RELIQUIA
RELIQUIA
Harper
—Bueno… ¿has hablado con Max desde el otro día? —pregunto mientras coloco una etiqueta de precio en uno de los expositores de la destilería Lancaster.
La sala de catas todavía huele a pintura fresca y a madera; aún hay una fina capa de yeso que se empeña en agarrarse al suelo.
Pero también se nota el tufillo a desinfectante que entra por la puerta abierta.
Como la investigación de la escena del crimen concluyó anoche, Lukas tiene permiso para volver al edificio, así que esta mañana había que arrimar el hombro para que dentro de un par de semanas se pueda celebrar la inauguración previa a la apertura.
Ya es casi mediodía y un equipo de limpieza especial sigue frotando las manchas de sangre del suelo de cemento que hay junto a los alambiques.
—Parecía que tenía ganas de hablar.
No alzo la vista para ver la mirada con la que sé que Lukas me está taladrando la mejilla.
—No —responde—, no he sabido nada de ella.
—Qué pena. Creía que se me daba bien hacer de celestina. Pero a ti se te da fatal pilotar en solitario.
Le echo un vistazo de reojo mientras deja una caja de botellas a mi lado. Tiene el ceño fruncido y le tiembla un músculo de la mandíbula. Como no contesta a mis provocaciones, me vuelvo hacia él.
—¿Sabes? Tampoco es tan inesperado que se plante en Cabo Masacre. Después de todo, su familia vive aquí. No creerías de verdad que nunca te toparías con ella, ¿no?
Cuando levanta la cabeza y me mira, muestra una expresión de tormento. Intenta hacer como que está cabreado, pero le sale forzado.
—Lleva sin venir por aquí como… cinco años. Y antes de eso solo venía en Navidad. ¿Por qué crees que no salgo de la mansión entre Nochebuena y Año Nuevo?
—Creía que te flipaban muchísimo las pelis de Hallmark.
—¿A quién no le gustan? —masculla centrándose de nuevo en la caja. Un rubor adorable le sube a las mejillas, lo que consigue que la balanza de mi debate interno sobre si Lukas es virgen se incline hacia el sí.
—Mira —le pongo una mano en el brazo para que deje lo que está haciendo—, no sé lo que pasó entre vosotros, pero fue hace mucho tiempo.
Ahora sois personas diferentes. Parece maja y tú también eres muy majo…
por lo general, menos el otro día, que te comportaste como un capullo…
y ahora los dos estáis viviendo en Cabo Masacre.
Además, ya sabes cómo son las cosas por aquí cuando se acaba la temporada de turistas.
Os vais a ver a todas horas, te guste o no.
Así que, ¿por qué no hablas con ella? Tomaos un café en El Grano.
Haced un cadáver a medida. Deja que el agua pase para que podáis coexistir.
Lukas suelta un largo suspiro con los labios entreabiertos y deja caer la cabeza.
—Agh. A lo mejor tienes razón.
—Suelo tenerla —digo haciendo como que me sacudo el polvo de los hombros.
—Y odio cuando la tienes… Te vuelves una engreída de mierda.
—Gracias. —Hago una reverencia—. Es justo lo que pretendía. Deberías escribirle ahora mismo.
—Y tú deberías irte a que te follen.
—Ese es el espíritu.
Sonrío y le doy un puñetazo suave en el brazo, luego sigo con lo mío en el expositor.
—Hablando de follar —comenta Lukas—, he oído que ese tal Nolan está pasando mucho tiempo en tu casa.
Ahora me toca a mí sonrojarme. Contengo las ganas de mirar el móvil a ver si tengo algún mensaje del susodicho. Intento encogerme de hombros como si no me importara, pero estoy segura de que Lukas ve a través de mí.
—Sí. Por ahora. Sin embargo, toda su vida está en Tennessee, así que… no sé.
Aunque lo digo como si nada, me cala muy hondo en las cámaras del corazón. No puedo decir que no me haya imaginado ambas vidas: la que le espera en Tennessee y la que podríamos tener juntos aquí.
A Lukas se le iluminan los ojos con picardía, se endereza y dice:
—Existen los aviones.
—Eso me han contado.
—¿Vais en serio?
—¿Por qué quieres saberlo?
Sonríe, disfrutando hasta el último segundo de lo incómoda que estoy.
—No sé. Llevas muchísimo tiempo soltera.
Extiendo la mano.
—Hola, Cazo. Me llamo Sartén.
Él me la aparta de un manotazo y me río.
—Está bien, no me cuentes todas las novedades de tu relación.
Ya me las dirá Irene. Es solo que… —Me coge de la mano antes de que pueda dejarla caer a un lado.
Una puerta de coche se cierra en la distancia, pero no desvío los ojos de la mirada de emoción que me devuelve Lukas—.
Espero que se porte bien contigo, solo eso.
Eres la hermana que nunca tuve. El tío es intenso.
Parece de los que tienen el jardín lleno de cadáveres o algo así. Y lo digo literal.
Suelto una risotada. Lukas es tan increíblemente cegato que estoy segura de que no sabe hasta qué punto tiene razón, pero aun así siento que la adrenalina me recorre las venas.
—Vale, de acuerdo. —Entorno los ojos—. Tendré en cuenta tu consejo, Lancaster.
