PROPAGACIÓN #3
No sé si alguna vez he escuchado a alguien referirse a Arthur como un «hombre dulce y maravilloso».
Ni siquiera a Lukas. Ni siquiera yo. Dios, hasta te puedo garantizar que él mismo tampoco se describiría así.
Incluso tal vez hasta le cabree enterarse de que alguien dice eso de él.
Pero Max parece convencida de la percepción que tiene del viejo, porque no hace más que repetirlo mientras se pasa un dedo con una manicura perfecta por debajo de las pestañas.
—En general está bien —aclara Lukas, que extiende una mano para tocarle el brazo, inseguro. La llama de los ojos le arde con más intensidad, pero la ahoga al apartar los dedos—. Harper vive en la casa anexa y lo ha estado ayudando mucho.
Max se vuelve hacia mí con una sonrisa agridulce.
—Eso está genial. Estoy segura de que te lo agradece muchísimo.
—Menos cuando me meto con él por sus zapatos —digo, y me gano una carcajada tintineante de la chica.
Reanudamos la caminata por el sendero; a ambos lados el resto de voluntarios recorren los prados cubiertos de maleza y el bosque. Avanzamos en silencio, con los ojos en el suelo, pero dudo que Lukas y Max se estén centrando en la búsqueda más que yo. Y no ayudo demasiado si me quedo entre ellos.
Apoyo una rodilla en el suelo y me toqueteo los cordones; cuando me levanto y los alcanzo, me coloco al otro lado de Lukas para que se quede en medio.
—Arthur se ha alegrado mucho de que este sitio resucite. ¿Sabías que Lukas ha estado reformando él solito el edificio principal de la destilería? —pregunto una vez volvemos a pillar el ritmo de la caminata.
—Yo no diría que…
—Pues sí, lo cierto es que sí —interviene ella cuando Lukas intenta dispararse en el pie.
Él suena sorprendido de verdad y puede que incluso un tanto esperanzado cuando dice:
—¿Lo sabías?
—Me he mantenido al día de unas cuantas cosas, sí. —Se le ponen tan rojas las mejillas que tiene que apartar la mirada—. Me parece genial que le vuelvas a dar uso. ¿Todavía te quedan botellas de aquel whisky reserva Lancaster de chocolate?
Lukas suelta una larga bocanada de aire y se pasa una mano por el pelo negro y corto.
—Tal vez. He estado tan ocupado poniendo todo a punto y en marcha que no me ha dado tiempo a comprobar todos los barriles que hay en la vieja bodega.
—¿Te acuerdas de aquella pijamada cuando teníamos nueve años y nos colamos en el estudio de Arthur para probarlo?
—¿Y que le di un trago y lo escupí por encima de todas las putas notas que tenía en el escritorio? Sí, lo recuerdo. —La sonrisa brillante de Lukas se vuelve algo agridulce—. No sabía a chocolate.
—Nop —dice Maxine; su voz parece un eco de la sonrisa de Lukas.
Aunque por un instante albergo la esperanza de que este recuerdo compartido le dé un empujón a la conversación, no es así. Un silencio pesado cae encima de nuestro grupo antes de que me lance a intentarlo otra vez.
—¿Sabes? Hace un rato Lukas y yo estábamos hablando de nuevas ideas comerciales para cuando la destilería esté en marcha, como por ejemplo incluirla como parada en la ruta de fantasmas.
A lo mejor deberíais hacer piña para desarrollar un menú de cócteles usando los whiskys Lancaster o Lukas podría ponerle el nombre de tu hotel a una nueva tanda.
Lukas vocaliza la palabra «no» al mismo tiempo que a Maxine se le ilumina el rostro, así que es incapaz de ver cómo ha reaccionado él.
—Ay, Dios mío, sí. Es justo el tipo de cosas que me interesan. Quiero lograr que el hotel encaje de verdad en Cabo Masacre, ¿sabes? Apoyarme en la historia y el ambientillo, así que cualquier colaboración con la destilería Lancaster vendría genial.
—Hala, ¡qué guay! —exclamo, y doy unas palmaditas mientras a Lukas casi se le salen los ojos de la cara—. Sé que Lukas siempre está buscando nuevas ideas de negocio. Justo a tiempo, ¿verdad, Lukas?
—Eh…
Me saco el móvil del bolsillo.
—Ay, perdón, me están llamando. —Es mentira—. Será mejor que conteste. Es Nolan. —Otra mentira—. Qué ganas de escuchar todas las ideas que se os ocurran. Me ha encantado conocerte, Max… Estoy segura de que nos veremos pronto.
Eso sí que es verdad.
Me despido con la mano y finjo que desbloqueo el teléfono y acepto la llamada, luego me doy la vuelta y me alejo.
Digo unas cuantas frases falsas e intercalo algunas pausas hasta que me detengo bajo las ramas de un roble.
Entonces me pongo a revisar las notificaciones.
Un post de Instagram de Cabo Masacre alabando el jardín de Sarah Winkle.
Zorra confabuladora y lameculos. Otra actualización del servidor de Discord, y el corazón se me sube a la garganta mientras abro la aplicación.
Menos mal que solo es una charleta sobre La Pluma llena de especulaciones y datos incorrectos, y nadie ha sacado mi nombre a relucir. Todavía. Y luego un mensaje de Lukas.
Eres la peor mentirosa de la historia de los mentirosos. No te llamaba nadie.
Le lanzo una sonrisilla de suficiencia a la pantalla y escribo la respuesta.
Soy una mentirosa MARAVILLOSA, cuando quiero. Y también soy una celestina estupenda. Así que guarda el puto móvil y habla con la chica para que os podáis enamorar, echar un polvo y vivir felices y comer perdices, por el amor de Dios. Eres insufrible.
Cada día te odio más.
Ese es el espíritu.
Me guardo el teléfono en el bolsillo y me alejo de la parejita a propósito.
No me pierdo detalle de sus interacciones, pero no me acerco demasiado para no presionarlos.
Aunque tampoco es que importe. A pesar de mi impresionante habilidad de alcahueta, el par de dos se separa diez minutos después de mi llamada imaginaria y cada vez se alejan más y más.
Me voy un rato para comprobar cómo está Arthur y hacerle una cena rápida; para cuando vuelvo a la destilería, Maxine se ha pirado de nuestra expedición. No puedo culparla.
Ya es de noche cuando los pocos voluntarios que quedamos admitimos que los enjambres de mosquitos y moscas negras nos han derrotado. Espero mientras todos se marchan y me quedo a solas con Lukas.
Me giro hacia él, y estoy bastante segura de que sabe lo que le voy a decir antes de que abra la boca.
—Te quiero como a un hermano, Lukas Lancaster, pero eres tonto.
Y entonces lo dejo ahí plantado para que se lama las heridas sin curar en la oscuridad.
Son casi las nueve de la noche cuando cruzo la puerta de casa.
Me llega un mensaje de Nolan justo cuando voy hacia la cocina con pasos cansados.
«Llego a tu casa en diez minutos», dice, y le respondo con un pulgar hacia arriba mientras saco una cerveza de la puerta de la nevera.
Ni siquiera me molesto en comer algo o en quitarme el peto, el cual está salpicado de barro seco y zarzas.
Sí que extiendo una manta encima del sofá limpio, me tumbo y pongo Sobreviviendo al amor porque necesito vaciarme el cerebro.
Lo siento antes de verlo. La carne se me hiela por debajo de la epidermis.
En el tablero de ajedrez, el caballo negro está en la casilla c6.