FORRAJE
FORRAJE
Nolan
—Menudo corte te has hecho afeitándote, hijo —dice el sheriff cuando entra en la tienda de mando y mira fijamente la marca del cuello que me hizo anoche Harper con el cuchillo.
Me doy la vuelta y compruebo uno de los mapas.
—Cosas que pasan —respondo.
—Menudas cuchillas de afeitar hacen hoy en día… —Yates silba y se quita el sombrero para sacudirle la lluvia—. Dentro de nada harán esos chismes con diez cuchillas. La tuya tenía que ser extraancha; es un buen tajo.
—No, es solo por el modo en que la pasé, supongo.
En fin… —Intento dejar a un lado este escrutinio señalando un punto en la zona de búsqueda del lago Loon—.
La última vez que hablé con Bob, su grupo estaba a menos de medio kilómetro de esta escarpadura.
Teniendo en cuenta el tiempo que hace y lo que van a tardar en volver, creo que deberíamos abandonar por hoy.
No quiero que se les pase por alto algo crítico con el chaparrón.
Son solo las dos y media de la tarde, pero espero que un par de horas de aguacero borren las huellas que haya podido dejar esta mañana cuando he ido a visitar al equipo de búsqueda y luego me he acercado hasta la orilla oeste a colocar la camiseta de McMillan en un saliente rocoso cerca de la sección más profunda del lago.
Así mañana encontrarán las «pruebas» de que se ahogó borracho.
Solo quiero volver a casa y darme una puta ducha de agua caliente.
A ser posible con Harper. Aparte del breve intercambio de mensajes que hemos tenido esta mañana, no he hablado con ella y me está carcomiendo por dentro.
Como mínimo, podría estar revisando las notas del libro de scrapbooking, aprendiendo más sobre el enigma que vine a asesinar.
Y me pone furioso que todo el tiempo lo esté pasando aquí por culpa del sheriff Yates.
—Bueno, a lo mejor a la señora Evanston no le hace mucha gracia si todavía ronda por aquí…
Es bastante temprano para dejarlo por hoy —dice mientras mira su reloj—.
Pero quizá no te equivocas con lo del tiempo.
No queremos que nadie se resbale y se haga daño, sobre todo en los peñascos.
Las rocas son muy traicioneras cuando se mojan, así que tal vez lo mejor sea retirar al grupo que está en la orilla del agua.
—Lo haré. Y la señora Evanston ha vuelto al Airbnb.
—Bien. Esperaba no ver por aquí a esa pesadilla de perro. Qué raro cómo se comportó con Harper, ¿no?
Cierro la mano en un puño a un lado de mi cuerpo.
Hay algo insidioso en el modo en el que lo ha dejado caer, como si intentara que me comiera la cabeza.
Es posible que solo me lo esté imaginando; la obsesión que siento hacia ella me tiene la mente nublada.
Sin embargo, cada vez que este tío pronuncia su nombre, me entran ganas de abrirle la mandíbula y arrancarle la lengua.
Dios, sería tan satisfactorio pisotear ese pedazo de carne ensangrentado.
Me borro la sonrisa oscura de la cara antes de que esa idea enraíce.
—Supongo que tiene mano con los animales.
Yates suelta una risita y me da unas palmaditas en el hombro. No hay nada en su gesto que parezca correcto, como si hubiera un significado oculto en sus palabras:
—En eso no te equivocas.
Sonríe. Luego se va hacia la entrada de la tienda. Abro la boca, casi estoy a punto de preguntarle qué ha querido decir cuando ordena:
—Cancélala. Vete a descansar. Nos vemos mañana temprano… Tengo un par de voluntarios que se quieren sumar.
Yates desaparece; me deja con la lluvia que repiquetea sobre la lona y la montaña de trabajo que todavía me queda por hacer.
Me pongo a llamar a los equipos de búsqueda y recojo el material; no sé cómo, son casi las cuatro de la tarde cuando por fin me siento en el coche de alquiler y miro fijamente el parabrisas, preguntándome cómo narices he acabado en esta movida.
Puto Yates. Puto McMillan. Puto Jake Hornell, ese mazado de gimnasio capullo.
Puto Arthur. Estoy tan cabreado con él porque se cargara a Evanston…
Si no lo hubiera hecho, tal vez no me hubiese metido en este lío de narices.
Y toda esta mierda no hace más que interponerse en lo que necesito.
A Harper. Una ola de rabia se apodera de mí, tan profunda y cegadora que le doy un puñetazo al volante antes de darme cuenta de que he cerrado la mano.
Arranco y voy a la mansión Lancaster.
Cuando entro en la casa anexa, no hay ningún rastro reciente de Harper, salvo el palo santo que arde en el quemador de incienso.
La ventana de la cocina está abierta y Morfeo se encuentra de pie en el alféizar, picoteando un trozo de cecina que tiene sujeto con la pata.
Me suelta un graznido, pero no sale volando; a lo mejor está demasiado cómodo ahí, pues el saliente lo protege de la lluvia.
