

—Supongo que sí, ¿por qué?

—Daryl Winkle te vio alejándote con el coche del hostal poco después de que nos llamaran porque había un cuerpo en el mar. Dijo que ibas empapado.

«Puto Winkle».

Siento que me acaban de aporrear con una maza.

Winkle no puede haberme visto lanzar a Charlie por el precipicio, porque si no ya estaría esposado, eso lo tengo claro.

Pero debe de haber estado cerca y por dentro me recrimino por ser tan impulsivo, pues el subidón de paz que me ha dado el asesinato se ha desvanecido hace mucho.

Ni siquiera sé qué cara tiene ese cabrón de Winkle; tengo que averiguarlo para poder darle un puñetazo en toda la jeta.

—Bueno, llevaría el pelo mojado —respondo; esa efímera e ingenua sensación de alivio se evapora mientras busco una explicación plausible—. He vuelto al hostal a darme una ducha para no despertar a Harper. Su caldera hace un ruido atroz.

Tomo nota mental de comprarle un calentador que no necesita para nada solo para cubrir mis huellas.

—Qué raro —dice Yates, abriendo una carpeta de manila de la que saca una nota. Levanta el borde del papel para que no pueda leerlo desde el otro lado del escritorio—. Irene ha dicho que esta mañana no te ha visto en el hostal.

Una bruma de sudor me cae por la nuca y resisto las ganas de secármelo.

—Yo tampoco la he visto, pero la he oído en la cocina. Trabaja bastante duro.

Yates asiente, le da la vuelta a la nota antes de revisar otros papeles.

—Eso está claro que sí. —Levanta los ojos para clavarlos en los míos como espinas—. ¿Has visto a alguien más esta mañana? ¿Tal vez a algún otro huésped?

El escrutinio de Yates parece demasiado mordaz para alguien que supuestamente está cansado de las responsabilidades que implica su cargo, así que controlo todas mis microexpresiones faciales: apretar los labios, fruncir las cejas un poquito, apartar la mirada hacia arriba y hacia la izquierda, hacia los paneles moteados del techo.

—No que yo recuerde. Era bastante temprano y he entrado y salido muy rápido. He oído algunas voces en la habitación de al lado, pero no lo suficientemente altas como para identificar una conversación en concreto. —Vuelvo a mirar a Yates y me encojo de hombros—. Lo siento.