RELIQUIA #3
—Primero haz que me corra una vez y a lo mejor me planteo la segunda —digo apoyando la cabeza en la pared de atrás y dejando que se me cierren los párpados.
El gruñido que llena la estancia me hace esbozar una sonrisa. Ahogo un grito cuando me rodea el pezón con la boca y juguetea con la barra de metal y la lengua. Sigo teniéndolo un poco sensible, un pellizco de dolor. Y me encanta.
—Qué buena chica eres —susurra contra mi piel. Me recorre el pecho con un lametón largo y lento, luego juega con la barra del otro pezón—. ¿Crees que te mereces correrte dos veces?
—Considera que es tu penitencia por asesinar y divertirte sin mí —respondo metiéndole la mano por el pelo y sujetándolo de la nuca para retenerlo contra la teta.
Suelta un gruñido de aprobación contra mi carne. Me folla más fuerte. Mueve los dedos más rápido. El orgasmo se acerca poco a poco, mi control se va deshilachando mientras trato de aferrarme al placer creciente.
—Y deja de intentar darme celos.
Otro de los gemidos de Nolan retumba contra mi pecho y tomo nota mental de darle la vuelta a la tortilla y empezar a darle más órdenes, porque creo que le ha gustado esa orden de nada, por lo que sea.
Sus embestidas se vuelven un castigo, incluso desesperadas.
Me succiona el pezón con fuerza. Me toco el clítoris con más intensidad, con un movimiento más febril.
Le ruego que no pare, ya que cada nervio de mi cuerpo se prende fuego y se desmorona en un estallido de placer segador.
Nolan suaviza el ritmo, pero no se detiene, mantiene la cadencia justa para arrancarme el orgasmo. Cuando intento apartar los dedos del clítoris demasiado sensible, él me los pone de nuevo en su sitio y me mira a los ojos.
—Teníamos un trato —dice apretando los dientes mientras me penetra más hondo.
Tiene escrito en la cara cuánto le está costando contenerse.
La desesperación del orgasmo que no ha liberado acecha tras las cejas gachas, tras la mandíbula tensa.
Pero se toma su tiempo para traerme de vuelta.
Adopta un nuevo ritmo. Tiembla bajo mi tacto cuando recorro el mapa de sus cicatrices.
Susurra pensamientos oscuros. Exigencias peligrosas. Promesas depravadas.
—Harper, eres guapísima, joder. Eres lo único en lo que pienso, todas las noches y todos los putos días. Me consumes, maldita sea —dice; su voz áspera se me clava en la mente, que se desmorona—. Quiero hacerte sufrir por lo que me has hecho.
Embiste con la polla. El movimiento de sus dedos.
Mis propias caricias circulares. El ritmo y la presión se intensifican.
La desesperación sin sentido toma el control.
Y solo una idea clara permanece: tiene razón.
Encajamos a la perfección el uno con el otro.
Está hecho para mí, igual que yo estoy hecha para él.
Ya era consciente de que no había nadie, ni en la tierra ni en el infierno, como Nolan Rhodes.
Pero es la primera vez que caigo en la cuenta de que no puedo mantenerlo alejado de mi ser.
Porque ya está aquí, enraizado en esta oscuridad sin luz.
Me corro con intensidad, mirando hacia abajo justo como él quería.
Se introduce todo lo dentro que se lo permito, llenándome con su semen.
Yo observo cada embestida. Disfruto de cada caricia.
Me deleito con cada cántico susurrado de mi nombre y cada vez que desliza con suavidad la punta de los dedos por mi piel cubierta de sudor.
—Creía que ya habíamos cumplido el trato —dice Nolan cuando echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos para recuperar el aliento.
Al abrirlos de nuevo, él baja la mirada a donde estamos unidos. Con unos movimientos lentos y largos de la polla, se retira, pero sigue con los dedos metidos en mi culo. Un segundo después, atrapa el semen que me gotea del coño y lo mete dentro.
—La próxima vez, lo aceptarás todo.
Otro estallido de necesidad ya está floreciendo en mi pecho mientras me folla el culo despacio con los dedos para meterme el semen. Ha vuelto a guiarme la mano al clítoris cuando mi móvil suena a mi lado en el mostrador.
