TRASPLANTAR #3
Oigo la charla entrecortada de los tres mientras dejan las compras en el mostrador. Unos interminables minutos después, suena la campanilla de la puerta y lo único que queda es la suave música que surge de los altavoces.
—Se han ido —dice Maya—. Ya puedes salir.
Me pica el sudor del cuello; el calor del miedo se me ha quedado atrapado en la capucha. El impulso de correr hacia la puerta de atrás casi se apodera de mí, pero consigo acercarme a Maya. Despacio. Dolorosamente despacio.
—Gracias —digo mientras dejo la cesta en el mostrador. Ni siquiera soy capaz de mirarla a la cara. Por alguna razón, el ardor de las lágrimas me empieza en la garganta—. No tenías por qué hacerlo.
—Sí, sí que tenía. —Su mano delicada me toca el brazo y por fin alzo la mirada para encontrarme con la suya—. Eres de aquí. Una masacreña… masacrense… masacre…
Le dedico una sonrisa débil y a ella le brillan los ojos.
—¿Masacradora…? —propongo.
—Sí. Me gusta. Una masacradora. —La diversión de su rostro se convierte en algo más serio cuando se me acerca—.
Llevo viendo a gente así desde que era una cría.
Vienen a resolver algo que más valía que se quedara en el pasado.
Quieren hacerse famosos y no les importa joder a nuestro pueblo en el proceso.
Pero nosotros cuidamos a los nuestros. Menos a Sarah Winkle, esa puta zorra…
Resoplo.
—Todo el mundo sabe que Arthur no es La Pluma.
Puede que sea un viejo bastardo y gruñón, pero es nuestro viejo bastardo y gruñón.
La gente de aquí sabe cuánto quería a su familia.
Cuánto sufrió cuando murió Poppy. Cuánto se esforzó durante años por encontrar al asesino mientras criaba a Lukas él solo.
Y todo el mundo ve todo lo que haces por él.
¿La gente como esos gilipollas que se acaban de largar?
Ven a un cascarrabias brillante, excéntrico y solitario y deciden atar unos cuantos cabos sueltos y encasquetarle los muertos.
No quieren entender. Solo vienen porque creen que se volverán famosos a costa del dolor y del sufrimiento de nuestro pueblo. Así que antes me muero que darles algo.
Hay muchísimas cosas que ella no sabe. Sobre mí. Sobre Arthur. Sobre este pueblo. Pero sé que su corazón está donde el mío. En Cabo Masacre.
—Lo aprecio mucho, de verdad. Gracias, Maya.
Se le ilumina un poquito la cara mientras saca los dos botes de mi cesta y me dice el total.
—A mí me parece que esos imbéciles se van a ir pronto. Quizá lo mejor será que no llames demasiado la atención, si puedes.
—Sí —digo, y suspiro—. Puede que tengas razón.
—¿Hay alguna posibilidad de que te quedes en otra parte? Tu choza es una especie de punto caliente, ¿sabes?
Tengo que admitir que también le he estado dando vueltas a esa idea, pero ir y venir de otra parte que no esté en la propiedad para cuidar a Arthur me parece igual de malo.
Tal vez incluso peor. Los sitios como el hostal El Cabo y el motel La Cabeza del León solo aumentarán las posibilidades de tener a un Buscasabuesos de vecino.
—Estaré bien —digo pagándole en efectivo.
—Si necesitas algo de la tienda, me escribes y te lo llevo yo. Me puede acompañar la tía Irene. Le encantaría ver a Arthur. A lo mejor podríamos almorzar en la mansión.
Sonrío mientras acepto el cambio.
—A él también le encantaría. Y si dice que no, miente.
—¿Se nos unirá un tal Nolan…?
—Por Dios.
—La tía Irene dice que pasa todo el tiempo libre en tu casa, cuando no está organizando la búsqueda.
—Me voy ya.
Cojo la bolsa del mostrador y voy hacia la puerta, inspeccionando la calle desde el escaparate al pasar.
Las aceras están vacías, la lluvia bombardea la calle con goterones.
Estoy a punto de abrir la puerta cuando Maya me llama.
