FORRAJE #2
—Si dijera «seguridad», debería marcharme de Cabo Masacre.
Si dijera «que mi pasado no me persiga», entonces debería enfrentarme a él de una vez.
Pero esas dos cosas significan romper las promesas que hice y eso no es algo que esté dispuesta a hacer.
Y si digo «te necesito a ti» —añade mirándome a los ojos en el reflejo—, me hago vulnerable, tengo algo que perder.
No soy lo bastante fuerte para obligarte a marcharte ni lo suficientemente valiente para pedirte que te quedes.
Así que a lo mejor lo que necesito son cosas que no debería tener.
Dejo el cepillo y divido en secciones el cabello a la altura de la nuca; el resto lo recojo en una cola. Cojo las tijeras y un mechón de pelo, luego hago el primer corte.
—He llamado a mi jefe. Le he contado lo de la búsqueda y le he dicho que es posible que se alargue más del 19 de julio, cuando se supone que tengo que reincorporarme al trabajo.
Le he pedido más tiempo para quedarme y ayudar y él ha accedido a que por ahora lo vayamos viendo semana a semana con Yates.
Y también he alargado la reserva del hostal, por si necesitas espacio.
Así que no me voy a ir a ninguna parte todavía.
Harper traga saliva.
—Todavía.
Seguimos con los ojos clavados en el espejo.
El caso es que, cuanto más tiempo paso aquí, más me cuesta imaginarme que tenía otra vida.
Un trabajo. Una casa. Tomando copas con los amigos, llamando a mi hermana, sudando en el gimnasio, conduciendo a casa de mis padres en el campo para cenar con ellos una vez al mes.
Visitando la tumba de Billy. Planeando la muerte de Harper Starling.
Tal vez haya enterrado la idea de vengarme de ella, pero ¿de verdad puedo tirar toda mi existencia por la borda a cambio de una nueva en Cabo Masacre?
¿Y es lo que ella querría? Es mía… lo sé hasta la médula.
No obstante, ¿cómo estarán las cosas en un par de semanas? ¿En un par de meses? ¿Dentro de un año?
Le deslizo las tijeras por el cuello y corto el siguiente mechón.
—Ya han llegado algunos Buscasabuesos —dice antes de que pueda comentar en voz alta lo de quedarme o marcharme—. He visto a tres en la tienda de Maya.
El metal afilado corta un mechón, las ondas caen a mis pies. Tres, me cago en la puta. Me trago un repentino ataque de furia y sigo cortando.
—¿Te han visto?
—No. Llevaba puesta la capucha y parece que solo tienen esa foto mía. Al menos por ahora.
—¿Dónde se alojan?
—Yo qué sé —dice—. Tenían pinta de gente con trabajo corporativo, así que supongo que en el hostal El Cabo. Pero, por lo que estaban hablando en la tienda, solo van a quedarse una semana. Me he quedado con sus nombres: Emma, Charlie y Tylor.
Gruño por lo bajo mientras sigo cortando.
Por un instante, fantaseo con la idea de clavarle estas mismas tijeras a alguien que no conozco en el ojo.
Tomo nota mental de comprobar el registro de huéspedes del hostal en cuanto pueda.
Estoy seguro de que es algo que a Harper le encantaría hacer, a juzgar por el suspiro de abatimiento que suelta.
—Así que supongo que estaré un par de días intentando no llamar mucho la atención —añade—, pero he pensado que debería tomar precauciones adicionales.
De ahí esta… situación. —Se pasa la mano alrededor de la cabeza dibujando un halo y yo corto el siguiente mechón, luego igualo las sutiles irregularidades de longitud de la primera sección de pelo—.
Imagino que, si van por el pueblo enseñando la dichosa foto, alguien acabará señalándome.
Así que he pensado que no sería tan malo no encajar con la foto a primera vista, en caso de que alguien venga a cotillear por aquí mientras estoy fuera.
—Es un buen plan —respondo apretándole el hombro.
La tensión de sus rasgos se suaviza en el reflejo, solo por un instante.
—Eso espero, aunque me inquieta que Arthur se confunda cuando me vea.
Baja la mirada al lavabo; la preocupación ha vuelto a los pliegues del entrecejo. Un cabreo familiar me sube al pecho, algo que no pasaría si el viejo no la tuviera aquí atrapada. Pero, antes de que pueda seguir esa espiral de pensamientos crueles, me dice:
—Por cierto, ¿dónde aprendiste a cortar el pelo?
—Tuve una novia que estudiaba estética. Supongo que me apunté algunos trucos mientras ella practicaba.
Una mirada de oscuridad absoluta le cruza los rasgos y me dan ganas de comérmela con patatas. Sus celos son como puta hierba gatera. Una grieta en su armadura y lo único que quiero es abrirla más y meterme dentro.
—Siempre había cabezas de maniquíes por casa —continúo.
—Ahora tiene mucho más sentido lo de la cabeza decapitada en el comedero para pájaros.
—Puede que en algún momento le hiciera un cambio de look a alguna cabeza. Una vez, Gisèle…
—¿Gisèle? —repite Harper girándose lo suficiente para mirarme mal con los ojos entrecerrados.
—Estoy intentando cortarte el pelo —digo moviéndole la cabeza para que mire al frente—. En fin, sí. Gisèle. Era francesa. Resulta que una vez estábamos los dos…
—Cierra la puta boca, Rhodes. —Se da la vuelta y se esfuerza por quitarme las tijeras. Las levanto para que no llegue, mi risa llena el pequeño espacio. Me clava una mirada mordaz en los pezones y juro que me arden—. Cabrón. Intentas ponerme celosa.
—No intento una mierda. Lo he conseguido. —Vuelvo a reírme cuando prueba a quitarme las tijeras por segunda vez. Suelta un gruñido de enfado que me resulta adorable—. No las toques. No he terminado de cortar.
—Claro que sí. Devuélvemelas… Ya lo hago yo. —Trata de coger las tijeras por tercera vez, pero yo ya la he atrapado por la cintura con el otro brazo y la pego contra mí—. Me juego el cuello a que ni siquiera se llamaba Gisèle. Seguro que era algo así como Karen o Lauren, joder.
La hago caminar hacia atrás hasta que la acorralo contra el lavabo y entierro la cara en la calidez de su cuello.
—Fue hace mucho tiempo. No te tiene que importar lo más mínimo —digo contra su piel—. Pero me gusta que te pongas celosa.
Le doy un beso en el pulso acelerado; la aprieto más por la cintura mientras se estremece. Me agarra los brazos de tal forma que da la sensación de que está haciendo algo más que sujetarse. En cierto modo siento que se está dejando llevar. A lo mejor me está permitiendo entrar.
—¿Por qué te gusta? —pregunta sin aliento cuando le vuelvo a besar el cuello.
—Quizá me viene bien para el ego.
—No creía que tuvieras ningún problema de ego, señor «Te encontraré en los confines más remotos del infierno».
Me aparto lo suficiente para envolverle la cara con las manos; las tijeras todavía me cuelgan de un dedo, son un borrón plateado que veo por el rabillo del ojo.
Pero toda mi atención está en sus pupilas, esos pozos de resiliencia y miedo, de fuerza y vulnerabilidad.
Antes creía que había estado enamorado. Cuando miro a Harper Starling, sé que me equivocaba.
—Todavía puedo encontrarte en los confines más remotos del infierno si lo necesitas —digo acariciándole la mejilla con el pulgar, apartando los pelillos cortados que se le han pegado a la piel.
Ella pone las manos encima de las mías. Se deja caer contra mi tacto.
—Ya estás en el infierno —dice.
Cuando tira de mí para darme un beso, creo que tal vez no soy la única persona que está enamorada.
A lo mejor solo necesita más tiempo para saber que esto es real.
Otra grieta en su armadura. Otra raja en el caparazón.
Pero no puedo obligar a esas fisuras a abrirse en su escudo.
Es ella quien tiene que romperlas para dejarme entrar.
Me acaricia la lengua con la suya una última vez, termino el morreo y le doy un beso en la punta de la nariz antes de girarla para que se quede de cara al espejo.
—Déjame acabar —susurro quitándole el coletero con cuidado para deshacer la coleta y liberar la siguiente sección de pelo.
Corte tras corte, se vuelve menos irregular, hasta que el resultado final parece que está hecho a propósito. Mi preciosa Harper; el desafío y la determinación le brillan en los ojos.
Nos pasamos el resto del día como lo pasaría una pareja normal.
Echamos un polvo en la ducha. Cocinamos juntos en la cocina.
Harper pone Sobreviviendo al amor en la tele y yo finjo que animo a todas las parejas que ella odia hasta que me salta encima y me obliga a confesar.
Va a ver cómo está Arthur mientras yo friego los platos y, cuando vuelve, nos vamos a la cama, abrazados el uno al otro.
A la mañana siguiente, me despierto antes que ella.
Ni se mueve cuando voy hacia la cómoda, donde me ha dejado espacio en cada cajón para mi ropa.
Saco un par de pantalones de trabajo grises que sé que le gustan, aunque no lo admita, y una camiseta de tejido técnico para soportar la humedad sofocante que hace en Maine a principios de verano.
Al abrir el cajón de la ropa interior, hay lencería nueva a un lado, todavía con la etiqueta de la boutique Luz de las Estrellas de la calle principal.
Un tanga de encaje morado con sujetador a juego.
Un body rojo de rejilla. La polla se me pone dura solo de imaginarme cómo le brillarán los piercings de los pezones bajo la tela fina.
Le echo un vistazo a la cama; duerme como un tronco, y tomo nota mental de hablar con ella sobre si la puedo despertar follando.
Dios, como le ponga, no me recuperaré en la vida.