PLAGA #2
—Creo que deberíamos añadir dos nombres a la búsqueda.
Uno es un hombre que se llama Sean McMillan.
Un turista. Lo tuvimos una noche en comisaría porque montó un numerito en el hospital el 15 de junio.
De hecho… —Yates se detiene, se saca una libretita negra del bolsillo y pasa las páginas—.
Harper, creo que tú estabas ahí cuando sucedió.
Llamaste a una ambulancia para Arthur Lancaster y estuviste con él en el hospital aquella noche, ¿correcto?
Me giro lo suficiente para mirarla, pero ella sigue con los ojos clavados en Yates.
—Sí, estuve allí. Vi a un tipo que empujó a una enfermera.
—Sí, el mismo. —Yates nos muestra una sonrisa débil—.
Lo soltamos a la mañana siguiente con una citación para el día 18; por desgracia, no se presentó en comisaría como debería haber hecho…
Me imaginé que estaría borracho o echándose una siesta para evitarnos, teniendo en cuenta que ese no fue el primer roce que tuvo con la ley.
Pero resulta que tendría que haberse ido del motel La Cabeza del León hace tres días y su familia rellenó ayer el formulario de persona desaparecida.
Harper, ¿viste u oíste algo durante el altercado que nos pueda indicar dónde buscar?
La aludida levanta los ojos al cielo, como si estuviera rebuscando en su memoria. Sacude la cabeza y vuelve a centrarse en el sheriff.
—Nada que yo recuerde, lo siento. El tío no hacía más que gritar sobre que la gente le decía que se calmara. Nada más.
—Ya, eso me parecía a mí. —Yates cierra la libreta y se la guarda otra vez en el bolsillo.
Se da unas palmaditas sobre la tela, las cuales va deteniendo conforme arruga las cejas grises en un gesto pensativo.
El corazón me late a doble velocidad—. Pero, dime…
, ¿es posible que sí que recuerdes algo sobre Jake Hornell?
Después de debatirlo con el consejo municipal, hemos decidido añadirlo también a la lista de desaparecidos.
Por lo que tengo entendido, tú fuiste una de las últimas personas que lo vio antes de que desapareciera. Sería el 6 de junio.
—¿En serio?
—Bueno, eso creo. ¿No es cierto, señor Rhodes?
Yates me observa a mí ahora con la cabeza ladeada como un perro curioso.
Y aunque mantiene una expresión neutra que da escalofríos, no me da la impresión de que sea el golden retriever desaventurado que Harper piensa que es.
Bajo su mirada hay un filo que se parece más bien al de un pastor belga calculando cuánto tardará en clavarte los dientes en el cuello.
La incomodidad me recorre la columna vertebral cuando dice:
—De hecho, cuando viniste a mi despacho a hablar de Sam Porter, me parece que hablamos de que pilotabas el dron. Y de que estaba molestando a Harper, si mal no recuerdo.
Joder. Eso nunca se lo he contado a ella.
Me aclaro la garganta; siento que la sorpresa y el cabreo de Harper me laceran el hombro.
—Eso es, señor.
—Ya sabía que me acordaba bien. —Yates sonríe, se da un golpecito en la sien—.
No era fácil conseguir algo de Sam, pero logré que me diera esas imágenes el día antes de que se cayera en la destilería.
No tuve ocasión de verlas hasta anoche. Harper, parece que tuviste una conversación amistosa con Jake en la puerta del gimnasio.
Una oleada de ira me recorre las venas y me ciega.
Aunque me fijo en la sonrisa agradable del sheriff y esos ojos de camaleón, que parecen más verdes de lo normal, como si reflejaran el chaleco reflectante, en realidad estoy centrado en algo del pasado.
En la imagen de Jake abrazando a Harper.
El recuerdo de la necesidad que se apoderó de mí. La urgencia de arrancarle los brazos.
—Sí, nada del otro mundo —dice ella; su voz suena a que se encoge de hombros, despreocupada.
Por mucho que intento anclarme a esas palabras y sacarme de esta espiral, todo queda en agua de borrajas cuando Yates insiste:
—Yo suponía que Hornell y tú teníais algo. ¿No dijo Bert que os vio juntos un par de veces como en una cita?
—Yo no diría que fueran citas necesariamente… —niega Harper mientras a mí me sube la temperatura del cuerpo—, solo fuimos al karaoke de La Boya y la Baliza un par de veces. Todo el mundo va al karaoke… ya lo sabe.
—Pero creía que Bert había dicho que hace poco estuvisteis en el Bruma Nocturna —persiste Yates.
—No. A lo mejor lo confunde con Nolan. —Harper me toca la mano, que hasta ahora no me había dado cuenta de que tenía apretada en un puño.
«Me cago en mi vida».
Me han metido el cerebro en una batidora y Yates está pulsando todos los botones que le da la gana.
Cuando vuelve a centrarse en mí, no tengo ni puta idea de qué cara estoy poniendo.
Tal vez tengo pinta de que quiero despellejarlo y ponerme su piel como si fuera un puto abrigo.
Pero si se da cuenta, no lo deja ver. Se limita a asentir y a sonreír con los labios apretados.
