FORRAJE #3
Cojo otro body de encaje negro solo para ver cuánto cubre, pero justo debajo hay una caja de joyería que me llama la atención.
Harper rara vez se pone joyas y se me ocurre que a lo mejor podría comprarle alguna si le gustan.
Entonces abro la caja y me doy cuenta del error que he cometido.
Saco un reloj de hombre roto, un TAG Heuer Autavia con la esfera rajada; las manecillas no se mueven y la fecha, el 25, apenas se ve a través del cristal partido.
Le doy la vuelta. «Por la aventura», dice la inscripción del dorso.
Debió de ser de Adam.
No son celos lo que me reconcome mientras guardo el reloj en la caja y la cubro con la lencería. Cuando cierro el cajón y me vuelvo hacia mi Harper durmiente, lo único que siento es que me duele el corazón. Sé que el dolor y la culpa todavía la atormentan. Y sé que siempre estarán ahí.
Me acerco a la cama en silencio y me arrodillo a su lado, oigo la respiración lenta y profunda que se le escapa de los labios entreabiertos. Luego le doy un beso suave en el pelo y salgo.
Los primeros rayos del amanecer cubren el suelo de la casa con una luz grisácea.
Preparo la cafetera para Harper. La imagen del maldito reloj todavía me atormenta cuando arranco una hoja de la libreta que hay al lado de la tostadora.
Empiezo a escribir, pero no estoy seguro de si es demasiado.
O no es suficiente. Sin embargo, me recuerda a ella.
Lo vi cuando salí del hospital. Es la composición musical escrita más antigua… se titula Epitafio de Sícilo. La letra se me quedó grabada y ahora me recuerda a ti:
Mientras vivas, brilla,
no temas nada en absoluto.
Que la vida dura poco,
y el tiempo exige el final.
Doblo la nota por la mitad, luego cojo mi equipo y me voy.
Pero mi día no empieza en la búsqueda. Mi día arranca en el hostal El Cabo.
Aparco en mi plaza favorita y me detengo un rato a contemplar el mar que se extiende más allá de los acantilados, como siempre. Cuando llegué, mi sangre revivió solo de pensar en llevar la venganza a la puerta de Harper. Y ahora la necesidad de protegerla me consume.
Bajo del vehículo y voy hacia recepción.
Apenas son las cinco y media de la mañana cuando entro y, tal y como esperaba, Irene no está en el mostrador.
Se encuentra en la cocina, empezando a preparar el desayuno para los huéspedes que probablemente todavía estén durmiendo.
Aprovecho la oportunidad para deslizarme detrás del mostrador y abro el libro de reservas para comprobar quiénes han llegado últimamente.
Charlie Abbott + dos huéspedes (Emma, Tylor)
Harper tenía razón… Se van dentro de una semana. Y están los tres en la habitación 116, la suite que está al lado de la mía.
Justo lo que necesito, joder… que Irene les cuente que piloté el dron para ayudar al querido líder de su secta.
Casi la estoy escuchando ahora mismo. «¿Sabíais que el señor Rhodes fue con Sam a grabar para su documental?
Nolan es especialista en búsqueda y rescate.
¡Antes del accidente era bombero! Su número de la Seguridad Social es… ».
—Dios —siseo cerrando el libro.
Ladeo la cabeza, disfruto del pop que hacen las vértebras para soltar la tensión.
Ayuda, pero no es suficiente. Lo que dijo ayer Harper resuena en mi cabeza: «A lo mejor lo que necesito son cosas que no debería tener».
Tal vez tiene razón, porque lo que de verdad necesito es matar a los huéspedes de la habitación 116 y pintar las paredes con su puta sangre.
Estoy bastante seguro de que solo así conseguiré dormir en paz esta noche.
Suspiro; me paso una mano por la cara. Estoy a punto de salir del mostrador de recepción para ir al centro de búsqueda y rescate cuando oigo dos voces que vienen por el pasillo.
—… y entonces iré a cambiarme. Tylor y yo podemos reunirnos contigo en el comedor —dice una mujer al tiempo que me oculto en las sombras de la oficina—. Estoy segura de que a Irene no le importará que estemos aquí de tranquis un ratito mientras esperamos a que esté el desayuno.
—Sí, me parece un buen plan. ¿Quién es el tío con el que dijo el sheriff Yates que teníamos que hablar para apuntarnos a la búsqueda?
—Rhodes —responde ella—. Nolan Rhodes.
La piel se me hiela cuando echo un vistacillo por la puerta. Un hombre con pantalones cargo y botas de senderismo y una mujer en pijama pasan por el vestíbulo, llevan mochilas. Y una de esas mochilas tiene un parche… un parche en el que pone «Los Buscasabuesos».
Son Emma y Charlie.
Entre los dos sujetan el asa de una nevera pesada.
