HUIDA #3
Le pongo la punta en la lengua y me introduzco en su boca. Joder, esto es mucho mejor de lo que me imaginaba. Sus labios carnosos. Su calor húmedo. Esos ojos como el metal clavados en mí, esperando a consumir mis pecados.
—Hace años, tenía ciertos impulsos muy oscuros. Quería hacerle cosas horribles a gente despreciable para castigarla por sus fechorías. Y la persona a quien más daño ansiaba hacerle se llamaba Marcus.
Harper masculla una nota de afirmación mientras me deslizo aún más en su boca.
—Marcus era una de esas personas perversas que disfrutaban pegando a la gente para robarle el dinero. —Salgo despacio hasta que la punta está en los labios—. Les hacía daño a los animales. Provocaba incendios. Era una bomba de relojería que nadie sabía desactivar.
Me detengo, se me acelera el pulso. Cuando respiro hondo, el olor del limón y las hierbas de la comida que hemos dejado olvidada me llena los pulmones. Entre las cejas de Harper aparece una arruguilla; está esperando a que continúe.
Vuelvo a introducirme en su boca.
—Su pasatiempo favorito era acosar e intimidar a cualquiera que considerara débil. Burlarse de la gente que era diferente. Gente como mi hermano, Billy.
Esta vez no salgo. Sigo adelante, obligándola poco a poco a que me acepte más y más profundo hasta que le entran arcadas. Pero ella persevera, se adapta a mi longitud. Miro fijamente las profundidades de sus ojos acuosos cuando digo:
—Marcus Urkhart.
La confusión le cruza los rasgos cuando me aparto.
Y luego cae en la cuenta. Por un momento, me pregunto si debería habérselo dicho antes.
¿Cómo puedo esperar que confíe en mí si yo no he hecho lo mismo?
Sin embargo, ella suaviza la expresión, como si agradeciera que se haya abierto una puerta.
Creo que incluso veo el atisbo de una sonrisa oscura en sus ojos.
—Sé que viste en mi libro la lista de gente que maté para vengar la muerte de mi hermano. Pero Marc Beaumont no fue el primer hombre al que asesiné. —Me deslizo hacia fuera hasta la punta de mi miembro—. Fue Marcus Urkhart, que solo tenía dieciocho años.
Le agarro la cabeza con más fuerza y me introduzco del todo, pero no soy el único que empuja.
Harper también succiona, se le hunden las mejillas, la saliva le brilla en los labios.
Comienzo a moverme con una cadencia lenta que empieza en sus labios y acaba en el fondo de su garganta.
Disfruto de cada gimoteo y gemido que se le escapa, de cada giro que hace con la lengua alrededor de la punta cuando casi me libero de su boca.
—Mi hermano pequeño, Billy, tartamudeaba de pequeño —continúo al ritmo de mis embestidas—.
Y Marcus lo atormentaba por ello. Incluso mucho después de que se le quitara.
A pesar de que Marcus era de mi edad y nunca compartieron clase, Marcus encontró el modo de hacerle bullying a mi hermano.
En el pasillo. En el baño. De camino a casa.
Empujo con fuerza al confesar una de las cosas de las que más me arrepiento… y Harper acepta la intrusión con un gemido bajo y sin vergüenza alguna.
—Marcus fue especialmente cruel con Billy durante unas semanas, después de que otra de las personas a las que le encantaba acosar se mudara a otra ciudad.
Y yo era consciente de que lo trataba mal.
Pero no pensé en los riesgos. Si lo hubiera hecho, habría acompañado a Billy a casa aquel día y a lo mejor esta oscuridad no me habría consumido.
Me estremezco, ya no por los recuerdos ni por la culpa. Es por el placer que se apodera de mí, que constriñe el dolor hasta que lo atenúa. Un gemido me resuena en el pecho mientras Harper atiende la punta de mi polla con mimo antes de metérsela más adentro.
—Un día, se suponía que Billy tenía que ir al entrenamiento de fútbol antes de cenar —continúo; cierro los ojos con fuerza mientras la euforia en aumento me atraviesa entero—.
Vivíamos en un pueblo muy pequeño y tampoco es que Billy fuera un niño…
Tenía catorce años e iba a casa de sus amigos con la bici a todas horas.
Harper suelta un «mmm» alrededor de mi carne. Un escalofrío me recorre la piel.
—Mis padres todavía estaban trabajando y yo estaba motivadísimo porque me acababa de sacar el carnet de conducir, así que me ofrecí para llevarlo al entrenamiento. Cuando no volvió a casa después de clase, yo… no pensé nada. No se me ocurrió hasta que era ya tarde y no respondía el teléfono.
El placer que me embarga de la cabeza a los pies contrasta con el horror de mi recuerdo. Pero, en cierto modo, en el calor de Harper, encajan, como si ella aplacara las heridas que nunca se me curaron.
—Recuerdo el pánico que me entró porque no contestaba a las llamadas.
Cogí las llaves del coche de mi madre, me senté delante del volante y con una aplicación localicé el móvil de Billy.
Estaba solo a un par de calles. En un callejón.
Entre un contenedor de reciclaje y un taller cerrado.
Cuando llegué, Billy tenía el teléfono en la mano ensangrentada, cubierto con su propia sangre.
Me detengo. Harper sella los labios alrededor de mi erección mientras me obligo a contener la rabia bajo el éxtasis.
—Por las heridas que tenía en los nudillos y en el antebrazo, supe que había devuelto los golpes.
Pero la herida que tenía en la cabeza era grave.
Estaba claro que quien le había pegado había pensado que no saldría de aquella y lo había arrastrado a aquel rincón oscuro para que muriera.
En cambio, no lo hizo. Billy todavía estaba en coma cuando deduje lo que la policía no había averiguado…
Vi a Marcus dos días después en el instituto con un ojo morado.
Me miró de una forma que… lo supe sin más.
Había atacado a mi hermano. Decidí ahí mismo, en el pasillo, que iba a matarlo. En mi cabeza no había ninguna reserva.
Cierro los ojos y Harper suelta un ronroneo prolongado a modo de aprobación que me vibra por toda la extensión de la erección. Esto es lo que ella quiere. Lo que necesita de mí. No solo mis pecados turbios y mis confesiones crudas. Desea que la oscuridad me parezca una bendición.
Y así es.
Suavizo el ritmo, solo un poquito. Aprieto el puño entre su largo pelo oscuro.
Intento controlar las embestidas mientras le follo la boca, pero mi contención se deshace a cada segundo que pasa.
Sus leves gimoteos de necesidad y sus notas de placer…
Harper me hace seguir, me lo ruega sin palabras.
Cuando abro los ojos y bajo la vista, ella tiene la mirada clavada en mi cara a pesar de que las lágrimas le caen más allá de las pestañas y está roja del esfuerzo.
—Fui al registro estatal de agresores sexuales —digo con los dientes apretados—.
Busqué nuestro código postal y saqué la foto y la dirección del pedófilo de mierda que encontré más cerca.
Un tío llamado Clinton Taff. Fue facilísimo colarme en su apartamento cuando no estaba y robarle pruebas suficientes para que lo relacionaran con mi crimen.