TRASPLANTAR
TRASPLANTAR
Harper
Arthur y yo estamos de pie delante del seto que se supone que es un chorlitejo picocorto.
Tenemos la cabeza ladeada y estudiamos la cúspide de este elaborado jardín mientras una llovizna repiquetea en la capucha de los chubasqueros.
Cuando mi mentor se apoderó de mi alce fallido, no me esperaba que esto fuese a ser el resultado.
Y a juzgar por su débil «¡Contempla!», que ha soltado hace un rato al detenernos delante de los pájaros podados, él tampoco.
Espero a que se haya bebido un buen trago de café para declarar:
—Parecen dos penes.
Él escupe un poco de café con leche por el césped y me mira. Es probable que le ofenda más haber perdido un trago de expreso que el comentario fálico, teniendo en cuenta que solo tiene permitido tomar un café de verdad al día antes de que lo obligue a cambiar al chai, como acordamos.
—En absoluto.
—Eso no quiere decir que me esté quejando. Mola. O sea, que estoy a tope con la imaginería fálica. Pero no sé si la alcaldesa Patel apoyará unos setos de penes para celebrar el décimo aniversario del concurso de jardinería, ¿sabes?
El viejo suelta un suspiro profundo y pesaroso.
—Es cierto que parecen dos penes.
—¿Cómo vamos a arreglarlo? —pregunto cuando echamos a andar hacia la mansión.
—Todavía no estoy seguro —responde clavando el garrote en el césped húmedo—. Pero tenemos que encontrar una solución rápido. Esta mañana me han notificado que la primera ronda del jurado comenzará la semana que viene. El consejo electoral nos visitará el 7 de julio.
—Joder.
—Ya te digo.
—Vamos a ver, ¿por qué me dijiste que podara los setos? Eso para empezar.
—Porque creí que tendrías algo de talento artístico, teniendo en cuenta que antes te dedicabas a hacer vídeos y tal. —Sacude la mano arrugada hacia mí—. Está claro que me equivocaba.
Resoplo; le dedico una sonrisa burlona.
—Arthur, hacer vídeos no tiene nada que ver con trabajar el follaje para darle forma de animales.
Me responde con un gruñido.
Nos quedamos callados cuando entramos a la casa y nos dirigimos a la cocina.
Arthur se sienta en el rincón del desayuno y abre el periódico mientras yo me pongo a preparárselo.
Al sentarme delante de él, los titulares de la primera página me asaltan como un dardo cargado de temores.
«La investigación de homicidio continúa en la destilería Lancaster», dice uno; Arthur masculla algo sobre que los asesinatos son buenos para el negocio en Cabo Masacre y estoy tentada de darle la razón, aunque de un tiempo a esta parte me acojona bastante estar en el extremo de producción de tal negocio.
«El segundo día de la búsqueda del turista desaparecido», proclama otro titular por encima de una foto de Evanston sonriendo, y me acuerdo de Nolan en el centro de mando.
Puede que el sheriff del pueblo sea un vago de cuidado y a lo mejor está ya preparado para cancelar la búsqueda y poder irse de pesca y barbacoas, pero aun así me perturba imaginarme a Nolan pasando tanto tiempo con él.
—¿Al inepto del sheriff lo atacaron en mi destilería? —dice Arthur, que me mira con ojos afilados por encima del borde del periódico.
—¿Te refieres a la destilería de Lukas? —La ocurrencia hace que me gane una mirada asesina y contengo la sonrisilla que se me quiere escapar—. Eso parece.
—Ajá. —Da unos golpecitos en el borde del papel, sin apartar los ojos de los míos—. Resulta extraño que unos investigadores aficionados se ataquen el uno al otro y luego vayan a por el sheriff, ¿no?
Me encojo de hombros e intento no ponerme roja.
—Así son los misterios de la vida.
Arthur resopla.
—¿Y qué pasa con ese gremlin obtuso que tenía esa horrible excusa de perro? ¿Sigue en el congelador? —pregunta mientras sigue leyendo la continuación del artículo en la página siguiente.
—No. Digamos que este año las dalias florecerán.
—Bien.
Arthur pasa la página con cierto estilo; está claro que se ha cansado de pensar en investigaciones de homicidios y personas desaparecidas.
Debería pincharlo a ver qué más recuerda de esa noche, solo para asegurarme de que no hemos olvidado nada que pueda salir a la superficie como un cadáver hinchado.
O a lo mejor debería contarle lo de los Buscasabuesos y que siento que la jaula se está cerrando a mi alrededor a cada segundo que pasa.
Debería compartir el miedo que se me cuela por debajo de la piel, ver si es capaz de drenar lo que parece una herida infectada.
Pero, en lugar de decir nada de eso, le pregunto algo que nunca le he preguntado a Arthur Lancaster:
—¿Cuándo supiste que estabas enamorado de Vivian?
Él alza la vista y se me queda mirando fijamente.
Por un momento, me planteo si se habrá olvidado ya de su esposa.
Han pasado tantos años desde que falleció…
Fue incluso antes de que perdiera a Poppy a manos de La Pluma y se encargara de criar a Lukas él solo.
Los ojos se le van a la esquina de la estancia y me pregunto si la está buscando en sus recuerdos.
