HUIDA #4
Y, Dios, qué subidón de adrenalina cuando me fui de su piso bajando los cinco tramos de escaleras, era como una droga.
Ahora también noto ese subidón, me recorre el cuerpo mientras me deslizo en la lengua de Harper.
Le follo la boca como si hubiera estado ahí, conmigo.
La habría reclamado en las escaleras del edificio de Taff sin soltar la bolsa en la que me llevé sus cosas.
La habría puesto de rodillas y me habría empapado de cada gramo de placer.
Ella me habría consumido, mirándome desde abajo tal y como hace en este momento.
Sin juicio, sin terror, sin asco. Con aceptación.
—Solo tardé un día en encontrar a Taff y robarle. Y, al día siguiente, maté a Marcus. Murió antes de que Billy se despertara en el hospital.
Echo la cabeza hacia atrás y gimo; el placer amenaza con apoderarse de mí; aumento el ritmo.
Harper debe de pensar que voy a correrme antes de que termine la historia, porque cierra la boca lo suficiente para arañarme la polla con los dientes a modo de aviso.
Cuando vuelvo a posar los ojos en ella, me devuelve una mirada implacable.
Y leo todo lo que quiere decir en esas profundidades de mercurio.
«No te calles, Nolan. Necesito esto tanto como tú».
Trago saliva; intento mantener a raya el orgasmo que está listo para echárseme encima.
Harper me reprende con un gruñido agudo; es una advertencia para que no me corra sin haber terminado la historia.
Ladea la cabeza en el ángulo justo para que mi polla entre más y luego asiente con un gesto levísimo. «Cuéntamelo todo».
Una sola idea se me pasa por la cabeza: «Moriría por esta mujer».
Cierro la mano en su pelo y pierdo el control.
—Lo seguí después de clase —digo mientras le embisto la boca.
Mantiene los labios firmes alrededor de mi polla y gime, rogando más—.
Lo pillé en el mismo callejón en el que encontré a Billy.
Me acerqué con sigilo. Le hice una llave.
Tampoco era tan fuerte. —Otro ruidito de aprobación de Harper; este tiene un deje oscuro—.
Se echó a llorar, me suplicó que lo dejara marchar.
Prometió que no volvería a hacerlo. —La electricidad me provoca cosquillas en la base de la columna vertebral.
Se me tensan las pelotas—. Le dije: «He venido a asegurarme de que así sea». Y luego apreté con todas mis fuerzas.
La euforia me recorre las venas cuando los primeros hilillos de semen se vierten en su garganta.
Revivo esos momentos mientras eyaculo en ella.
El calor pegajoso del cuello de Marcus contra mi brazo.
Las sacudidas de sus músculos. Lo débiles que tenía las extremidades al caer inconsciente.
El último siseo de aire cuando estuve seguro de que estaba muerto y dejé que se desplomara en el suelo.
Esparcí las pruebas robadas que conectarían a Clinton Taff con Marcus Urkhart, le eché un último vistazo a la justicia que había impartido y me alejé.
No hubo culpa. Ni remordimientos. Solo satisfacción. Igual que ahora.
El corazón me late en los oídos, amortigua el sonido de los gemidos contenidos de Harper cuando las últimas gotas de semen le caen en la lengua.
Las pestañas mojadas se le pegan las unas a las otras; tiene el pelo enredado en mi mano floja y los labios hinchados alrededor de mi polla.
Está hecha un desastre. Un desastre precioso, fiero, una diosa de otro mundo.
Me libero. El sudor pegajoso me cubre la piel.
Me tiembla el cuerpo de las réplicas del orgasmo.
Y entonces me pongo de rodillas y con cuidado apoyo la frente en su hombro.
Noto que me he quitado de encima un peso que no sabía que llevaba a cuestas.
También me siento aliviado cuando ella deja caer la cabeza sobre la mía.
—Yo estaba al lado de Billy cuando se despertó un par de días después.
Le hice prometer que no le diría a nadie que quien lo atacó fue Marcus y le dije que les diera la descripción de Taff.
Igual que él me hizo prometer que sería mejor persona —susurro.
Me escuece la garganta. Los ojos. Al principio no me lo esperaba y se me ocurre que tal vez sí que me arrepiento un poco por las cosas que he hecho.
Pero no es eso—. Sabía que debía de haber algo mal en mí cuando no me arrepentí por haber asesinado a Marcus.
Sin embargo, quería ser una persona a la que Billy admirara.
Y lo intenté durante mucho tiempo. Es solo que… no soy buena persona.
—Tienes razón —dice Harper, dejando caer más la cabeza—. Una buena persona confiaría en que otra impartirá un castigo. Una buena persona aceptaría el destino de sus seres queridos por el bien de las normas de la sociedad.
Me da un beso en el cuello; luego se aparta y me obliga a mirarla a los ojos.
—Tú aceptas tus pecados y exiges que otros se enfrenten a los suyos. Tú impartes justicia con tus propias manos. Tú rompes las reglas cuando estas nos constriñen. Tú desafías al destino. Tú salvas a la gente que quieres y, cuando no puedes hacerlo, la vengas.
Se inclina más y apoya la frente en la mía. Y aún veo la determinación en sus ojos, brillando en las sombras.
—Tú eres un villano, Nolan Rhodes —dice—. Y no me gustaría que fuera de otro modo.