—Responde —me ordena cuando frunzo al ceño al ver el «Contacto desconocido» que aparece en pantalla—. Eso no significa que yo vaya a parar. Y tú tampoco.
Trago saliva y asiento; luego deslizo el dedo por la pantalla para aceptar la llamada.
—¿Diga?
—Hola, Harper —saluda el sheriff Yates con su tono afable de siempre—. ¿Te lo estás pasando bien?
Arrugo el entrecejo. Miro a mi alrededor, como si pudiera estar acechando en las sombras del pequeño edificio.
—Eeeh… ¿Perdona?
El sheriff Yates se ríe.
—Con Lukas. Irene mencionó que ibas a ayudarlo a organizarlo todo para la gran inauguración de la semana que viene.
He supuesto que estarías catando ese reserva Lancaster que recuperó del almacén, según Irene.
—Suelta un silbido bajo al otro lado del teléfono—.
Tampoco te culparía… Me han dicho que es maravilloso.
—Cierto… Supongo que lo tendré en mente la próxima vez que Lukas se queje de lo lento que es el proceso. —Contengo un gemido cuando Nolan se desliza más adentro, como si estuviera un tanto celoso, pero se negara a admitirlo—. ¿Puedo ayudarle en algo?
—En realidad busco al señor Rhodes. Me han dicho que ha ido a ver cómo iba la partida de búsqueda de la destilería, pero no me contesta al teléfono.
—Claro. Lo he visto hace un rato.
Miro a Nolan a los ojos para transmitirle en silencio que la llamada es para él; sin embargo, no le importa una mierda.
Me mete los dedos con una embestida más dura para trasladarme su propio mensaje: «Mira abajo».
Vuelvo a centrarme en el movimiento de su mano y de la mía mientras sigo dibujándome círculos sobre el clítoris.
—Espere un segundo, que voy a buscarlo.
—Eres un encanto —dice Yates—. Gracias, Harper.
Aprieto la mandíbula al separarme el teléfono de la oreja, pero no silencio la llamada por si al sheriff le parece sospechoso.
Aparto la atención de mi cuerpo el tiempo suficiente para dibujar con los labios las palabras «sheriff Yates».
A Nolan se le oscurece la mirada; apenas asiente una vez, sin cambiar en absoluto el ritmo de sus embestidas o la atención plena que me dedica.
Cuando parece que ha pasado el tiempo necesario, le paso el teléfono, consigo controlar la voz lo mínimo para decirle una frase de mierda sobre que el sheriff Yates quiere hablar con él.
—Nolan al habla. —Pone el altavoz mientras me mete otro hilillo de semen en el culo. Me atraganto con un gimoteo—. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Hola, hijo. Espero no interrumpir lo que estés haciendo en la destilería —responde Yates.
—No se preocupe, en absoluto. Para nada.
Empiezo a bajar el ritmo de las caricias en el clítoris y Nolan me lanza una mirada asesina en respuesta. Se convierte en una sonrisa perversa cuando reanudo mis esfuerzos.
—¿Le ha pasado algo a tu móvil? He intentado llamarte.
—Sí, se me ha caído. Ahora mismo pido uno nuevo. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?
—Eso me temo. Lamento mucho ocupar tus vacaciones con esto —dice, aunque no estoy segura de cuánto entiende Nolan, ya que me mete la lengua en la boca con un beso abrasador—.
El caso es que, si no te importa asegurarte de que Selma tiene todo bajo control con el equipo de la destilería, me gustaría que te pasaras por la comisaría. Tengo unas cuantas preguntas para ti.
Nuestro beso se rompe. Tengo a Nolan tan cerca que podría contar todos los tonos de verde y marrón que hay en sus iris. Pero no distingo miedo en sus ojos. No lo siento en su tacto, sigue sin bajar el ritmo.
—Por supuesto —afirma—. Estaré ahí en cuanto pueda.
—Tómate tu tiempo, hijo. Oye, si Harper todavía está por ahí, ¿te importa pasarle el teléfono, por favor?
—Lo haré. Hasta luego.