PROPAGACIÓN #2
Me acerco a un escritorio que hay debajo de una de las ventanas y reviso los papeles amarillentos que hay esparcidos por encima.
Recibos con los bordes doblados. Un libro de registro de las entregas de cereales; el cuero está cubierto de un moho con cierto aspecto de terciopelo.
Cojo un Almanaque del granjero y le limpio el polvo a la cubierta.
«Previsiones meteorológicas de todas las regiones», anuncia, junto con guías de pesca, secretos del zodiaco, tablas de plantación e incluso «misterios del universo».
Resoplo, pero paso las páginas de todos modos hasta que llego a una que tiene un marcapáginas.
En la página sesenta y ocho hay un artículo titulado «Historia de dos barcos», un relato sobre un velero de un solo mástil llamado El Hijo del Jueves que batió el récord de velocidad que hasta entonces había ostentado durante ciento treinta y cinco años un barco mucho más grande, La Nube Voladora.
No obstante, lo que me interesa es la página sesenta y nueve.
Falta la parte inferior de la hoja y arriba hay una nota escrita por encima de la letra de imprenta:
¡Cómo brillas, paisaje inundado, alumbra do por los rayos que perforan el cielo nublado!
No es la letra de Arthur. No sé qué significa, ni quién lo escribió ni por qué.
Tiene algo extraño que resulta escalofriante, como si hubiera estado pensado para desintegrarse aquí, no para que nadie lo descubriera.
Siento que estoy colándome en algo privado.
Una correspondencia que ha quedado para la historia, donde está claro que Arthur quiso que se quedara, junto con todo lo que no pudo soportar mantener con vida cuando Poppy murió.
Suelto el almanaque. Luego vuelvo al centro de la estancia; dejo que la mochila se me escurra de los hombros antes de dejarla en el suelo con cuidado. Miro hacia atrás como si alguien me estuviera vigilando. Pero estoy sola.
Abro la cremallera y saco el maletín de asesino de Arthur.
—No creo que lo vayas a necesitar más, viejo —susurro mientras acaricio los petirrojos repujados en el lateral de la bolsa de cuero.
Detengo los dedos sobre la cremallera antes de abrirla.
Las emociones se me arremolinan en el pecho cuando miro el adorado Libro de los muertos, un libro encuadernado en cuero donde Arthur llevaba el registro de los venenos, lugares de enterramiento y nombres de toda la gente que ha matado.
Hay páginas y páginas de teorías de lo que sucedió con La Pluma después de que asesinara a Poppy, décadas dedicadas a perseguir a un fantasma.
Contiene una angustia que no soporto leer.
Siento que está mal que me consuele tener entre las manos este registro tanto de sus crímenes como de ese duelo que no ha superado. Pero así es.
Abro el libro por la última hoja en blanco y miro la bolsa de plástico que llevo en la mochila abierta, en la que está la ropa de Peter Evanston.
Quizá debería apuntar su nombre en el libro.
Un último asesinato. Sin embargo, no me parece igual que los demás.
No parece típico de... Arthur. Este libro es el trabajo de su vida, más que cualquiera de las empresas que ha llevado, más que su querido jardín.
Mantener a salvo Cabo Masacre fue su misión y sé que sintió que había fallado cuando perdió a su hija.
Y, durante todos los años que han pasado, ha intentado compensarlo.
Peter Evanston no parece pertenecer a su legado.
Cierro el libro con un suspiro. Rebusco en el maletín para sacar un par de viales de veneno y me los guardo en la mochila.
Luego subo por la vieja escalera que hay clavada a la pared y oculto el maletín y la ropa del señor Evanston en el altillo; los meto en un hueco que hay entre las vigas y las tablas del techo.
Le echo un último vistazo al escondite, bajo y recupero mi mochila.
Estoy a punto de ir hacia la puerta cuando oigo a dos personas hablando al otro lado de la ventana. Pero lo que de verdad me llama la atención no es que haya gente tan cerca del sitio donde estoy husmeando, sino la tensión que envuelve una voz familiar.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Lukas.
—Me han dicho que necesitabas ayuda buscando a un par de personas desaparecidas —responde una mujer. Hay cierta preocupación en su tono, una disculpa que no ha pronunciado flota en el aire.
—No me refiero a aquí en plan «aquí». Aquí en Cabo Masacre.
—Eh… Me surgió la oportunidad de…
—¿Cuánto tiempo te quedas?
Vaya con Lukas. No es nada propio de él interrumpir a alguien, a menos que sea yo cuando Arthur está a punto de lanzarme a los leones criticones.
Pero detrás de esas palabras entrecortadas se oyen mil pensamientos: miedo y vergüenza, anhelo y dolor.
Y madre mía. No tengo ni que limpiar la mugre de la ventana para saber con quién está hablando.
El amor de su vida, el no correspondido. La chica de la que ha estado pillado desde que era pequeño. La razón de su virginidad autoimpuesta. Creo. Eso todavía no lo he decidido.
Maxine Yates.
Me acerco de puntillas a la entrada y echo el cerrojo a toda prisa antes de rodear el edificio corriendo para poder hacerle de celestina a Lukas Lancaster…
Aunque primero se las tengo que hacer pasar canutas, claro.