Tres golpes fuertes en la puerta de acero de recepción nos asuntan a los dos. Lukas me suelta la mano y vamos al vestíbulo, donde abre la puerta y se encuentra con la amenazante intensidad de Nolan Rhodes.
—Hola —es lo único que dice este mientras Lukas susurra «intenso» a mi lado para que solo pueda escucharlo yo.
—Ey —saludo y me saco el móvil del bolsillo para comprobar si me ha llamado o enviado algún mensaje, pero no hay nada. Cuando vuelvo a mirarlo a los ojos, en cierto modo, parece que ese borde castaño de sus iris verdes se ha vuelto más oscuro—. ¿Va todo bien?
Nolan saluda a Lukas con un breve asentimiento de cabeza antes de centrar esa atención de depredador en mí.
—Seguiré colocando las botellas. Tomaos vuestro tiempo —dice Lukas antes de cruzar el vestíbulo para volver a la sala de catas.
—¿Qué pasa? —pregunto enfrentándome a Nolan una vez más—. ¿Han encontrado algo?
Él suelta una carcajada, pero tiene un deje de locura. Cuando se pasa la mano por el pelo, noto el leve aroma del mar en el aire.
—¿Podemos hablar en algún lugar? ¿En privado…? En plan muy en privado.
—Eeeh, claro. Conozco un sitio.
Miro hacia atrás una última vez, acepto su mano y dejo que la puerta se cierre sin hacer ruido a mi espalda.
Me dirijo de camino al granero. El equipo de búsqueda ha vuelto otra vez a rastrear el terreno y, pese a que ya se han adentrado hacia el bosque que rodea la propiedad, he decidido que durante los próximos días me esforzaré por evitarlos…
Aunque me haya cortado el pelo, no estoy dispuesta a comprobar si eso logra que no me reconozca cualquier Buscasabuesos que pueda aparecer.
Y tampoco quiero arriesgarme a hablar con Nolan al aire libre cuando está claro que no es él mismo.
—¿Pasa algo malo?
Se le van los ojos hacia el bosque, donde los voluntarios gritan de vez en cuando el nombre de los desaparecidos.
—Te lo digo en un minuto.
—¿Por qué no me has escrito?
—Se me ha jodido el móvil —dice. Al interrogarlo con la mirada, se le oscurece la expresión.
—Cierto. Asumo que me lo contarás en un minuto —respondo, a lo que él asiente una sola vez. Ambos miramos a nuestro alrededor conforme nos acercamos a la puerta del granero, y Nolan monta guardia mientras abro el candado—. ¿Cómo me has encontrado?
—Tengo mis métodos. —Lo miro de soslayo y desmonto su farol; él entorna los ojos—. Está bien. Primero fui a tu casa y luego me colé en la mansión…
—Nolan —siseo empujando la puerta para entrar.
Está igual que lo dejé el otro día: sacos de cereales por el suelo, el escritorio con los papeles amarillentos, la película de polvo que cubre el cristal de las ventanas—, Arthur tiene dos cámaras de seguridad que casi nunca comprueba.
Pero como piense que le has robado los putos Christina Ricci y te vea colándote, te cortará los dedos y te los dará de comer.
—Genial. Ahora hablamos de eso. El caso es que no te encontré allí, así que pensé en preguntarle a Lukas. Y voilà.
Cierra la puerta a su espalda; nos encierra dentro de la caseta.
Las motas de polvo revolotean en el sol matutino que se cuela en la estancia y el olor a aire rancio trae consigo otro tufillo a mar cuando Nolan se me acerca un paso.
La intensidad que irradia parece vibrar a lo largo del hilo invisible que nos une.
Tiene pinta de querer follarme. O matarme.
Y no estoy segura de cuál de las dos opciones me pone más.
—Bueno —enderezo los hombros en un intento de recuperar el control frente al repentino deseo que se me arremolina en el vientre—, ¿qué narices pasa…?
—He matado a un Buscasabuesos —espeta; le brillan los ojos con un estallido de emoción que es incapaz de ocultar.
Parpadeo. Abro la boca. La cierro de nuevo. Respiro hondo y lo vuelvo a intentar.
—¿Que has… qué? ¿Has perdido la cabeza?
—Nadie me ha visto. Y ya creen que ha sido un accidente.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es lo que ha dicho Yates por la radio cuando ha avisado de que llegará tarde a la búsqueda. «Un turista idiota se ha acercado demasiado al acantilado y se ha caído al mar».
—Qué oportuno —digo cruzándome de brazos y entrecerrando los ojos—.
Y supongo que has sido tú quien lo ha empujado y se ha asegurado de que no salía a la superficie a respirar.
—Se encoge de hombros; no estoy segura de si me siento furiosa o tengo una envidia loquísima.
O ambas—. Fuiste tú quien dijo que se acabaron los asesinatos.
Nolan se rasca la barba incipiente y estoy convencida al noventa y nueve por ciento de que es un leve intento de esconder el hoyuelo que amenaza con revelar lo emocionado que está.
Y, si soy sincera conmigo misma, eso me asusta.
De repente, me preocupa que la presión de la búsqueda y la presencia constante de Yates hayan erosionado su fuerza de voluntad.
Pero ¿Nolan? Parece que a él no le inquieta.
Al menos por esa sonrisilla de lado que se le escapa.