Temporada de cosecha (Masacre 2) TRASPLANTAR #2
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TRASPLANTAR #2

Al parecer, es bueno. Antes de que pueda decírselo, empieza a escribir un nuevo mensaje, así que lo dejo en espera hasta que me llega su respuesta.

¿Vamos a hacer algún jueguecito de rol en plan búsqueda y rescate? ¿Tengo que perseguirte por el bosque con el chaleco puesto?

No…

Sin duda ese «no» ha sido un «sí».

La conversación deriva en lo hermoso de la vida cotidiana.

¿Qué deberíamos cenar? ¿Vemos una peli o el siguiente capítulo de Sobreviviendo al amor ?

Y después de un rato me doy cuenta de que le estoy sonriendo al móvil.

No soy ese tipo de chica… Al menos, creía que ya no lo era.

Una chica que envía mensajes para tontear o que se duerme con la luz apagada o que se ríe en brazos de un hombre.

Una chica que se enamora. «Lo volvería a hacer mil veces», repite la voz de Arthur en mi cabeza.

Cualquier día podría perder a Nolan. El sufrimiento y la pérdida persiguen al amor como una sombra.

Sin embargo, la calidez, la necesidad, las palabras más insignificantes para las declaraciones más importantes…

Esos simples alientos de tiempo logran que la vida sea algo más que mera existencia.

A lo mejor, a pesar del riesgo que suponen, merece la pena florecer un breve instante al sol.

Y no importa que pueda pasar de los setos fálicos y el miedo a que me descubran a hablar sobre el amor con mi mentor, un asesino en serie anciano. En cierto modo, la presencia de Nolan se entrelaza con todo ello, ancla cada parte de mí en su sitio.

Cuando llego a la calle principal, Nolan se ve obligado a volver al curro y me guardo el móvil en el bolsillo para centrarme en mi destino.

Con este tiempo, hay muy poca gente en la calle.

Aunque me planteo pasar a tomarme un café, Un Grano Náufrago parece estar abarrotado, sobre todo con caras que no conozco.

Y la idea de que los Buscasabuesos vengan al pueblo se me mete bajo la piel como una espina.

Podrían estar aquí mismo, esperando a montar el puzle roto de Sam.

Me quedo en la acera contraria, a pesar de lo que me tienta la cafeína, y continúo mi camino hacia Los Mejunjes Mágicos de Maya.

La cara de Jake Hornell me mira fijamente conforme me acerco, pues su cartel de desaparecido está pegado en el poste telefónico que hay junto a la entrada de la tienda; la imagen está arrugada en los bordes, donde el agua se ha colado por debajo del celofán.

Cuando entro en el local, Maya está detrás del mostrador, observando concentradísima unas fórmulas químicas que tiene esparcidas ante ella.

De fondo suena una canción indie deprimente; las letras sobre un amor caótico se entrelazan con el intenso olor a jazmín.

Maya se sube por el puente de la nariz las gafas de montura dorada y me mira con esos ojos de obsidiana.

—Ah, hola, Harper.

—Ey. —Me bajo la capucha y me detengo junto al mostrador. Intento descifrar las fórmulas garabateadas en el papel como si fuera a entenderlas mejor del revés. Siendo sincera, quizá así sí que me entero de algo—. ¿Qué tienes entre manos?

—Jodebichos 2.0. —Descansa la barbilla en la mano con un suspiro de derrota; las largas trenzas negras caen sobre la página—.

La fórmula original viene genial para los mosquitos, pero no para los tábanos.

Quiero hacer algo que repela ambos, sin derretirle la piel a la gente —dice rodeando un componente, y luego dibuja una calavera con dos equis como ojos.

—Qué pena. Derretirle el pellejo a la gente suena divertido y útil al mismo tiempo.

Maya se ríe con disimulo.

—Podrías usarlo con el tal Nolan.

—Me lo dicen mucho. Así que estás al tanto, ¿eh?

—Lo sabe medio pueblo. El Bruma Nocturna, nena. —Maya ensancha la sonrisa cuando yo entorno los ojos—. La tía Irene dice que vais en serio.

Cojo una cesta de detrás del mostrador; no la necesito: lo hago solo para esconder el rubor que se me ha subido a las mejillas.

—Es un turista.

—Hay unos dispositivos increíbles que se llaman «teléfonos». También hay otros conocidos como «aviones».

—Sí, sí, sí —respondo de camino a la sección de casa y jardinería de la tiendecita.

La campanilla de la puerta suena a mi espalda. Giro la cabeza para echar un vistazo rápido antes de meterme en el pasillo. Veo que entran dos hombres y una mujer que no conozco. Miran a Maya, que cacarea el «hola» cantarín que reserva para los turistas.

—… pero es un inútil, así que supongo que, cuando vuelva al curro, será todo un mojón de mierda —comenta uno de los hombres.

—Yo estoy pensando en borrar todos mis correos —responde la mujer. Los oigo coger una cesta y luego el frufrú de una chaqueta a mi lado en el pasillo—. Para empezar de cero, ¿sabes? Si alguien necesita algo de verdad, ya escribirá.

—Al menos Sam y Vinny han tenido la decencia de morirse cerca del Día de la Independencia —dice el tercero en discordia.