Cuando doblo la esquina, Lukas y Maxine están tan tiesos que cualquiera diría que los he pillado enrollándose, aunque se encuentran a casi medio metro de distancia.
Y ahora entiendo ese posible celibato autoimpuesto.
Maxine es guapísima. Tiene unas largas ondas pelirrojas que se ha apartado de la cara y le caen por la espalda como una cascada.
Se puede percibir un cuerpo delgado bajo la camiseta de tirantes de seda y unos vaqueros que parecen demasiado caros para patearse una propiedad en ruinas.
Tiene los pómulos altos, la piel pecosa y una naricilla perfecta.
Todo en ella resulta delicado. Aun así, sus ojos de un color azul polar muestran la verdad.
Esta mujer es lista. Puede que por fuera parezca pulcra y correcta, pero eso solo es la funda de una cuchilla más afilada.
Ya me cae bien.
Estoy bastante segura de estar lanzando chiribitas perversas por los ojos cuando me acerco a Maxine y a Lukas, que tiene pinta de sentirse incomodísimo.
—Hola —saludo acercándome a ella—. ¿Has venido a la fiesta?
—Supongo que sí. —Esboza una sonrisa avergonzada mientras Lukas dice:
—Yo no lo llamaría «fiesta» precisamente.
Después de dedicarle una mirada crítica a Lukas, la chica me estrecha la mano con energía.
—Soy Maxine.
—Ah, Maxine. Hola. Encantada de conocerte. Yo soy Harper —respondo. Lukas me está perforando la mejilla con los ojos, pero yo no hago más que ensanchar la sonrisa—. Eres la hija del sheriff, ¿verdad? He oído hablar mucho de ti.
Se pone roja por debajo de las pecas. Casi siento las ganas que tiene de mirar a Lukas para comprobar su nivel de incomodidad, aunque se contiene.
—Espero que solo cosas buenas.
—Ah, sin duda. Salvo aquella vez que Lukas y tú cubristeis la casa de Sarah Winkle con papel higiénico. —«Y aquella vez que te fuiste de Cabo Masacre en plena noche y rompiste el frágil corazón de Lukas Lancaster»—. Pero, aparte de eso, sí. Solo cosas buenas.
Ella esboza una sonrisa resplandeciente que le ilumina toda la cara.
—Me había olvidado de aquello. Mi padre me hizo quitar todo el papel y limpiarle el enlucido con agua a presión. ¿Sigue siendo una zorra arisca?
—Sí, cómo no. Para mí, con esa broma, te convertiste en la heroína del pueblo.
Miro a Lukas, que parece querer fundirse con el suelo y desaparecer. Puede que sea incluso mejor que lanzarlo a los leones criticones de Arthur.
—¡Es Maxine! —exclamo sacudiendo las manos.
Lukas carraspea; el dolor enjaulado y el anhelo y el deseo se debaten tras esa máscara de indiferencia.
—Sip. Gracias por la observación.
—Esto es genial —comento mientras señalo hacia el camino que se adentra en la propiedad. La chica echa a andar conmigo; Lukas nos sigue como una sombra taciturna—. Bueno, Maxine, ¿qué te ha traído a Cabo Masacre? ¿Has venido a ver a la familia?
—Llámame Max. Y he venido por trabajo, aunque siempre viene bien ponerse al día con la familia y los amigos.
Lukas tose como si se acabara de atragantar con el aire. Cuando nos giramos a mirarlo, nos hace un gesto con la mano.
—Me he tragado un bicho —espeta, todavía tosiendo—. Se me ha quedado atascado en la garganta.
—Qué asco. —Lukas me lanza la mirada más letal del mundo. Respondo con una sonrisa antes de volverme hacia nuestra acompañante—. Bueno, decías que venías por trabajo. ¿A qué te dedicas?
—Pues me dedico a la hostelería —contesta. Sus ojos cristalinos adquieren un brillo de determinación. Intuyo que es una mujer que tiene algo que demostrar y eso me gusta—. Trabajo para Propiedades Viceroy: vamos a construir un nuevo resort boutique en el río Ballantyne.
Se me van los ojos a Lukas, que parece tan sorprendido como yo.
—¿El terreno que era de Arthur? —pregunto centrándome otra vez en Max.
—Sí, eso parece. Empecé a trabajar la semana pasada, así que me he enterado de camino aquí. —Max suaviza los delicados rasgos cuando se vuelve para mirar a Lukas—. ¿Cómo está Arthur? ¿Se encuentra bien? Debe de tener, ¿qué?, ¿ochenta y siete años?
—Ochenta y ocho, en realidad —responde Lukas—. Está más o menos. Tiene alzhéimer. Pero todavía vive en casa, de momento. Sigue encabezonado en derrotar a Sarah Winkle en el concurso anual de jardinería.
Max se tambalea. Se lleva la mano al corazón. No es un mero gesto de empatía. Parece que la noticia la ha aturdido de verdad; frunce las cejas, el brillo se le acumula en la línea de las pestañas.
—¿Alzhéimer? Madre mía, lo siento muchísimo. Arthur es un hombre muy dulce y maravilloso.