Temporada de cosecha (Masacre 2) PROPAGACIÓN
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Harper

Soy la peor casi novia del mundo.

No le conté a Nolan lo de Bryce Mahoney.

Siendo sincera, ni siquiera se me pasó por la cabeza.

Tampoco es que se me ocurriera que tenía que saberlo, a pesar de que sujetaba un trozo de su tibia envuelta en aluminio cuando nos conocimos.

¿O me estoy mintiendo? ¿A lo mejor sí que me lo planteé y decidí no contárselo?

Las palabras de Nolan me resuenan en la cabeza.

«Tienes que confiar en mí». ¿De verdad sería todo más fácil si lo hiciera?

¿O solo me arriesgaría a ponerlo a él en el punto de mira de un pasado que me está pisando los talones?

¿O todavía hay un miedo latente adormecido en algún rincón de mi interior porque podría tenderle la pala para que me entierre si comparto hasta el último de mis secretos?

Después de todo, vino aquí para matarme. ¿Qué haría con semejante poder?

Desconozco la respuesta a todas esas preguntas.

He perdido a todas las personas que he amado y ahora estoy perdiendo a Arthur poquito a poco cada día, pues se está desmoronando a cámara lenta.

No sé si puedo soportar querer y perder a alguien más.

Sobre todo porque sé que el amor me consumiría.

Por eso he salido de la tienda y me he alejado de Nolan cuando me ha suplicado que confíe en él.

Suspiro y levanto la vista hacia la destilería.

Las puertas están cubiertas con la cinta policial y hay un agente patrullando el perímetro.

A través de los cristales emplomados se ve un equipo de investigadores forenses con trajes de protección.

El corazón me tiembla por debajo del esternón.

A saber qué encuentran o qué se nos pasó por alto a Nolan y a mí.

No me siento culpable por haber matado a Sam, solo satisfecha.

Es la misma sensación de realización que me embarga cuando me pongo en la puerta de la mansión y miro hacia el jardín decorativo.

Pero todavía tengo el miedo a que me pillen clavado en el cerebro como si fuera una espina.

—Espero que acaben pronto —dice Lukas deteniéndose a mi lado.

Cuando alzo la cabeza para mirarlo, tiene la preocupación tan incrustada en los rasgos que parece que se le ha mudado a la cara y ha empezado a pagar el alquiler—.

Como no se den prisa, no voy a tenerla lista para el festival Sabores de Terror.

—Mira el lado bueno: estamos en Cabo Masacre, le vendrá bien al negocio. A lo mejor puedes incluir la destilería en el tour de Fantasmas y Cementerios de Masacre. Invéntate bebidas nuevas. Whisky Espectral. La Banshee Barbitúrica. Mataborrachos de Masacre…

—Dios, Harper. Eso es muy macabro. Aquí ha muerto gente.

—Eh, lo único que vende mejor que las tetas es la muerte. Al menos en este pueblo.

Lukas ladea la cabeza.

—¿Eso crees?

—Lo sé. Henry lo está petando con Cadáveres a Medida. He oído que se ha comprado un barco nuevo —digo.

Lukas suelta un «mmm» pensativo. Me juego lo que sea a que mañana por la mañana tendrá concebido un plan de negocio completo con esa idea.

—A lo mejor tienes razón. Aunque no estoy seguro de qué le parecerá al aguafiestas.

—Deberías preguntárselo. Te apuesto lo que quieras a que le encantaría poner su granito de arena.

—Intento no sonar demasiado alegre cuando me vengo arriba—.

La verdad es que me estoy planteando si los suplementos de vitamina B 12 le están ayudando con los problemas de memoria. Ha tenido una mañana estupenda.

Lukas tan solo me dedica una mirada breve; se esfuerza por ocultar la compasión de sus ojos.

—Por las mañanas suele estar mejor.

—Sí, pero ha recordado cosas que ocurrieron hace poco, no solo cosas del pasado lejano.

Lukas se gira para mirarme a la cara; esta vez no disimula su pena con una máscara.

—Harper, es que no quiero que te hagas ilusiones y que luego te explote en la cara.

Ambos sabemos lo que significa su diagnóstico.

Aunque la B 12 le venga bien…, y de verdad espero que sí, los síntomas no van a estabilizarse para siempre.

—Lukas me pone una mano en el brazo y a mí me pican los ojos—.

Mira… tengo cita para ir a ver Pinos Susurrantes en agosto, cuando con suerte las cosas vuelvan a su cauce con la inauguración de la destilería.

Me encantaría que vinieras conmigo a verlo, en serio.

Le he estado echando un vistazo al programa de cuidados de la memoria y, llegado el momento, cuando tú y yo estemos de acuerdo, creo que le vendría muy bien estar allí.