Intentando rememorar su risa. El color de sus ojos.
Deja el periódico mientras juguetea con los bordes, luego traga saliva y dice:
—El mismo día que apareció en Cabo Masacre.
No me esperaba una respuesta tan clara y, mientras le acerco el bol de yogur y rodajas de fresa, tomo notal mental de contarle más tarde a Lukas lo lúcido que está su abuelo. Cuando me siento a la mesa enfrente de él, no hace caso ni de mí ni de la comida.
—¿Lo supiste desde el primer día?
—Desde el primer momento —especifica, y baja la vista a la mesa—. Nunca creí que fuera posible. ¿Cómo iba a enamorarse alguien como yo? Y de alguien que ni siquiera conocía.
—¿Acaso tú…? —empiezo a preguntar, pero me callo. Arthur me mira con un interrogante fruncido en las cejas—. ¿Te preocupaba cagarla?
Suelta una carcajada, un sonido raro y preciado.
—Por supuesto. Constantemente.
—¿Y aun sí dejaste que ocurriera?
—Intenté impedirlo —dice, y levanto las cejas para animarlo a continuar—. Descubrí que era imposible. Por mucho que necesitara a Vivian, ella también me necesitaba a mí. Resultó que no podía negarle nada que ella quisiera, daba igual cuánto me esforzara.
Asiento. Se me forma un nudo en la garganta al recordar la conversación que he tenido con Nolan esta mañana.
Si le ha decepcionado que le dijera que tenía miedo, no lo ha dejado ver.
Pero debe de haberle escocido. ¿Y cuántos golpes se puede llevar alguien antes de acabar rindiéndose?
Hasta Nolan Rhodes debe de tener un límite, eso seguro.
¿Y si no soy tan valiente como Arthur? ¿Y si no consigo soltar mi miedo y querer a Nolan como se merece?
Estoy tan perdida en estas dudas que no me doy de que Arthur ha movido la mano hasta que la pone encima de la mía.
—¿Qué es lo que de verdad quieres preguntarme? —dice.
Parpadeo para apartar el muro de lágrimas que me nubla la vista.
—¿Lo volverías a hacer, a pesar de todo lo que has perdido?
El eco de una sonrisa se instala en los rasgos del hombre. Me aprieta la mano.
—No puedo escapar de la desesperación de ver cómo decaía la salud de Vivian.
Ni del dolor de cómo me arrebataron a Poppy.
Siempre llevaré conmigo la rabia y la frustración de pasarme años buscando a su asesino y no encontrar ni rastro, como si nunca hubiera existido.
Sin embargo, los momentos de felicidad que compartimos y los recuerdos que todavía tengo hacen que el sufrimiento merezca la pena. Lo volvería a hacer mil veces.
Me da unas palmaditas en la mano y la aparta.
Asiento para darle las gracias; no estoy preparada para expresarle mi gratitud con palabras.
No obstante, Arthur sabe lo que necesito.
Levanta el periódico de la mesa y crea una cortina entre nosotros para permitirme controlar las lágrimas antes de que caigan.
—Sé que no tienes padres a los que hacerles estas preguntas —dice desde el otro lado. Baja el periódico lo suficiente para asomar un ojo—. Pero siempre puedes preguntármelo a mí, Harper. Si quieres.
—Vale —susurro.
—¿Quién es el hombre del que no estás enamorada, por cierto…?
Me quedo mirando el titular del periódico; me trago un nudo doloroso.
—Se llama Nolan. Coincidisteis brevemente en el teatro. Nolan Rhodes.
—Sí, por supuesto. El señor Rhodes. —Arthur pasa la página del periódico—. Si decides que no lo quieres de verdad, tengo algún veneno en ese maletín que te niegas a devolverme. Puedes usarlo si te apetece.
No ve mi sonrisa agridulce, ni la lágrima que se me cae de las pestañas y se me desliza por la mejilla.
—Lo tendré en cuenta. Gracias, Arthur.
Se acerca el yogur. Un leve gruñido es su única respuesta.
Cuando continúa con su rutina matutina, voy al pueblo a abastecerme en la tienda de Maya. Llevo la bolsa de tela colgada del hombro y la capucha puesta para protegerme de la llovizna.
Las calles están tranquilas. Piso con las botas los charcos poco profundos a un ritmo que me calma.
La lluvia fría es reconfortante, por extraño que parezca; aun así, la preocupación por Nolan se abre paso en mis pensamientos.
Me pregunto qué estará haciendo. Tal vez imponiéndose en la búsqueda; es la imagen de la autoridad, aunque la esté usurpando en secreto.
El deseo se me retuerce en el vientre cuando me lo imagino en el centro de mando, inclinado sobre mapas, dando órdenes por el walkie-talkie .
A lo mejor está andando con paso decidido por el bosque y ese chaleco reflectante.
No sé qué narices me pasa, porque eso me pone un montón.
Es el caos y la seguridad cubiertos por un envoltorio atractivo y reflectante.
Con hoyuelos. Es desagradablemente sexi.
Me saco el móvil del bolsillo trasero y abro los mensajes.
¿Llevas el chaleco reflectante?
La respuesta de Nolan es inmediata.
Eeeh, sí.
¿Y el walkie-talkie ?
Sí… ¿Eso es bueno o malo?