HUIDA #2
—Dios, ¿por quién me tomas? ¿Cómo iba a seguir en el bolso?
Está en el congelador, detrás de las chuletas de cerdo —consigue decir entre jadeos y risitas—.
No soy una aficionada, a diferencia de otras personas que se dejan engañar por asesinos ancianos y acaban esposados por un tío de fraternidad con ínfulas que se dedica a jugar a los detectives en internet.
—Te informo de que soy un asesino metódico —digo contra su cuello mientras se parte de la risa—. Estás en peligro.
Pero antes de que me dé tiempo a procesar lo que está pasando, estira el brazo hacia atrás y me agarra del lóbulo de la oreja.
Una punzada de dolor sigue al tirón fiero que me da.
Cuando la suelto, coge de la encimera el cuchillo que estaba usando yo, me rodea y me pone el acero afilado en la garganta.
Su sonrisilla de satisfacción es una droga dura.
—Lo siento, eso último no lo he pillado —gruñe ladeando la cabeza—. Has dicho que estoy ¿qué?
—En peligro —repito tras una larga pausa.
—Ah, cierto. Peligro. ¿Estás seguro…?
Le quito el cuchillo de la mano y lo lanzo lejos, sin apartar los ojos de los suyos cuando aterriza con un tañido en la puerta de roble. Un segundo después noto un escozor en el punto en el que debe de haberme rozado la piel. Me toco y me encuentro una gota de sangre esparcida por los dedos.
Observo a Harper con una mirada de depredador. A ella le brillan los ojos con un resplandor demoniaco bajo la luz tenue.
—Ups —dice.
En ese instante que se queda suspendido entre nosotros, se me ocurren mil cosas que podría hacerle a Harper Starling.
Pero ninguna de mis fantasías se comparará jamás con su realidad.
No puedo evitar caer en ese desafío fiero y ese peligro perverso y esas distracciones magistrales.
Nunca nadie me ha consumido como ella. Quiero empujarla.
Castigarla. Ver hasta dónde me permite llegar.
Porque con cada gramo de dolor y miedo del que disfruta, con cada reto que se propone y consigue, me destruye.
Desmonta la coraza del hombre que era cuando vine aquí y me convierte en algo nuevo.
—Tienes tres segundos para salir de la cocina. Si no, te vas a poner de rodillas y te vas a atragantar con mi polla —digo.
A Harper le brillan los ojos. Sé cuánto le ponen mis amenazas, cuánto va a mojar las bragas con mis palabras. Mi polla presiona contra los vaqueros.
—Uno…
Se le tensan los labios porque no consigue contener una sonrisa.
—Dos…
—Ya han pasado tres segundos. Tienes una destreza excepcional para contar despacio.
—Tres.
Me acerco a ella, la arrincono en la esquina y se le desata la sonrisa. Está salvaje. Desinhibida. Preciosa que te cagas. Y es mía.
Me suelto el cinturón y lo dejo colgando, luego me desabrocho el botón de los vaqueros. El resto lo va a hacer ella.
—De rodillas, Harper.
—Voy a decirte una cosa —dice agarrando los dos extremos del cinturón para acercarme más. Un dolor constante me late en la erección—. Voy a atragantarme con tu polla como una putita desesperada si me cuentas un cuento.
Entrecierro los ojos.
—Si quieres que te narre La comunidad del anillo mientras te follo la boca, vas a llevarte un chasco.
—No. —Me pasa la mano despacio a lo largo de todo el pecho.
Me acaricia los abdominales, vaga por los pantalones hasta que me agarra el miembro con una fuerza repentina y sorprendente.
Aspiro una bocanada de aire que huele a ella.
Su risa suave me llena la cabeza. Juro que incluso noto su sabor, igual que en el río; tengo su flujo grabado en la memoria.
Se me cierran los ojos por un instante cuando se aferra mejor a mi erección.
—Conoces muchos de mis secretos. Y yo conozco muy pocos de los tuyos. Así que quiero que me cuentes uno mientras te chupo la polla. Háblame del primer hombre que mataste. Cuéntame algo sobre Marc Beaumont.
Estoy seguro de que la oscuridad que habita en mí asoma a mis rasgos ante esta petición. No obstante, Harper no muestra ningún miedo. Tan solo me empuja para que dé un paso atrás y me suelta la polla para coger la cremallera. Sin embargo, se detiene cuando la agarro de la muñeca.
—Chst, chst —digo.
Hay un destello de inquietud en su mirada.
Creo que le preocupa que rechace su propuesta, porque tiene tantas ganas de hacer esto como yo.
Y a lo mejor sí que me lo planteo por un instante…
Aunque sé que ella aprobará mi oscuridad, algunas partes son más difíciles de confesar que otras.
Pero de lo que no se ha dado cuenta aún es de que me resulta casi imposible negarle nada.
—Primero ponte de rodillas.
Se le iluminan los rasgos cuando contiene una sonrisa y acepta la mano que le ofrezco mientras la guío al suelo.
Le acaricio la mejilla antes de enderezarme para mirarla desde arriba.
Es tan perfecta, joder. Arrodillada ante mí, esperando paciente mis indicaciones y, aun así, dominando todo este momento.
