Temporada de cosecha (Masacre 2) I.CORNEZUELO
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I.CORNEZUELO

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Yates

Tiempo después…

Palo santo.

Eso es lo que se había quemado en el quemador de incienso con forma de medialuna que encontramos en la bolsa de pruebas que tenía Sam Porter en el maletero, según el informe del laboratorio.

Es lo que flota en el salón de la casa de Autumn Bower, como si estuviera impregnado en el enlucido de las paredes.

Quizá debería estarles agradecidos a Sam y a Vinny. Descubrieron lo que yo fui incapaz de ver: que Harper Starling es algo más que un eco de la hija que le arrebaté a Arthur. Es en realidad el fantasma de otra persona, y la mujer que ha estado viviendo en su mortaja es mucho más de lo que parece.

Un trueno sacude las ventanas cuando me detengo delante de la fotografía en la que sale Autumn de niña con sus padres.

La cojo de la estantería con los guantes.

No hay polvo en los bordes. Ni el cristal está sucio.

Era la viva imagen de la inocencia. Un lienzo en blanco impoluto en el que todos los horrores y las pérdidas del mundo han estado pintando desde entonces.

Me he visto todos los vídeos de Autumn Bower. He diseccionado cada artículo de periódico. He rajado todas las máscaras que se ha puesto para echar un vistazo por debajo de la superficie.

Que se me escapara su pasado no es solo un recordatorio puntual de mi propia capacidad de errar, sino otra prueba más de que Autumn Bower se merece su sitio en Cabo Masacre.

Está preparada para la metamorfosis. Pero es lo que a veces ocurre con las crisálidas.

Se pueden… atascar un poquito. En ocasiones tienes que intervenir para quitar las capas y obligar a la criatura a salir a la luz.

Dejo la foto y me giro para contemplar la siguiente que hay en la estantería.

Es Autumn con el disfraz que ha llevado desde el día que apareció por Cabo Masacre.

Pelo oscuro. El peto negro. Una sonrisa medida.

Está al lado de Arthur Lancaster; sujetan el trofeo del concurso de jardines por encima de la cabeza.

La mansión Lancaster ejerce una gran atracción.

Puedo sentir su núcleo derretido cuando miro los ojos castaños de Arthur, congelados en el tiempo.

«¡Mi hija no!», grita desolado desde mis recuerdos.

Todavía lo veo con claridad, como si estuviera observando a través de las ventanas de la casa, igual que hice aquel día hace casi treinta años.

Entonces era tan formidable como ahora…, pero en todos estos largos años casi se ha roto contra el suelo, retorcido por el sufrimiento.

Se meció arrullando la cabeza sin vida de su hija entre los brazos, su cuerpo desnudo cubierto con mi poética y sangrienta escritura mientras el niño lloraba en el piso de arriba. «Mi preciosa Poppy no».

Estoy agradecido por aquel momento. No solo por la satisfacción que todavía recuerdo del arte que creé de la muerte, sino por el camino al que me llevó.

Aparto la mirada de Arthur y paso a la siguiente foto. Autumn con el señor Nolan Rhodes. El líder entusiasta de la farsa de la operación de búsqueda y rescate. El protector rabioso. La última capa de la crisálida.

Veo el reflejo de mi sonrisa en el cristal.

Se me van los ojos al tablero de ajedrez que hay sobre la mesa, al lado de la estantería; las piezas están colocadas para una nueva partida.

Y luego cojo el caballo negro de la b8 y me lo meto en el bolsillo.