Temporada de cosecha (Masacre 2) RELIQUIA #2
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RELIQUIA #2

—Ya, bueno. Era la oportunidad perfecta para que pareciera un accidente.

No podía desaprovecharla. —Se acerca un paso, un cazador aproximándose a una presa herida—.

Además, no me planteé que te diera pena la desaparición de otro Buscasabuesos de este mundo de mierda.

Y estoy seguro de que así el resto estarán entretenidos.

—Ha sido un puto riesgo. Sobre todo ahora —digo.

—Parece que tal vez estás un poquito celosa —contraataca. Lo miro fijamente; me arden las mejillas y la expresión chulesca con la que me observa no hace más que iluminarse—. Creía que habíamos dejado claro que me gusta cuando te pones celosa.

Por lo general, me mantengo en mi sitio con Nolan, incluso cuando se me acerca poco a poco con esa intensidad asesina escrita en la cara. Pero, en esta ocasión, doy un paso atrás. En cuanto lo hago, una chispa famélica prende en sus ojos.

—Te podrías haber hecho daño. Te podrían haber visto.

Él ladea la cabeza; frunce el ceño, aunque sigue sonriendo.

—Creía que te alegraría. Normalmente eres tú la impetuosa… Pensaba que te gustaría lo que estás provocando en mí.

—¿Que yo soy la impetuosa? —Doy otro paso atrás y Nolan da uno al frente—. ¿Cómo te fue matando a Jake Hornell, por cierto? Algo me dice que no te pasaste una hora planeándolo.

Nolan sonríe, como si mencionar el asesinato le trajera buenos recuerdos.

—Tienes razón, no lo planeé. Y fue satisfactorio que te cagas.

Retrocedo otro paso en las sombras y él vuelve a seguirme, replicando cada uno de mis movimientos.

No puedo decir que me arrepienta de los asesinatos que he cometido, sobre todo porque me parecían muy justos.

Muy merecidos. Pero Nolan me mira ahora como si a él le provocara euforia.

Como si le diera la vida. Como si se alimentara del miedo que siente en mí.

Y darme cuenta de ello es como si me clavaran un cuchillo…

A lo mejor no solo busca justicia o venganza; tal vez necesita saciar esa ansia que no hace más que aumentar con cada asesinato.

Y no estoy segura de qué dice eso de mí, pues no solo me parece aterrador, sino cautivador.

A Nolan se le ha borrado la sonrisa, dejando tras de sí calor y deseo y hambre, mientras yo apoyo la espalda en un mostrador que hay contra la pared. Él se agarra al borde de madera y me atrapa.

—Si tengo delante de las narices la oportunidad de alejarlos de ti, la voy a aprovechar, Harper. Y estoy más que dispuesto a romper todas las reglas para hacerlo.

Me mira los labios al tiempo que abre los suyos en un aliento irregular. Es la primera vez que comprendo hasta qué punto sería capaz de llegar por mí si se lo pidiera. O incluso sin que se lo pidiera. Cazaría a cualquiera. Mataría a cualquiera. Torturaría a cualquiera. Y lo disfrutaría.

—Tienes que follarme ahora mismo antes de que te dé una patada y salga corriendo como si la vida me fuera en ello —digo sin aliento.

Nolan encuentra mis muñecas y las sujeta con fuerza. Su atención inquebrantable, su diversión oscura, esos malditos hoyuelos arrogantes… Me está consumiendo y lo sabe.

—Qué mona, creyendo que puedes escaparte.

—Se acerca un poco más, hasta que marca con los labios un sendero a lo largo de todo mi cuello.

No es un beso, sino una caricia larga y lenta que consigue que un escalofrío me recorra toda la columna vertebral—.

A lo mejor algún día te dejo que salgas corriendo…

solo para poder perseguirte —me susurra al oído.

Me suelta las muñecas, me acaricia delicadamente el muslo con la punta de los dedos, bordeando la cadera para encontrar un hueco y meterse por debajo de la camiseta.

Ligero como una pluma, me hace cosquillas a lo largo de la cinturilla de los pantalones cortos, sube por el abdomen y recorre la parte inferior del sujetador.

Me baja la copa y me rodea el pezón, lo que provoca que un estallido de necesidad se me acumule en el vientre.

—No estoy seguro de por qué sigues con la ropa puesta si tan desesperada estás por que te folle —dice rozando la barra de titanio hasta la bolita del final.

—Entonces a lo mejor deberías quitármela. ¿O eso es algo que no está a tu altura ahora que has matado a un hombre que tal vez no se lo merecía?

Esta lengua tan afilada que tengo hace que me gane un mordisco aún más afiliado en el punto en que el pulso se me acelera en el cuello.

—Me gusta que lleves el pelo más corto. Fácil acceso —susurra Nolan, y calma el mordisco con un beso—. Pero voy a follarte hasta que esa boca tan sabionda que tienes solo pueda decir mi nombre.

Con un movimiento rápido, me quita la camiseta por la cabeza.

Apenas he soltado el aire cuando el sujetador también cae al suelo.

Me deshago de los zapatos dando patadas antes de que Nolan me levante el tiempo suficiente para bajarme los pantalones y las bragas y luego me vuelva a dejar donde estaba, con el culo en el borde de madera y las piernas abiertas.