Habla tan bajo, tan insegura, que tengo que girar la cabeza para mirarla.
—¿Sabes…? Una vez pillé a Jake Hornell mirando por mi ventana —dice.
Una leve sonrisa aparece y se desvanece en su rostro, como si estuviera avergonzada por algo que nunca fue culpa suya, para empezar—.
Al principio no estaba segura de lo que había oído, ¿sabes?
El sonido viaja de forma diferente por la noche. Es como si la oscuridad jugara contigo.
Trago saliva, aparto la mirada, aprieto el pomo de la puerta con más fuerza. Me miro fijamente los nudillos blancos.
—Sí. Es así.
—Lo oí antes de verlo. Se estaba masturbando fuera, entre los arbustos, mientras yo cocinaba.
Aunque tampoco es que importe lo que yo estuviera haciendo, ¿sabes?
Pero, aun así. —Se encoge de hombros—.
Salí corriendo con un cuchillo y lo asusté.
Llamé a la policía, aunque ya sabes cómo va la cosa.
El caso es que… me acojonó un huevo. Me sentí…
violada. Pasé un par de noches en el hostal, hasta que se me pasó lo peor del miedo.
Sin embargo, nunca se fue del todo. Hasta el día que fui a por fresas a tu casa.
Recuerdo los detalles de aquello con una claridad perfecta.
Nolan sujetando las manos cortadas de Jake.
Yo pegándome al pecho la cabeza decapitada y sin ojos.
La interrupción imprevista de Maya. Cuando me preguntó si participaba en la carrera de coches sin motor y yo hice una broma absurda sobre lanzarme de cabeza.
Fingí que ya había hecho las partes de silicona de un cadáver copiloto con material de Cadáveres a Medida.
Un par de días después hice a Muerticia, la copiloto cadáver, y le puse dos coletas.
Pero era más que obvio que la cabeza que sujetaba aquel día no era la misma.
¿Maya me vio en la carrera? ¿Se dio cuenta de mi error?
¿Se percató de algo y empezó a hacerse preguntas?
¿O fue el olor? ¿O el modo en que me comporté aquel día cuando llegó y me pilló en un momento tenso con Nolan? ¿Fue el miedo en mis ojos…?
—Todos los días contemplo el cartel de desaparecido y pienso: «Me alegro de que se fuera». —Las palabras de Maya me sacan de la espiral—. A lo mejor no es algo bueno ni está bien, pero es cierto. —Cuando la miro a los ojos, ella sonríe—. Gracias por pasarte, Harper. ¿Nos vemos luego?
Quizá sospecha más de lo que está dispuesta a confesar en voz alta.
No obstante, a juzgar por el modo en que me sonríe ahora, estoy segura de que nuestra conversación nunca pasará de esto.
Y no lo digo solo por ella, sino también por mí.
Jamás se lo mencionaré a Arthur, que tal vez ni lo recuerda, ni a Nolan, que podría considerar a Maya una amenaza para nuestra seguridad.
Este momento será un suspiro fugaz del tiempo y estoy agradecida de que haya pasado, porque no me siento una extraña en este pueblecito macabro. Me siento una masacradora.
Asiento una sola vez, temblando.
—Sí. Hasta luego.
Con la capucha bien calada, salgo a la lluvia y cojo aire de forma temblorosa.
Echo a andar hacia casa, aunque me detengo cuando me acerco al poste telefónico.
La puta cara sonriente de Jake me devuelve la mirada.
Tenía pinta de ser como cualquier otro mazado de gimnasio idiota y la gente se lamentaría y diría que era «un buen tío de verdad» si supiera que está muerto, aunque yo sé que tenía más de una multa por conducir borracho y que le acabaron quitando el carnet, y también es obvio que espiaba a muchas mujeres del pueblo.
Cierta furia cobra vida en mi sangre. Una que nunca se sacia de la justicia que solo se puede impartir por la fuerza.
Puede que yo no lo matara, pero pienso lo mismo que Maya.
Cómo me alegro de que ya no esté, joder.
Inspecciono la calle. No hay nadie en la acera ni mirando desde las tiendas.
Despego el cartel, hago una bola con él, lo tiro en la papelera y me voy a casa.