—No estoy seguro de que te lo merezcas —le digo acercándome despacio, midiendo los pasos. Me mira mientras destapo el bote de cecina y dejo otro trozo cerca de donde está—. Pero a ella le caes bien. No te chives de mí.
—Galleta asesina —grazna el cuervo.
—Creía que teníamos un acuerdo y no te ibas a chivar, cabrón. Y los ingredientes de esto no me inspiran mucha confianza —añado limpiándome los dedos con un trapo.
—Ñam, ñam —dice el pájaro con la voz de Harper. Es una réplica perfecta, aunque tiene un cierto vacío escalofriante—. Galleta buena para mí.
Entorno los ojos.
—Está bien. Aunque un día de estos te voy a enseñar nuevas palabras para que no seas tan… asesino.
Me alejo del córvido insolente; inspecciono la estancia en silencio una vez más a ver si hay rastro de dónde puede estar Harper. Dudo que esté trabajando en el jardín con este tiempo, así que imagino que estará en el piso de arriba.
—¿Harper…?
—¿Sí…? —responde su voz insegura desde el fondo del pasillo.
Cambio de rumbo: en lugar de ir hacia las escaleras me dirijo al baño. Tal vez debería dejarla a solas… tampoco es que necesite que me ponga a rondar la puerta mientras está en el servicio, pero algo en su voz me parece que no está… bien.
—¿Estás bien? —pregunto tras detenerme delante de la puerta y llamar con los nudillos.
—Por supuesto.
Está claro que no está bien.
—¿Puedo entrar?
Se hace el silencio por un segundo. Algo metálico aterriza en la porcelana y, un segundo después, hay un roce suave. Su voz suena teñida de una amargura fingida cuando dice:
—Sí. Como quieras. De todos modos, es una mierda.
Cuando abro la puerta, Harper no se gira para mirarme. Está agarrada al borde del lavabo. Hay un par de tijeras al lado del grifo, y a sus pies hay esparcidos largos mechones de su pelo negro.
No sé de qué va esto. Lo que significa. Si se encuentra bien.
Si es una decisión práctica o es consecuencia del trauma.
Quizá ambas opciones. Me acojona un huevo lo que se le pueda estar pasando ahora mismo por la cabeza y no estoy seguro de cuál es la mejor forma de preguntárselo.
Aunque sí sé una cosa. Está preciosa. El borde despuntado de su nuevo corte bob muestra la elegante curva de su cuello y la inclinación de la mandíbula.
Los mechones despeinados le dan un aire de justiciera, apocalíptica, dura.
Pero es algo más que su aspecto. Es la expresión de determinación al mirarse al espejo.
—No puedo deshacerlo —dice sin mirarme a los ojos. Agarra las tijeras y me las tiende, aferrándolas con fuerza—. ¿Puedes…? ¿Por favor?
Harper nunca me ha pedido ayuda. No como tal.
Cuando dijo lo de las exhumaciones, me tenía entre la espada y la pared.
Exigió que participara a cambio de mi libro y, aun así, estoy bastante seguro de que su intención era matarme antes de cumplir su parte del trato.
A veces, todavía me cuesta creer dónde estamos ahora.
Me he pasado los últimos cuatro años desesperado por coger un cuchillo y arrancarla de mi vida.
Y ahora estoy a punto de quitarle unas tijeras porque me preocupa lo que se le esté pasando por la mente.
Me llevo las manos a la espalda por encima de la cabeza y me quito la camiseta, la cuelgo del toallero y luego acepto las tijeras.
Sin embargo, antes de terminar lo que ha empezado, las dejo en la estantería y cojo un cepillo y un coletero.
Ella me mira en el espejo; tiene los ojos un tanto enrojecidos, pero también una expresión estoica.
—¿Qué necesitas? —pregunto cepillándole el pelo muy despacio.
—Por atrás que no parezca que le he dado lo suyo al Monstruo de las Galletas.
Suelto una carcajada.
—No era eso lo que quería decir.
—Mmm… ¿Qué tal a una caja llena de armas?
—Tampoco me refería a eso, pero eso a lo mejor se puede arreglar.
Cuando le paso el cepillo por el pelo, suaviza la expresión.
Le doy un minuto; lentamente, repito el movimiento unas cuantas veces; le dejo que piense otra respuesta.
Le acaricio el cuello con la punta de los dedos.
Aletea los párpados antes de cerrarlos y respirar hondo.
Me inclino un poco más hacia ella, dejo que cada palabra caiga despacio en su oído.
—¿Qué necesitas?
Tarda un buen rato en pensárselo. No cambio nada en la cadencia del cepillado, pero me fijo en las pequeñas variaciones que veo en su reflejo.
La arruga que aparece y desaparece entre sus cejas.
El modo en que la tensión se desvanece de sus hombros.
El pecho subiendo y bajando a un ritmo firme.
Todavía tiene los ojos cerrados cuando por fin dice: