SOMBRA INTENSA #2
—Y al ayuntamiento no le convencerá demasiado que la búsqueda de Evanston se alargue indefinidamente. No es el primero que se pierde por el bosque, ¿sabes?
—No me cabe ninguna duda. —Suelto una carcajada y corto un trozo de gofre—. Aun así, necesitamos escenarios viables para Mahoney y Hornell —digo observándola, y ella se queda contemplando el plato fijamente con aire pensativo—. Y para ti.
Me mira a los ojos.
—¿Qué pasa conmigo?
—Te comportas como si estuviera al tanto de toda tu vida, pero no es así, Harper.
—Dejo los cubiertos y que pase un segundo que se alarga—.
Es posible que Sam supiera más de ti que yo.
Y no hay forma de asegurarnos de que KnightofTruth no le vaya a la zaga.
Ya que no estás dispuesta a marcharte de Cabo Masacre, a lo mejor sería un buen momento para que confíes en mí solo con un poquito de información, para que podamos decidir qué ocurrirá si descubren quién eres en realidad.
—¿De verdad tengo que creerme que no buscaste una mierda sobre mí en Google cuando estabas desmembrando a un tío para metérmelo en el comedero para pájaros ni cuando me seguías por todo el pueblo con drones?
—En realidad, fue solo un dron.
Suelta una carcajada y le da un trago al café.
—Creo que no tenemos tiempo para contarte toda la historia de mi vida antes de que debas irte a buscar y rescatar gente que ya está muerta.
—Sacaré tiempo para un detallito.
A Harper se le tensa la mandíbula. El silencio cae sobre la mesa como un mantel.
Comemos sin hablar. A ella le cuesta mirarme a los ojos.
No sé hasta qué punto insistir sin que sienta que la estoy presionando.
No sé cómo gestionar que soy una persona de mierda que no distingue obsesionarse por una presa del amor.
Y no sé cómo querer a alguien que tiene miedo de recibir amor.
Ambos nos hemos enfrentado al miedo y al sufrimiento y hecho cosas espantosas, pero no he visto ni sobrevivido a los mismos horrores que ella.
A lo mejor, cuando te liberas de ese terror con garras y dientes, acabas metido en un laberinto.
Te conviertes en alguien intocable para el amor y toda la pérdida que este conlleva.
Y, con el tiempo, te cuesta aún más encontrarte a ti mismo.
—Harper, no quiero que me cuentes toda tu vida —digo.
Me meto la mano en el bolsillo y saco algo que quería devolverle, aunque nunca me parecía el momento oportuno.
Le abro la mano y le coloco en la palma la esclava de plata.
«A²BC», dice la inscripción. Uno de los dos, o Adam o ella, debía de llevar esta pulsera que Morfeo soltó en el fregadero hace un par de semanas para regalarle a Harper algo brillante.
Ella la observa con un gesto tenso y, cuando me mira a los ojos, los suyos están llenos de lágrimas—. Solo quiero un cachito de ti.
Le cierro la mano y la aprieto antes de recoger mi plato y mi taza para llevarlos a la cocina.
—Tengo que irme —digo comprobando el reloj—. Gracias por el desayuno. Volveré como a las…
—Fue culpa mía. —Su voz apenas es poco más que un susurro, pero me detiene como si me hubieran clavado un dardo en el pecho—. Harvey Mead.
Cuando me vuelvo hacia ella, ha dejado la pulsera en la mesa y la mueve como si fuera una serpentina. Siento cosquillas en el uróboro de mi brazo, como si Harper estuviera recorriendo sus líneas. Se remueve, se da una bofetada en la mejilla, se obliga a llorar.
—Le rompió las dos piernas a Adam cuando intentamos escapar. Y los días se sucedían uno detrás de otro… Dijeron que habían pasado tres semanas. En la oscuridad me parecieron años.
Vuelvo a la mesa con pasos lentos y medidos. No aparto los ojos de Harper en ningún momento mientras me siento en la silla que he dejado vacía.
—Eh… —Sacude la cabeza; los lagrimones que le ruedan por las mejillas caen en el plato—.
Cuando me desperté aquel último día, Adam tenía fiebre.
Hacía frío en el sótano. Harvey nos había quitado la ropa antes de lanzarnos ahí y siempre teníamos frío.
Pero ese día Adam estaba ardiendo. Sudando.
Sufriendo. Así que aporreé la puerta de hierro.
—Le da un puñetazo a la mesa de madera, un sonido repentino.
Los cubiertos repiquetean en su plato—.
«Tiene una infección». —Le da otro porrazo a la mesa—.
«Necesitamos medicinas». —Otro golpe—.
«Por favor, déjalo salir». —Otro batacazo. Otro.
Da un golpe tras otro. No la detengo, porque veo que por fin se abren las rajas de una herida sin curar, que supura veneno. Tan solo le pongo la mano en la rodilla por debajo de la mesa y dejo que siga dando porrazos hasta que acaba, hasta que tiene los ojos hinchados de las lágrimas.
—Y entonces el monstruo vino, tal y como yo le había pedido —susurra—. Vino y se llevó a Adam y no pude luchar con la fuerza suficiente para salvarlo.
Se deshace en sollozos, abrumada por las atrocidades y la culpa que solo ella puede ver.
Y no la abrazo. Es ella la que arrastra la silla hacia atrás.
Se agarra a la mesa como si fuera un salvavidas.
Se me sube al regazo y se lanza a mis brazos, que la esperan con una desesperación liberada tan profunda que siento que me ahogo en ella.
Como si fuese un mar y yo no pudiera salvarla.
—La motosierra… Mead lo desmembró —dice—. Estaban justo encima de mí. Oía trozos de Adam cayendo al suelo. Los gritos. Mead riéndose. Y si hubiera esperado… solo un poquito más…
—Lo que sucedió no es culpa tuya. Solo intentabas ayudarlo —digo acariciándole el pelo.
Ella sacude la cabeza contra mi hombro.
—Pero ellos nos habrían sacado. No pasó ni una hora. Si hubiera esperado una hora…
No hace más que repetirlo. «Si hubiera esperado, ellos nos habrían sacado».
Eso no tiene sentido. Autumn Bower se fue por su propio pie de la granja en ruinas de Harvey Mead después de quemarla hasta los cimientos. Más de once kilómetros. Descalza.
¿O esa fue la historia que le contó a la policía?
—¿Quién? —pregunto—. ¿Quién os habría sacado?
Cuando la aparto lo suficiente para mirarla a los ojos, está casi irreconocible.
No por las rojeces de la piel o el reguero de lágrimas o los ojos hinchados.
Es por la desesperanza que reflejan. No hay ni rastro de ese desafío que la define.
No está ese sarcasmo que le ilumina los rasgos, dispuesto a que su lengua afilada lo suelte.
De repente parece muy delicada, terriblemente vulnerable.
—¿Había alguien más? —pregunto—. ¿Alguien…?
—Harper.
Se oyen tres golpes fuertes en la puerta de atrás. Miro a tiempo de ver la cabeza del lobo del bastón de Arthur llamar por última vez. La interrupción provoca que la furia me arda en la punta de la lengua. Me trago una maldición punzante.
—Harper, ¿has cogido tú el portafiltros de la máquina de café?
Ella se seca los ojos con las manos y, como no sirve de mucho, intenta hacerlo con el borde de la camiseta. No es menos obvio que ha estado llorando. Inspira hondo, pero no para tranquilizarse…, sino para resetear. Se está volviendo a poner la armadura.
—Voy dentro de un minuto a ayudarte —dice lo bastante alto para que el viejo la oiga.
—Y también la canela. ¿Qué has hecho con la canela? —inquiere él desde el otro lado de la puerta, pero a lo lejos, como si no se hubiera acercado más de lo que da el bastón.
—Dame un segundo…
—Y también la soja.
—Así que básicamente has perdido todos los ingredientes para hacerte un café con leche —dice Harper bajándose de mi regazo para ir hacia el fregadero.
—No, café tengo. Necesito… todo lo demás.
—Ahora mismo voy, ¿de acuerdo?
—Sí, sí, vale. Esperaré —refunfuña Arthur y, si soy sincero, no sé si está disgustadísimo porque se ha retrasado su hora del café con leche o si siempre es así de gruñón.
Harper ni suspira ni se queja; tan solo abre el agua fría y se la echa en la cara.
Pero ¿yo? Yo me las veo y me las deseo para tragarme las ganas de protestar.
Me levanto, aunque me quedo donde estoy, controlando el impulso de correr hacia la puerta y llevar yo a la casa al viejo, para que ella pueda tener un ratito para recuperar la compostura en privado.
Quiero dar un paso al frente y arreglar algo que sé que solo rompería.
Harper se seca la cara con un puñado de servilletas y, cuando se gira para observarme, casi toda la máscara ha vuelto a encajar en su sitio. Pero no toda. Sigue teniendo una mirada atormentada, los ojos rojos y cansados.
—He perdido a todas las personas que he querido —admite.
No se acerca ni un paso y yo tampoco—. Incluso a Arthur.
A veces no recuerda quién soy. —Aparta la vista y, al mirarme de nuevo, vuelven a brillarle las pupilas por las lágrimas—.
Tengo miedo de quererte, Nolan. Creo que no sobreviviría si te perdiera.
Quizá sus palabras deberían romperme el corazón. Sin embargo, lo que hago es flotar. No está diciendo que no vaya a quererme ni que no pueda hacerlo, ni siquiera que no lo haga ya.
—No pasa nada. Lo entiendo.
Hay cierto alivio en sus rasgos. Tampoco mucho. En la preocupación que le frunce el ceño ondea una pregunta que se entrelaza con su miedo: «¿De verdad eso es suficiente para ti?».
Por fin me aproximo y me detengo lo bastante cerca para tocarla, aunque no lo hago.
—Harper, eres la persona más valiente que he conocido. Sobre todo cuando se trata de mí.
Me agacho, le doy un beso en la mejilla húmeda y fría y me marcho.