Temporada de cosecha (Masacre 2) PLAGA #3
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PLAGA #3

Como si llevara toda la vida haciéndolo, se saca un trozo de carne deshidratada de uno de los bolsillos del peto y estira la mano.

Reinona clava la mirada en la chuche y enseguida se sienta como si estuviera en el maldito concurso de perros de Westminster.

Sigo sin haber decidido si esa cecina es de ternera de verdad.

Por lo que sé, podría estar dándole a Reinona un trocito del propio Peter Evanston.

No me debería resultar adorable, aunque sea mórbido, imaginarme a Harper metiendo lonchas de Peter en un deshidratador… , pero en cierto modo me lo parece.

Me paso una mano por la cara. «Hostia puta, ¿qué estoy haciendo con mi vida?».

—Me cago en mi vida —dice Yates después de soltar un largo silbido mientras la perra devora la chuche y hace una pirueta antes de mirar a la chica con los ojos brillantes de adoración—.

Eres la que susurra a los animales, Harper.

¿Eras entrenadora de perros profesional antes de venir a Cabo Masacre? ¿O lo hacías como hobby de pequeña?

Harper detiene la mano cuando iba a metérsela en el bolsillo, solo un segundo.

Entonces se saca otro trozo de cecina del bolsillo y se lo da a la perra, y Yates la observa con una sonrisa amable, sin malicia en los ojos; solo con lo que cualquiera diría que es admiración.

Es imposible que sepa que, de pequeña, Harper soñaba con ser entrenadora de animales o del fatídico concurso de talentos de sexto, cuando el perro Pips se cagó en el escenario.

Aunque ella sigue teniendo la marca de esa casualidad escrita en la cara, en los labios prietos y en el músculo que se le tensa en la mandíbula.

—No —responde al fin con una sonrisa forzada mientras se limpia las manos en el peto—. Supongo que solo se me da bien.

—Sin duda eres una chica con muchos talentos, Harper Starling —afirma Yates y, antes de que pueda descifrar nada de la expresión de la susodicha, se vuelve hacia la señora Evanston—.

Soy consciente de que es un momento muy difícil para usted, señora, pero haremos todo lo que esté en nuestra mano para encontrar a su marido.

Y la mantendremos al tanto de las novedades, se lo prometo.

Ahora, ¿por qué no va con el ayudante Collins y come algo?

Hemos traído magdalenas veganas. Están en la cantina.

Yates lo saluda con la mano mientras la señora Evanston asiente temblando y recoge a Reinona, que retoma los ladridos en cuanto se encuentra en manos de su dueña.

Nos quedamos mirando a Collins, que la acompaña cogiéndola del codo y la ayuda a abrirse paso entre la multitud.

Cuando ya no pueden escucharnos, Yates vuelve a centrarse en nosotros.

—Qué pena —dice chasqueando la lengua y sacudiendo despacio la cabeza—. Y justo en plena temporada turística. —Suelta un largo suspiro y nos hace un gesto con la mano para que lo sigamos—. Venga, chicos. Vamos a echarles un vistazo a esos mapas.

Harper y yo intercambiamos una escueta mirada punzante antes de seguirlo en fila india para volver a la tienda central.

El hombre se detiene en la mesa, se fija en las manchas de té que hay en el mapa y en mi termo abierto.

Es la primera vez que veo una fisura de verdad en su compostura.

Con cuidado, aparta el papel empapado de la mesa de plástico rayado; tiene una expresión tan fría que quema.

—La próxima vez limpia el estropicio, señor Rhodes. Trata la propiedad de la policía con respeto.

Podría arrancarle la tráquea con mis propias manos. Desgarrarle la carne y los tendones para que su sangre chorree en el suelo. Y, aun así, me siento como si fuera un adolescente delincuente y me hubieran pillado fumando en los baños del instituto.

—Lo siento, señor.

—Ten más cuidado la próxima vez.

Coge un puñado de cordones del escritorio. Con la ayuda de Harper, que sujeta el papel, lo cuelga en la entrada de la tienda con unos ganchitos para que se seque antes al sol. Luego da un paso atrás y supervisa el terreno.

—Ahora que tenemos dos desaparecidos más, debemos ampliar también el radio de búsqueda.

Teniendo en cuenta que tanto McMillan como Hornell era unos bebedores entusiastas, tal vez tengamos que empezar con eso en mente.

Rhodes, ¿tienes voluntarios suficientes para enviar a un grupo que empiece a revisar el bosque de detrás del motel La Cabeza del León?

Justo al sur de este hay un sendero que lleva al lago Loon.

Hay menos de un kilómetro del motel al agua.

A lo mejor decidió darse un chapuzón y no salió.

Harper y yo nos acercamos para mirar por encima del hombro del sheriff y escudriñamos el mapa.

