Temporada de cosecha (Masacre 2) RELIQUIA #4
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RELIQUIA #4

Nolan sigue con el teléfono levantado mientras yo me tomo un segundo para respirar y digo:

—Ey, sheriff, ¿puedo ayudar en algo?

—Tengo que hacerte una petición bastante extraña.

—¿Ah? —respondo; Nolan me mete los dedos en el culo con embestidas aún más fuertes. Cuando me vuelven a flaquear las caricias sobre el clítoris, me pone el teléfono en la mano libre y me releva. Es una batalla evitar que se me escape un jadeo—. ¿De qué se trata? —consigo decir. A duras penas.

—Me preguntaba si no te importaría pasarte por mi casa una noche de estas para hacer una barbacoa.

Maxine está… Bueno, le está costando un poco volver a hacerse a Masacre.

Muchos de sus amigos de la infancia se han ido y los que todavía siguen aquí tienen una vida diferente.

Ya sabes cómo son estas cosas. Puede llevar un tiempo acostumbrarse.

Mencionó que te había conocido el otro día y supongo que me estaba planteando…

—Yates no termina la frase y suelta una risita—.

Parece que estoy organizando una quedada de juegos.

Sois dos mujeres adultas. Estoy seguro de que os veréis por el pueblo.

A veces resulta difícil dejar de ser padre; olvídate de lo que he dicho…

—No me supone ningún problema. —Me cuesta pronunciar la frase, pues estoy reprimiendo un orgasmo que se me acumula en lo más profundo de mi centro—. Me encantaría pasarme por ahí. Dígame fecha y si hace falta que lleve algo.

—Eso es genial. A ver si me entero de qué horarios tiene y te digo. Y puedes venir tal cual, no es necesario que traigas nada. Te lo agradezco, Harper. Que tengas un día estupendo.

Mascullo un adiós a medias y cuelgo la llamada justo cuando Nolan se lanza a reclamar mis labios con otro beso brutal.

Me arrebata todo lo que me queda dentro.

El aire de los pulmones. Los pensamientos de la cabeza.

El control de mi cuerpo. Se lo lleva todo y me deja con un único miedo.

«¿Y si la necesidad obsesiva de Nolan de consumir mi cuerpo y mi alma eclipsa su pensamiento racional… o acaso ya está pasando?».

Empujo esa pregunta a algún lugar remoto de mi mente, ya le daré vueltas en otro momento.

Y cuando me desmorono viendo los destellos de las estrellas, cierro los ojos con fuerza; mi gemido se pierde en los labios de Nolan.

Cuando las réplicas del orgasmo disminuyen, por fin sale.

Apenas me reconozco a mí misma en mi propio cuerpo.

Soy un amasijo de sudor y músculos temblorosos y pensamientos fracturados.

Y de repente me preocupa haberme obsesionado tantísimo con Nolan como él conmigo.

Porque la ausencia de miedo que he visto en sus ojos hace un rato no me hace querer huir o esconderme. Ha sido embriagadora.

—Supongo que más me vale que me vaya —dice Nolan.

Va hacia el viejo fregadero, se lava las manos en el agua sucia que escupe y luego se las seca con un trapo.

Cuando termina, se ocupa de mí; me limpia con un paquete de pañuelos que se saca del bolsillo, me besa el cuello para aplacar el mordisco que me ha dejado marca, con cuidado me coloca en el suelo y me ayuda a vestirme.

Me coge el móvil para pedirse uno nuevo y a continuación me dedica una sonrisa, el primer atisbo de preocupación asoma a sus ojos.

—Todo va a salir bien, ¿vale?

Asiento, pero no puedo obligarme a poner cara de que no pasa nada.

—Vale —es lo único que consigo decir—. Nos vemos esta noche, ¿no?

—Por supuesto.

Tras darme un último beso, se da la vuelta y sale del granero. Espero, me acerco al escritorio que hay debajo de la ventana y me agarro al borde mientras veo a Nolan cruzar el campo para ir a buscar a Selma Dayton.

Una vez desaparece, dejo caer la cabeza. Cierro los ojos. Juraría que todavía lo siento ahí fuera. Como si fuera capaz de encontrarlo incluso en la oscuridad. Ya no estoy segura de dónde empieza él y dónde acabo yo, como si esa línea estuviera emborronada y no pudiera dibujarse de nuevo.

Un largo suspiro se me escapa de los pulmones.

Cuando abro los ojos, los papeles del escritorio se sacuden bajo las últimas corrientes de mi exhalación.

La llamada de Yates. El asesinato de Nolan.

Incluso la volatilidad que muestra Arthur últimamente.

Todo parece diferente a como se suponía que tenía que ser.

Mi pequeño mundo aquí en Cabo Masacre se ha inclinado sobre su propio eje.

Es como si la fuerza gravitatoria de una estrella oculta me estuviera atrayendo a su órbita.

¿Acaso seré capaz de librarme de su atracción? ¿O es que el choque es inevitable?

Me detengo, le doy vueltas a esa espiral de miedos antes de marcharme del granero al fin y cerrar detrás de mí.

Sin embargo, hasta más tarde esa misma noche no me doy cuenta de que faltaba algo en todas esas preguntas que giraban sin respuesta. Y no estoy segura de si es un truco de mi memoria o si de verdad es cierto.

Cuando abrí los ojos, los papeles del escritorio se sacudieron.

Pero el almanaque había desaparecido.