Temporada de cosecha (Masacre 2) HUIDA
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HUIDA

HUIDA

Nolan

Permanezco sentado en el coche de alquiler; las luces del salpicadero iluminan la página en blanco de mi libro de scrapbooking. Más allá de la ventana, la oscuridad cae como una mortaja. Pero a través de ella, asomándose entre las hojas del denso follaje, se ve la luz de la casa de Harper.

Doy golpecitos con el bolígrafo en la página, marcando el tiempo mientras miro la vivienda, perdido en mis pensamientos. Y entonces le pongo título a la página.

Harper, 26 de junio.

Sé que recordaré los eventos más importantes, como las exhumaciones o las localizaciones que nombró donde hay otras víctimas de Arthur.

Lo que me da miedo es perder los matices en el mar de caos en el que estamos metidos.

Los pequeños detalles que me den más información sobre cómo romper sus murallas defensivas.

Si reúno esos detalles, podré ver el conjunto.

Y es una tarea que me tranquiliza. Como si la estuviera honrando en estas páginas que primero estaban pensadas para su destrucción.

Noche de karaoke en La Boya y la Baliza.

El Bruma Nocturna.

El gimnasio.

BM y McM: ¿todavía tiene algo?

Las descripciones son escuetas, información suficiente para refrescarme la memoria.

Apunto todo eso de lo que no debería perder el hilo, como que mencionó la noche del karaoke con Jake Hornell y si tendrá o no pistas que la relacionen con McMillan y el tal Bryce Mahoney, sea quien sea.

Y añado lo que he observado de ella hoy.

«Vena en la frente», dice una nota. «No se muerde el labio, intenta que no me dé cuenta de que está estresada».

Me acuerdo de las notas que encontré en la habitación de Sam cuando me colé, las que anotó en las fotografías impresas de Harper, una de las cuales está ahora en el Discord de los Buscasabuesos.

Supongo que mis apuntes no se diferencian tanto de los suyos.

Ni tampoco mi objetivo: encajar todas las piezas y conectar la Harper que conozco con los fantasmas de su pasado.

Cuando cierro el cuaderno y me lo guardo en la mochila, me pregunto si será invasivo catalogar estos detalles y seguir sus pasos.

Pero lo que dije iba en serio. No puedo ayudarla si estoy atrapado en la oscuridad.

Con un suspiro hondo, salgo del SUV y voy hacia la casita.

Al llegar a la puerta, dudo antes de meter la llave de repuesto en la cerradura o coger el pomo.

Siento que es demasiada presión para ella asumir sin más que puedo entrar y salir como si fuera mi casa.

Al menos por ahora. Así que cierro la mano en un puño y llamo tres veces a la puerta con suavidad.

Unos segundos más tarde, Harper abre la puerta confundida.

—Ey —saludo.

—¿Por qué no has usado la llave?

A lo mejor le estoy dando demasiadas vueltas a las cosas, a juzgar por la profunda confusión que tiene escrita en la cara. Después de todo, es una persona práctica.

—No quería molestar.

Ella entrecierra los ojos.

—Pero vives aquí.

—Temporalmente.

Dios. No sé si lo estoy mejorando o empeorando. Su enfado adquiere un borde letal.

—Cierto. Bueno, por ahora, puedes entrar sin más, Nolan. —Abre del todo la puerta y da un paso atrás—. ¿Quieres una cerveza? Justo iba a hacer algo de cena.

—Claro —digo, y me detengo lo suficiente para darle un beso en la mejilla al pasar. El alivio me sacude los huesos cuando ella se deja caer contra mi roce—. Voy a echarte una mano.

Me quito las botas y la sigo, pero ella se detiene de repente en medio del salón y se gira para mirarme. Abre la boca, la cierra y la vuelve a abrir, como si las palabras se le hubieran quedado atascadas en la garganta.

—¿Pasa algo? —inquiero.

La pregunta apenas me ha pasado por los labios cuando dice:

—¿Tú has movido el caballo negro de mi tablero de ajedrez?

Miro hacia el tablero. El peón blanco que ayer había avanzado dos espacios ha vuelto a su sitio, la partida se reinicia.

El desconsuelo me cae sobre los hombros.

Debe de significar mucho más para ella de lo que yo creía.

A lo mejor tiene una forma particular de colocar las piezas y, cuando yo moví el caballo ayer, lo puse mal.

Quizá un par de milímetros demasiado hacia un lado o girado un poco en el ángulo equivocado.

Si ese tablero es su modo de sentir que tiene el control de un mundo que parece caótico o si está relacionado con su pasado traumático, a lo mejor he profanado su santuario con el más mínimo cambio.

—Sí —respondo—, lo moví. Lo siento, no me di cuenta de que tenía algún significado. —Aunque me preocupaba que se enfadara, parece aliviada, por sorprendente que resulte.

—Creía que me estaba volviendo loca —contesta soltando un largo suspiro—. No pasa nada. Es solo… una cosa. Mía.

Esboza una leve sonrisa; tiene los rasgos menos marcados por el estrés cuando señala la cocina con la cabeza.