Tengo escrita la evidencia de mi deseo en cada centímetro de piel: el coño reluciente, los pezones duros.

La carne de gallina que me recorre los brazos, el pulso acelerado en el cuello.

No podría esconder la necesidad desesperada que me provoca Nolan ni aunque quisiera.

Se lleva las manos por detrás de la cabeza y se quita la camiseta; luego la lanza a las sombras. Se suelta el cinturón. Se desabrocha los pantalones. Se baja los vaqueros y los calzoncillos. Se escupe en la mano y se sacude la polla con movimientos largos y lentos.

—¿Te doy miedo?

¿Me lo da? No estoy segura de que sea fácil responder a esa pregunta.

Me lo daba cuando apareció por Cabo Masacre.

Pero el peligro que acecha en su interior tiene algo que llama a la oscuridad que hay enterrada en mí.

El miedo y el deseo siempre han estado entrelazados cuando se trata de Nolan.

Sin embargo, el dolor físico no es lo que me acojona.

Él sabe cómo darme justo lo que anhelo y dónde están los límites.

Lo que temo es que podría romperme el alma en cachitos irreparables, tantos que la brea pegajosa de la violencia y la venganza no serían capaces de pegarlos de nuevo. Eso es lo que me aterra de Nolan Rhodes.

—A lo mejor me das miedo en el sentido que importa —confieso al fin.

—Pero un poquito de miedo sí que te gusta, ¿verdad?

Un poquito de dolor. —Coloca la punta de la polla en mi entrada y juguetea con uno de mis piercings; tira de él lo suficiente para que sienta un intenso estallido de ternura mientras me penetra—.

Te juro que me aprietas más cuando tienes miedo y te hago daño.

—Y yo te juro que la polla se te pone más dura cuando lo haces. —Mis palabras le pisan los talones a un gemido. La sonrisa de lado de Nolan se oscurece con un matiz perverso. Me clava los dedos en los muslos y me obliga a que me abra más ante el sonido de mi jadeo desesperado.

—Joder —sisea—. Mira abajo.

Hago lo que me pide. Apenas me ha metido la polla hasta la mitad. Al salir del todo, la suave piel rosa de su erección está cubierta de mi flujo. Soy incapaz de apartar la mirada cuando vuelve a penetrarme y esta vez se adentra más hondo.

—Estás hecha para mí, Harper. Igual que yo estoy hecho para ti. Mira cómo me tomas a la perfección.

Siento que se me derrite la piel; la electricidad me hace cosquillas. Los dos miramos cuando me agarra los muslos y me mantiene las piernas abiertas; luego se desliza para entrar todo lo que le permito. Cada embestida es tan lenta que agonizo. Cada roce me hace desear más.

—Quiero sentir hasta el último centímetro de ti —dice Nolan; su voz es tan suntuosa como el caramelo caliente.

Me suelta la pierna para deslizar la mano por mi flujo y después dibuja una línea sobre mis labios.

Me mete los dedos en la boca con un ademán posesivo—.

Voy a llenarte esta boquita tan bonita hasta que te atragantes.

Le succiono los dedos al tiempo que los saca. Va bajando por el centro de mi cuerpo con una caricia, deteniéndose para rodear una de las barras que me atraviesa los pezones antes de arrastrar los dedos hacia abajo y dibujar círculos por encima de mi clítoris.

—Llenarte este coño precioso hasta que grites mi nombre.

Gira con firmeza sobre mi clítoris mientras gimo, luego lleva la mano más allá de mi entrada, donde su polla se introduce despacio en mi interior, para apretar con cuidado los pliegues de mi culo.

—Llenar este agujero terso hasta que chorree mi semen.

Se me escapa de los pulmones una exhalación temblorosa cuando juega con la entrada; presiona, pero no empuja.

—Eso nunca lo he hecho —confieso.

Nolan me mira a los ojos y el ritmo perfecto de sus embestidas vacila por un instante. El hambre de sus pupilas es absoluta. Intenta tragárselo y a continuación dice:

—¿Te gustaría probarlo algún día?

Asiento. Con él quiero intentarlo todo. Quiero ver cuánto puedo soportar. Forzar todos los límites e ir más allá, y luego encontrar nuevos límites que superar.

Detiene los dedos en mi agujero con una presión firme. Asiento otra vez y, una respiración después, se desliza en mi interior. Es una sensación extraña; me gusta. Y mientras reanuda la cadencia de embestidas profundas, moviendo los dedos con suavidad al mismo ritmo, ya he decidido que quiero más.

—Te prepararemos. Para asegurarnos de que puedes tomarme —dice introduciendo un segundo dedo.

Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos con fuerza.

Me agarro a su hombro para no moverme del borde del mostrador y me acerco la otra mano al clítoris—.

Y luego voy a destrozar cada centímetro de ti hasta que seas mía, incluido este culito prieto. Ahora mira abajo y no cierres los ojos.

Joder, me encanta cuando se pone mandón. A veces me gustaría rebelarme. Otras, quiero obedecer. Y sé que a él le encantan ambas opciones, pero nada le satisface más que sentir que se ha ganado mi sumisión.