Cruzan la puerta y salen al amanecer, y los pierdo de vista.
Deben de ser los nuevos voluntarios que Yates mencionó ayer.
No me pareció que le hiciera mucha gracia esta gente…
Al menos esa es la impresión que me dio aquella vez que me planté en su despacho con el poscolocón de las setas y un plan a medio cocer para proteger a la mujer que vine a matar.
Estoy seguro de que aún le caen peor después del encontronazo, porque todavía no se le haya curado la herida del brazo.
A lo mejor le han mentido y le han dicho que son unos visitantes con buenas intenciones y ganas de ayudar.
O quizá ha llegado a la conclusión de que no se meterán en sus asuntos si los entretiene con la búsqueda.
En cualquier caso, el resultado es el mismo.
Se acercan un paso más a nuestros secretos.
Y eso hace que yo solo piense una cosa: «Harper está en peligro».
Tengo los brazos apretados a los lados. El cuerpo me vibra de la tensión cuando la mujer regresa y cruza el vestíbulo sin levantar la vista del teléfono.
Una vez estoy seguro de que ya se encuentra en el pasillo, me deslizo fuera de la oficina, voy hacia la puerta y la cierro a mi espalda sin hacer ruido.
Me detengo justo delante del hostal. Inmóvil. Con los músculos rígidos. Observo al hombre que está más allá del aparcamiento, de pie en el borde del acantilado. Tiene el teléfono levantado. Le está haciendo una foto al amanecer.
Corro directo hacia él con paso ligero y casi sin hacer ruido.
El tiempo se detiene. Oye los pasos que doy contra el granito.
Baja el móvil y empieza a darse la vuelta.
Tiene una sonrisa en la cara, como si esperara a alguno de sus amigos.
Su expresión se transforma en confusión un segundo antes de que me abalance sobre él.
Y luego en miedo cuando nos tiro a los dos por el borde del acantilado.
Caemos juntos. Él grita. El impacto al golpear el agua me sacude todas las heridas del cuerpo que nunca se me llegaron a curar del todo. Pero la adrenalina eclipsa el dolor. Y el propósito.
El hombre patalea a mi espalda cuando nos sumergimos en el agua fría.
Intenta salir a la superficie y dejarme atrás en el ajetreo de la espuma, pero lo agarro por la garganta y nado hacia las profundidades.
El tío está en forma. Por desgracia para él, tarda un segundo de más en procesarlo todo: la incredulidad de que alguien lo haya tirado por el acantilado.
La percepción de que nos estoy arrastrando más adentro.
Darse cuenta de que lo voy a matar. Esos breves retrasos se van apilando y me dan ventaja.
Cuando quiere empezar a defenderse de verdad, ya casi ha perdido.
Intenta darme puñetazos. Patadas. Gritar.
Un torrente de burbujas se le escapa de la boca, el agua ahoga sus súplicas aterradas.
Pero yo mantengo la calma, conservo el aire.
Le aprieto la garganta con más fuerza y me centro en mi destino…
: la nada negra que se cierne bajo nosotros.
Y no me detengo, al menos no hasta que siento el primer espasmo de su cuerpo y la debilidad de sus miembros.
Observo su rostro mientras el final se apodera de él.
Es igual que aquel día con Harper: el modo en que el terror se disuelve y la biología reemplaza a la emoción.
Los rasgos se le suavizan. Se le pierde la mirada.
El ritmo de las convulsiones del cuerpo se ralentiza, las últimas burbujas se arrastran de su boca hacia la superficie, más allá de donde alcanza su mano flácida.
Lo suelto cuando estoy seguro de que no es una treta.
Se lo lleva la corriente, suspendido en el profundo azul, y pataleo hacia la luz con el último rastro de oxígeno que me queda.
Salgo a la superficie cogiendo una gran bocanada de aire y miro hacia el horizonte, donde las nubes están pintadas de tonos amarillos y rosa pálido.
Aunque sé que no debería, y que a lo mejor he acabado con un peligro para resucitar otro, una sensación de calma me invade.
Sé que no durará mucho en este sitio. Aun así, la saboreo.
Todavía recuerdo cuando saqué a Harper del agua; el olor del mar hace que los recuerdos afloren a la superficie.
Me acuerdo del primer latido que dio bajo mi pulso cuando la resucité.
El alivio. El propósito que se apoderó de mí en ese momento y que nunca me abandonará.
Supe que haría cualquier cosa por que su corazón siguiera latiendo, para mantenerla a salvo de un mundo que parece querer que sufra.
Fui yo el que dijo que teníamos que dejar de matar, pero romperé todas las normas por ella. Incluso las mías.
Le echo un último vistazo al sol naciente que se alza por encima del agua negra, me doy la vuelta y nado hacia la orilla.