Odio tener que hacer estallar su recién encontrada burbuja de consuelo, pero entre nosotros sigue habiendo muchos obstáculos que debemos superar.

Espero hasta que abre dos cervezas y me indica que corte las verduras; entonces digo:

—Creo que tenemos mucho de qué hablar.

—Sí —admite sin levantar la mirada del pescado al que le está quitando la espina—.

Por ejemplo, ¿has conocido a Maxine Yates en el centro de voluntarios?

Lukas casi implosiona en la destilería. Nunca lo había visto tan descolocado.

Está pilladísimo de ella desde que tenía siete años.

El tío también es un manta. He intentado hacer de celestina, pero se ha estampado en cuanto ha echado a volar solo.

Contengo una sonrisa porque no quiero por nada del mundo que ella la vea, por si acaso se cree que esa táctica logra despistarme.

—Más bien tenía en mente que empezáramos por Bryce Mahoney, aunque sin duda a eso tenemos que volver.

El rubor le sube por el cuello y carraspea.

—Ese tío. Ya.

—Déjame adivinar. ¿Ha pasado por el Monstruo de las Galletas y ahora está sirviendo de abono a tus galardonadas flores?

—Sí. En su mayoría.

—¿Qué quieres decir con «en su mayoría»?

Harper se encoge de hombros; sigue sin mirarme a los ojos. Por un momento creo que no va a responder o que va a darle la vuelta a la tortilla, como le gusta hacer si la presionan. Sobre todo cuando dice:

—¿Recuerdas cuando nos conocimos en El Grano?

Por supuesto que me acuerdo, joder. En cuanto crucé la puerta de la cafetería, me sentí atraído hacia ella como un imán.

Fue lo único que vi, aunque estuviera de espaldas a mí.

Ese pelo oscuro y brillante. Esas piernas largas, los músculos fuertes y definidos.

Incluso esas putas botas. ¿Desde cuándo las botas de trabajo son sexis?

Recuerdo que intenté decir algo ingenioso o divertido, pero lo que se me ocurrió fue: «¿Me recomiendas algo? ».

Y, en cuanto se dio la vuelta, germinaron las primeras semillas de mi obsesión. Una obsesión que ha seguido creciendo a pesar de todos los planes que estuve organizando con cuidado durante cuatro años. Una obsesión que no quiero que se acabe nunca.

Carraspeo.

—Sí, creo que me acuerdo —digo—. Parecías un tanto… aturullada. A lo mejor te gustó lo que viste cuando te diste la vuelta.

Eso hace que me gane una mirada punzante, un intento de ocultar el rubor fiero que se le ha subido a las mejillas.

—O a lo mejor es porque no tenía en la mano un bocata de fiambre…

—De eso me di cuenta enseguida.

—… sino la tibia cortada de Bryce Mahoney con una placa de titanio. Digamos que fue una chuche que al Monstruo de las Galletas no le hizo mucha gracia.

La miro fijamente con cara de póker, procesando la información. Un hueso humano envuelto en papel de aluminio. Eso es lo que llevaba en el bolso. Y sacó el hueso en medio de una cafetería abarrotada de gente para buscar unas monedas sueltas. Y luego afirmó que era un bocadillo.

—¿Qué? —dice siguiendo el hilo de pensamientos que no he pronunciado en voz alta—. Nadie hace preguntas a menos que parezcas sospechoso.

—Tu explicación de las rodajas de fiambre fue un tanto sospechosa.

—Y, aun así, no la pusiste en duda. Así que… —Se encoge de hombros y se gira para mirarme. Se me acerca; me clava los ojos en los labios de una forma que provoca que la polla se me ponga dura en cuestión de segundos—. A mí me parece que ese es tu problema.

Sé lo que está haciendo: azuzando el fuego de la necesidad que siempre arde por ella. Distraerme de la seriedad de todo lo que amenaza con machacarnos. Y, de todas formas, suelto una risita; me inclino hacia su calor.

—¿Y dónde está ese hueso ahora? Porque me imagino que no pretendías colocarlo en tu lecho de flores junto a un gnomo del jardín.

—Los gnomos de jardín son demasiado chabacanos para el gusto de Arthur Lancaster. —Da un paso atrás, se vuelve a centrar en el pescado y lo pone en una bandeja de cerámica—. Está en mi bolso.

—Tu bolso. ¿Te refieres al que está ahí, junto a la puerta principal?

Desvía los ojos a los ganchos de la pared donde está colgado el bolso con el que la vi aquel día, al lado del chubasquero Arc’teryx. Ladea la cabeza; luego se vuelve hacia mí para lavarse las manos.

—Sí.

—Aquello fue… ¿hace tres semanas?

—Me distraje un poquito. —Me mira por encima del hombro y me lanza una sonrisa sarcástica—. Un gilipollas llamado Nolan Rhodes vino al pueblo a matarme y dejó una cabeza cortada en mi comedero para pájaros. He estado demasiado ocupada dejándolo por los suelos básicamente en todo.

Espero hasta que se centra de nuevo en el fregadero para pasarle un brazo por la cintura y levantarla del suelo. Su grito de sorpresa se transforma en una carcajada cuando le clavo los dedos en el costado y le hago cosquillas.