Siento como si unos cuchillos se me deslizaran por la garganta al decir:

—Sí. Por supuesto. Quiero estar ahí.

Bajo la mirada a la hierba y la mantengo ahí mientras permanecemos en silencio. Noto el sabor de la sangre antes de darme cuenta de que me he mordido el labio. Cuando me lo toco, los dedos se me manchan de color carmesí.

—Ay, Harper. Dios, me tienes tan preocupado —dice Lukas abrazándome. Huele a serrín y a vainilla y cierro los ojos cuando me dejo llevar por ese gesto tan reconfortante.

—No lo sientas, Lukas. Sé que estás haciendo lo correcto.

Es solo que… —Carraspeo antes de que se me rompa la voz.

No es un futuro al que ninguno de los dos quiera enfrentarse y soy consciente de que él no tiene más ganas que yo de verse en esa tesitura—.

Es que es jodido que te cagas. Y triste. E injusto.

—Sí. Es una putada. Pero vamos a dar juntos cada paso, ¿de acuerdo? —Me estrecha más fuerte. Le devuelvo el apretón—. Sabes que eres como una hermana para mí y que te quiero, ¿verdad?

Asiento contra su pecho.

—Yo también te quiero.

Nos quedamos un buen rato así, meciéndonos como la hierba. Siento que parte de la tensión se me afloja del cuerpo, y que a Lukas también le pasa. Le doy un último achuchón y lo suelto.

—Venga. —Fuerzo una sonrisa mientras recojo la mochila del suelo y me la coloco a la espalda—. Vamos a ponernos con la búsqueda antes de que la gente empiece a pensar que nos vamos de cita al Bruma Nocturna.

—Qué asco.

—Asquerosísimo.

Nos sonreímos el uno al otro, luego nos acercamos al pequeño grupo de voluntarios y extendemos el mapa en la mesa de pícnic destartalada que hay detrás de la destilería para decidir cuál es la mejor ruta para recorrer el terreno.

Convenimos repartirnos por toda la propiedad para cubrir primero las zonas de pasto y de árboles dispersos, así mañana nos adentraremos en el terreno más duro, ya que dispondremos de más horas de sol.

Avanzamos de forma metódica por el claro en grupos pequeños, con los ojos en el suelo, buscando pistas de McMillan o Hornell que sé que no vamos a encontrar.

Me desvío hacia los edificios anexos de la destilería, mido los pasos y, por el rabillo del ojo, no pierdo de vista al grupo.

Sin embargo, por mucho que parezca que estoy con ellos, me encuentro en otra parte.

Me llaman los huesos crujientes del edificio en ruinas.

Me convocan los cristales rotos que ocultan los secretos de una leyenda anónima. Tengo mi propio objetivo. El granero.

Nunca he entrado, pero Arthur me ha hablado de él.

Es el primer sitio donde empezó a enterrar cuerpos.

Escondió aquí a su primera víctima cuando tenía dieciséis años, antes de heredar la riqueza, las propiedades y los negocios del legado Lancaster.

Sé que aquí no hay nada de McMillan ni tampoco de los demás, claro.

Este cementerio secreto quedó abandonado mucho antes de que se cerrara la destilería, pues Arthur no pudo soportar hacerse cargo del negocio tras la muerte de Poppy.

Aunque, en cierto modo, siento que lo correcto es comprobarlo ahora y enterrar algo especial aquí.

Me deslizo por el lateral del edificio sin que nadie me vea y me dirijo hacia la puerta, cerrada con una barra de acero y un candado enorme.

Por suerte, tengo la llave maestra de todas las cerraduras secretas de Arthur.

Me saco las llaves del bolsillo, selecciono una llave Abloy sin inscribir y luego la introduzco en las muescas.

Miro a mi alrededor por última vez, quito el cerrojo y entro en el granero.

El aire está cargado con el olor a mosto, humedad y polvo de centeno.

De las vigas cuelgan telarañas. Por el suelo hay tirados sacos vacíos, las fibras de polietileno mordisqueadas por unos roedores que murieron hace mucho bajo las tablas de madera.

Paso la punta de la bota por uno de los sacos podridos para limpiarle el polvo a las letras.

Son iguales que los que sacamos del río Ballantyne llenos de huesos.

Aunque me siento aliviada porque conseguimos desenterrar todos los cuerpos antes de que se firmara la venta de la propiedad, sería ingenua si pensara que no estamos en peligro.

Sobre todo porque bajo mis pies hay enterrados dieciséis cadáveres.

—Ay, Arthur —digo después de suspirar—. Me estás haciendo pagar todas las bromas que te he hecho sobre los Christina Ricci, ¿a que sí?

Ahora no puedo hacer nada con estos cuerpos; tan solo esperar que estén tan hondos y viejos y descompuestos que nadie los encuentre. Pero al menos parece que nadie ha tocado nada.