—Bah, seguramente tengas razón —dice, y hace un gesto como apartando el tema—. Es bastante difícil seguirles el hilo a todos los cotilleos del pueblo, ¿sabes?
—Dímelo a mí.
—Bueno, quizá fuera lo mejor que Hornell y tú no llegarais a nada.
Es mucho mejor quedarse con un buen chico, como aquí el amigo Rhodes —dice Yates agarrándome el brazo con una mano fuerte antes de volver a centrarse en Harper—.
Entonces, ¿el señor Hornell no comentó qué pensaba hacer ese día cuando lo viste?
¿A lo mejor alguien con quien fuera a quedar… ?
—Nada que yo recuerde, no. Solo hablamos del gimnasio. Pero si me acuerdo de algo más, le avisaré.
Yates ensancha la sonrisa y se levanta la visera de la gorra, como si fuera la puta caricatura de un policía de pueblo. Es como si estuviera haciendo los movimientos que se supone que tiene que hacer el hombre que se encuentra dentro del uniforme.
—Te lo agradezco, Harper. —Señala con la cabeza la tienda principal del centro de mando para que lo sigamos.
Le lanzo una mirada de descontento a Harper antes de que sigamos a Yates, y ella me dedica una de acero afilado y determinación de depredador. «Compórtate», dice solo con entrecerrar los ojos.
Aprieto los dientes y miro hacia delante.
—Hornell tenía la mala costumbre de meterse en líos cuando bebía —explica Yates mirando hacia atrás, más a mí que a Harper, mientras nos abrimos paso entre la muchedumbre—, aunque parecía que iba por el buen camino desde que lo multaron por conducir borracho hace seis meses.
—¿No cree que a lo mejor solo se ha ido de fiesta? La gente así suele acabar apareciendo.
Eso es mentira. Sí que suelen aparecer, pero, cuando llevan desaparecidos tanto tiempo como Hornell, lo hacen en una bolsa para cadáveres.
—Sí, eso pensaba yo también. Sin embargo, la alcaldesa opina que debemos añadirlo a la búsqueda, sobre todo porque la señora Evanston está armando una buena en el pueblo y azuzando a la prensa. Si nos ponemos a buscar a uno, pero no al otro, la gente hará preguntas.
—Por supuesto —respondo, y miro hacia atrás, a Harper, para continuar nuestra conversación en silencio.
«Que te largues de aquí mientras puedas, joder», expreso bajando las cejas.
La respuesta que Harper me da sin palabras claramente dice: «Vete a la mierda».
Entorno los ojos y, cuando vuelvo a mirar al frente, casi me como la espalda ancha del sheriff.
Contengo un gruñido al descubrir el obstáculo que nos impide el paso.
El puto perro.
La señora Evanston se aferra a ese diablillo irritante como si fuera un salvavidas y le pregunta al sheriff Yates, con los ojos rojos e hinchados, si hay alguna novedad sobre la búsqueda de su marido.
Me siento mal por ella, aunque su perro sea un carcayú escondido en el pelaje de un bichón maltés que cabría en una taza de té.
Esa horrible bola de pelo se ha pasado toda la mañana intentando atacar a todo el mundo que se le pone a distancia de mordida, al menos cuando la señora Evanston no lo tiene sujeto con su agarre de hierro.
A todo el mundo menos a Harper.
En cuanto la ve, la actitud de la fierecilla cambia por completo. Gimotea. Sacude las piernas diminutas. Le araña el brazo a su dueña.
—Está bien, está bien —dice la señora Evanston, ajustando el arnés de Reinona antes de dejarla en el pavimento—. ¿Qué neura te ha dado?
La perra sale corriendo hacia Harper y levanta las patitas para que la coja en brazos.
—Oh —exclama Harper, y es la primera vez que noto un temblor de inseguridad en su voz. Se agacha para acariciar a la perra. Reinona intenta subírsele al regazo mientras le lame la mano con entusiasmo—. Hola, cosa bonita. ¿Quién eres tú?
La señora Evanston frunce el ceño al acercarse; pasa la mirada de Harper al sheriff de una forma que no me gusta ni un pelo.
—¿Ya… conocías a Reinona? ¿La habías visto?
—No, es que…
—¿Estás segura?
—Me acordaría…
—Parece que te conoce; no se comporta así con nadie, salvo con la familia.
—A la señora Evanston le brillan los ojos por las lágrimas.
El pulso le late en el cuello mientras da un paso adelante y se agacha para mirar mejor a Harper.
Se me tensan las manos de las ganas que tengo de impedir que se acerque más, aunque me quedo plantado en el sitio con Yates a mi lado observando la escena—.
Por favor, estoy buscando a mi marido, Peter.
Se llevó a Reinona a dar un paseo, pero no volvió.
Estaba la pobre sola en el césped. Quizá los viste, hace dos noches…
—Lo siento —dice Harper incorporándose de nuevo. Le pone una mano en el hombro a la mujer, que está temblando—. No los vi. A lo mejor ha olido la cecina que llevo encima para los cuervos. ¿Puedo?