—Podría ir yo. Me conozco la zona bastante bien —propone Harper con una voz fría y firme, como si no le importara lo más mínimo que Yates dijera que no—. Tengo que pasar por la mansión a ver cómo está Arthur, pero luego puedo reunirme allí con el equipo si te sobra gente, Nolan.

Es una puta genia. Debe de tener algo de McMillan que puede colocar en el lago, algo que explique fácilmente que desapareciera porque se ahogó borracho.

A juzgar por el mapa, el lago Loon parece una extensión de agua lo suficientemente grande como para que un equipo busque un cuerpo en el fondo y salga con las manos vacías.

Cojo aire para aceptar su propuesta cuando Yates me interrumpe.

—En realidad —dice, el tono afilado que tenía antes en la voz se ha suavizado—, nos vendrías bien aquí.

—Pasa el dedo por el papel y se detiene en la destilería Lancaster—.

El edificio principal de la destilería está fuera de los límites de la investigación, pero Lukas y tú os conocéis muy bien el terreno y los alrededores.

Te agradecería mucho que te pelearas un poco con él para que nos eche una mano.

Debería disponer de un par de horas de sobra, teniendo en cuenta la situación.

—Sí…, claro —responde Harper y no se me escapa el deje de decepción en sus palabras—. Puedo intentarlo.

Yates echa un vistazo hacia atrás y le sonríe, como si fuera su alumna favorita, mientras que yo sigo siendo el idiota que está castigado.

Casi me deja de latir el corazón cuando se la queda mirando más de lo que debería.

No es nada lascivo ni violento, pero de todas formas siento un cosquilleo incómodo en la base del cráneo.

—Genial —dice el hombre al fin—. Nos sería de gran ayuda. Asignaremos unos cuantos voluntarios que vayan para allá y otro grupo se dirigirá a La Cabeza del León. A lo mejor Bob puede encargarse de ese grupo. ¿Has tomado nota, Rhodes?

Reprimo las ganas de decirle que deje de meter las narices en la búsqueda que me pidió que coordinara, ya que es el sheriff, después de todo. Aun así, me toca las pelotas tener que aceptarlo con un:

—Sí, señor.

—Excelente. —Me da una palmadita en el hombro—. Ahora, a trabajar.

Me clava los dedos en el músculo del hombro por enésima vez y va hacia la entrada de la tienda con grandes zancadas, pero se detiene de repente. Mientras se gira, hay una pausa siniestra. Como si el tiempo se hubiera convertido en una prisión tan mortífera como una espada.

—Ah, a lo mejor tenemos que añadir un tercer tipo a la lista, pero que esto quede de momento entre nosotros.

Parece que solo estuvo aquí de paso hace un par de semanas; sin embargo, no llegó a casa.

Tenía algunos antecedentes penales, por desgracia.

¿Alguno de los dos ha oído hablar de un tal Bryce Mahoney?

Ambos decimos que no. No obstante, aunque yo digo la verdad, sé que Harper miente.

Lo sé por la venilla que le aparece en la sien.

Lo sé por la tensión de sus labios cuando se obliga a no mordérselos.

Se me retuercen las tripas al saber que tiene otro secreto enterrado que está listo para salir a la luz.

—Me lo imaginaba —dice Yates y se levanta el sombrero lo suficiente para rascarse la cabeza—.

No me hace mucha gracia que nos pongamos a buscarlo ya, porque Masacre no fue la única parada de su viaje por carretera.

No hay que molestar más a la alcaldesa Patel, a menos que haya una razón de peso, así que no se lo digáis a nadie.

—Asentimos y Yates curva los labios en una sonrisa que me atormenta—.

Quién habría dicho que se montaría tanto follón en un pueblecito tranquilo como Cabo Masacre, ¿eh?

—Ya —contesto, y contengo el impulso de lanzarle una mirada asesina a Harper—, quién lo habría pensado.

Yates ensancha la sonrisa y luego sale de la tienda dejando atrás un silencio tan denso que podríamos atragantarnos.

No sé qué hay en la destilería Lancaster. O dónde. O cuántos cadáveres o qué tipo de pruebas puede haber allí. Pero sé que no puedo detener a Harper. Sobre todo cuando tiene esa expresión, esa determinación tan afilada que penetra las capas de miedo y frustración que nos separan.

—Debo participar en la búsqueda —susurra adelantándose a cualquier «pero»—. No tengo elección.

—Tienes que confiar en mí. No ahora, lo entiendo —digo volviéndome hacia ella para mirarla a la cara—. Pero no puedo ayudarte si ando a tientas entre tus sombras.

La expresión se le suaviza, solo por un instante. Luego parece centrarse en el peso que cae a plomo en el espacio que nos separa.

—Tengo que irme —dice.

Y antes de que me dé tiempo a suplicarle, se aleja y me deja en la oscuridad.