La descarga inmediata de adrenalina que provoca la presencia de los Buscasabuesos me impide reaccionar ante esta declaración tan insensible como lógica—. Me quedaban pocos días de vacaciones.

—Charlie, ¿qué coño…?

—Más te vale no decir esas tonterías cuando vengan los demás. ¿Te imaginas si lo escucha Willow?

—Pues claro que no voy a decir nada. Tengo poca IE, pero no tan poca.

—¿Tanto te cuesta no hablar como si estuvieras en una consultoría? «IE». —La mujer resopla—. «Tenemos que alterar el mercado, centrarnos en mayor detalle en el objetivo más sencillo» —imita su voz mientras el otro se parte de risa.

—Eso es desconcertantemente preciso. Ahora, venga —dice el tío que no es Charlie—, vamos a movernos. Quiero salir de aquí antes de que empiece a llover de verdad.

Mi foto en el canal de Discord se me pasa por la mente; el pánico se apodera de mis tripas.

Se hace el silencio en la tienda mientras me coloco un mechón de pelo largo y oscuro detrás de la oreja y me cubro con la capucha.

Cojo un bote del fungicida llamado «No Te Pases de Hongo» y echo a andar hacia el principio del pasillo con la esperanza de poder soltarle a Maya algo de dinero en el mostrador y largarme por patas.

Pero, cuando casi he llegado al final, el chirrido de unas suelas húmedas sobre las baldosas hace que me dé la vuelta en dirección contraria.

—Mirad, chicos —dice Charlie desde otro pasillo—. Jugo Resucitamuertos Resacosos. Nos va a venir bien si queremos sobrevivir a Emma interpretando My Heart Will Go On la noche del karaoke en el pub.

—Cierra el pico —le espeta la aludida mientras Charlie se ríe.

—Eres consciente de que no hemos venido aquí de juerga, ¿verdad? —inquiere el otro.

—Sí, pero nunca sabes qué podrás descubrir con un par de cervezas y una canción de Céline Dion, Tylor —responde Charlie.

—Vamos a sobrevivir a los próximos días, ¿vale? —contesta Tylor. No me hace falta levantar la vista para saber que es el que ha empezado a recorrer mi pasillo.

Mantengo la cabeza agachada. La sangre me ruge en los oídos; amortigua el sonido de la música.

Finjo que leo la etiqueta del bote que tengo aferrado, pero en realidad lo estoy mirando de soslayo a él.

Lo único que veo son sus botas empapadas.

Los vaqueros con las marcas de la lluvia.

Me niego a alzar más la vista y arriesgarme a toparme con sus ojos.

Me tiembla la mano al coger una botella.

Ni siquiera le presto atención a lo que he cogido.

Tengo que usar hasta el último gramo de fuerza de voluntad para quedarme en el sitio y no dejarme llevar por las ganas de correr.

Sobre todo cuando se detiene justo detrás de mí.

«¡A la mierda!», dice para sí mismo. Aunque sé que debe de estar leyendo la etiqueta del mejunje de Maya, me provoca tal subidón de adrenalina que cualquiera diría que me lo ha dicho a mí.

Doy un paso lento hacia el extremo del pasillo; me detengo al oír que los otros dos vienen parloteando por ahí.

Me quedo atrapada en un espacio estrecho, demasiado asustada para moverme, pero también demasiado acojonada para quedarme quieta. Me planteo la posibilidad de huir por la salida de «solo personal autorizado» que hay en la pared del fondo cuando la voz de la mujer se oye cerca del mostrador.

—Por casualidad no sabrás quién es esta persona, ¿verdad? —pregunta Emma.

Puede que la pausa que le sigue solo dure un segundo, pero parece una eternidad.

No me hace falta ver lo que está enseñándole a Maya para saber que es mi foto, la misma que está en el Discord de los Buscasabuesos.

O quizá sea una peor. Que yo sepa, KnightofTruth podría haber encontrado una toma mejor, una en la que salga mi cara.

No puedo ignorar la alarma que me chilla en la cabeza. Cierro los ojos con fuerza. Aguanto la respiración.

—¿Basándome en su nuca? Eeeh, no. No —responde Maya. La sospecha está entretejida en su voz—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Sois polis o algo?

—No —se burla Charlie—. Somos mejores.

Casi oigo que Emma entorna los ojos.

—Somos de un grupo de investigación que se llama Los Buscasabuesos.

—Ah, vale. —Maya chasquea los dedos—. El grupito del tipo ese que mató al otro tipo e intentó también matar al sheriff, ¿verdad?

—No exactamente.

—Entonces… ¿sois de otro grupo?

El tipo que tengo detrás suspira y se da la vuelta, sus pasos van hacia sus compañeros.

—Investigamos los casos fríos que la policía de pueblos como este no ha podido resolver por sí misma —explica Tylor; su voz aplaca la tensión que se palpa en la tienda—.

No estamos seguros de lo que les sucedió a Sam y a Vinny en realidad, pero nos encantaría averiguarlo y creemos que la mujer de la foto podría saber algo más sobre lo que estaban buscando nuestros compañeros. ¿Estás segura de que no la reconoces?

Maya habla con un tono firme:

—Lo siento, tío. Ni idea de quién es.

—De acuerdo. No obstante, si se te viene algo a la cabeza —hace una breve pausa—, así es como puedes ponerte en contacto con nosotros.