Sabe que le daré justo lo que me ha pedido.
Y también sabe que, con una sola palabra, me detendré.
Pero lo más importante es que entiende que mi obsesión hacia ella solo clavará más hondo las garras cuando le confiese mis pecados más oscuros.
Sin embargo, no soy un puto santo. Va a tener que ganárselo.
No dejo de mirarla a los ojos mientras me quito el cinturón de los vaqueros.
—Inclínate hacia delante. Las manos detrás de la espalda.
Me observa con atención, pero hace lo que le pido: pone una mano encima de la otra. Me coloco a su lado, le sujeto las muñecas con el cinturón y hago un nudo prieto. Cuando termino, vuelvo a plantarme frente a ella, que sigue justo como la he dejado.
—Chasquea fuerte los dedos tres veces —le ordeno, y ella lo hace—. Eso es lo que vas a hacer si quieres que pare, ¿entendido?
—Sí.
—Buena chica. Ahora, enderézate. —La sangre se me acelera cuando obedece.
Rara vez hace justo lo que le he pedido, siempre opta por el pinchazo de dolor que le implica el castigo.
Sin embargo, su obediencia me resulta tan excitante como su cabezonería.
Retrocedo un paso, me pongo las manos en las caderas para que no se me caigan los pantalones.
Me duele la polla de la necesidad desesperada de hundirme en su calor.
—Bájame la cremallera.
Harper alza una ceja, pero cumple con la orden sin rechistar.
Clava los ojos en los vaqueros y se me acerca de rodillas; tiene que ir despacio para no perder el equilibrio.
Cuando por fin se detiene delante de mí, se inclina un poco para poder atrapar la lengüeta de metal con los dientes.
Y, joder, es al mismo tiempo lo que más me ha excitado y cabreado en la vida.
Harper suelta la cremallera. La vuelve a agarrar.
Abre unos cuantos dientes de metal. Y lo repite otra vez.
En el proceso me roza el miembro y se le escapan ruiditos de frustración.
Aprieta las manos atadas y centra todos sus esfuerzos en esta tarea en apariencia tan simple y que solo habría llevado unos segundos si la hubiera dejado.
No se rinde, no se detiene hasta que acaba.
Cuando termina, se echa para atrás y me clava esos iris de plata con una paciencia inquebrantable.
Alargo el momento. A lo mejor yo también quería castigarme un poco al negarme algo con lo que llevo fantaseando desde los primeros días que pasé en Cabo Masacre, a pesar de que vine a estrangular a Harper Starling con mis propias manos.
Me he despertado muchas veces soñando que me sumergía en las profundidades de su boca mientras mi semen le llenaba la garganta y he intentado convencerme de que eran pesadillas.
O a lo mejor no es masoquismo. Tal vez solo tengo miedo de lo que piense de mí si le revelo mi preciada verdad y le cuento mi historia más oscura.
Aprieto los dientes. Veo en su rostro que es consciente de ello, pero no hace ninguna pregunta ni expresa ninguna preocupación. Me llevo las manos a la espalda por encima de la cabeza y me quito la camiseta; luego dejo caer los brazos a los lados.
—Bájame los pantalones —le ordeno.
Harper se concentra en el vaquero negro; se acerca más, me roza el abdomen con la nariz y la frente.
Me estremezco. Estoy seguro de que se ha dado cuenta, aunque hace como si no percibiera el efecto que ha provocado en mí con un toque tan sencillo y fugaz.
Toda su atención está centrada en bajarme los pantalones por las caderas y los muslos.
Cuando llega a la altura de las rodillas, le digo que se detenga.
—Ahora los calzoncillos —ordeno.
Ella no pierde tiempo en complacerme. Agarra con los dientes la cinturilla de los gayumbos.
Siseo cuando me tira de un par de pelillos del sendero que conduce a mi erección.
Aunque la verdad es que espero que tire del elástico lo máximo posible antes de soltarlo para que me dé en la polla, pero no lo hace, por sorprendente que pueda parecer.
Sigue mordiendo la gomilla y arrastra la prenda hacia abajo para liberar mi erección.
Cuando tengo los calzoncillos en las rodillas junto con los vaqueros, se echa hacia atrás y me observa con atención.
Me detengo; intento descifrar su expresión. E intento mostrarme tal y como soy.
—Abre la boca —digo al fin.
Ella alza una ceja.
—Hemos hecho un trato.
—Lo sé. —Le paso la mano por el pelo. Poco a poco, la agarro con fuerza de la nuca—. Cumpliré con mi palabra.
—Como me cuentes alguna movida hobbit, te muerdo.
El fantasma de una sonrisa me revolotea en los labios, pero no cuaja. Sobre todo porque la necesidad que me recorre el cuerpo es tan desesperada que casi me resulta dolorosa. Harper se humedece el labio pasándose la lengua sin ninguna prisa. Al final, abre la boca.
—Érase una vez… —empiezo la narración mientras le empujo la cabeza hacia mí. La electricidad me crepita en la columna vertebral cuando noto la primera voluta de su exhalación en la punta del pene— un chico llamado Nolan.