PLAGA
PLAGA
Nolan
Esto es un puto caos. Voluntarios y policía. El ruido de los walkie-talkies y el zumbido de un dron. La prensa merodeando por aquí como buitres. La mujer de Evanston en pleno ataque de pánico, y eso que todavía no sabe que es viuda. El ladrido constante del maldito perro.
Vine a Cabo Masacre para cometer un asesinato y disfrutar del jacuzzi. Me he quedado por una mujer que a lo mejor no me quiere y por el hombre al que mató su mentor.
No son precisamente las vacaciones que tenía en mente.
Me sirvo una taza de té y me meto un maldito sándwich de jamón york en la boca mientras me concentro en los mapas que tengo extendidos delante de mí en la mesa plegable.
Después de una pequeña reunión en el centro de mando que hemos instalado en el aparcamiento de la biblioteca, he enviado a la mayoría de los voluntarios a Simmons Loop, pues estoy bastante seguro de que volverán con las manos vacías, a menos que Arthur Lancaster tenga otro cementerio clandestino del que Harper no me ha informado.
Dejarán atrás los caminos más concurridos para abrirse paso entre colinas y ciénagas.
Es un terreno duro y ya han avisado de que están avanzando despacio.
El resto de los voluntarios se han repartido entre el faro y el cabo.
Dentro de un par de horas, al bajar la marea, un equipo se encargará de las playas estrechas que hay bajo los acantilados del promontorio…
Otro lugar seguro en el que perderán el tiempo.
Pero una sensación de pavor inminente se me aferra a la garganta cuando los ojos se me van a otras zonas del mapa.
Zonas que es posible que Yates me pida que incluya en la búsqueda.
La mina de plata. Los terrenos de la destilería.
Puede que incluso haya otros sitios de enterramiento de los que ni siquiera Harper está al tanto.
Quizá acabo de mandar a un grupo de gente al epicentro de su perdición.
Gruño. La migraña se me extiende por toda la cabeza.
Me saco el móvil del bolsillo. Hay mensajes en el grupo de la familia.
Actualizaciones de redes sociales que no sirven de nada.
Y una notificación del Discord de los Buscasabuesos de hace treinta minutos.
Se me hiela la sangre. Estoy a punto de abrir la aplicación, pero me detengo de repente cuando por el rabillo del ojo veo algo aún más terrorífico.
Unos andares familiares. El pelo largo y oscuro recogido en una cola de caballo alta que se balancea a un lado y a otro. El puto peto.
—Me cago en todo, Harper Starling —siseo.
El té salpica sobre el mapa cuando golpeo la mesa. Me da igual que se empape el papel; salgo corriendo hacia ella. La tía se abre paso entre los voluntarios, pero la agarro de la muñeca antes de que llegue a la mesa de registro.
—¿Qué cojones estás haciendo aquí? —medio susurro medio gruño una vez se da la vuelta para mirarme.
Esboza una sonrisa perversa y me saluda.
—Hola a ti también, bucanero de la búsqueda.
—No sé si es que no tienes habilidades de supervivencia o intentas provocarme un puto infarto.
—Tal vez ambas —dice saludando con la mano y con una sonrisa despreocupada a una mujer que pasa por nuestro lado.
Cuando se gira para centrarse en mí de nuevo, hay un atisbo de incomodidad en su expresión—.
Me pones un montón en modo trabajo, por cierto.
El chaleco reflectante te resalta los ojos.
—No me lo puedo creer, joder.
La agarro otra vez de la muñeca y tiro de ella hacia fuera, para alejarnos de la multitud. No me detengo hasta que estamos lejos del alcance de los oídos de cualquier cotilla. En cuanto la suelto, se cruza de brazos, con un aire de desafío. Me embriaga y me cabrea a partes iguales.
—¿Te importa explicarme qué haces en la puta boca del lobo? —pregunto.
—Lo mismo que tú, Nolan. Camuflarme. Me he dado cuenta de que la gente empezaría a hablar si no me unía a la búsqueda, sobre todo si eres tú el que la está organizando.
¿Te acuerdas de cuánto chisme hubo después de que fuéramos juntos a cenar?
Ha venido todo el mundo y se han traído hasta al perro.
Literalmente. —Hace un gesto con la mano hacia Reinona Asesina, la bestia desgraciada que ladra con una precisión de metrónomo desde los brazos de la señora Evanston.
No me hace ninguna gracia admitirlo, pero Harper tiene razón sobre cómo se percibirá que ella se quede al margen, por mucho que lo odie—.
He cumplido y he hecho una breve aparición, y ahora puedes ponerme con un equipo de poca visibilidad en el cual pueda fingir que me importa una mierda el tío que le pegó a Arthur en toda la cara. Misión cumplida.
—No hace ni media hora había periodistas por aquí —le advierto.
—Lo sé. Están en La Boya y la Baliza, hay dos por uno en almuerzos.
Confía en mí, están entretenidos. Esos rollitos de langosta están…
—Deja las palabras suspendidas en el aire y hace un al bacio dramático antes de volver a centrarse en mí.
De repente, ese aire de diversión que traía ha desaparecido—.
Te prometo que me habré marchado antes de que pidan el flan de caramelo de postre.
De todos modos, quería ponerte al día. Ha pasado algo.
Ladeo la cabeza, entrecierro los ojos.
—¿No tendrá algo que ver con cierta sudadera de Texas Tech, un quemador de incienso o una navaja?
La incomodidad que distinguí en sus rasgos hace un rato se convierte en un destello de miedo.
—¿Qué…?
—Eran tuyos, ¿verdad? Bueno, de tu otra yo.
Se le mueve la nuez de la garganta al tragar saliva; se le tensan los hombros.
—Sí…, pero no. No he venido por eso…
—Ah. Entonces es por el Discord de los Buscasabuesos.
—¿Qué coño?
—¿Qué ha pasado? ¿Alguien ha terminado de organizar la excursión a Masacre? —pregunto mientras saco el móvil del bolsillo para comprobarlo por mí mismo.
—¿Por qué todavía cotilleas el Discord de los Buscasabuesos?
—Por lo mismo que tú, claro. Para tenerlos controlados.
Paso por los mensajes recientes. El corazón vuelve a estrellárseme contra el esternón cuando veo un nombre de usuario que reconozco y una foto que recuerdo haber visto en la habitación de Sam en el hostal El Cabo.
Una en la que sale Harper a lo lejos, de espaldas a la cámara, mientras se aleja de Los Mejunjes Mágicos de Maya después de que discutiéramos porque me puse como un loco cuando se quemó la mano.
Dios, fui muy capullo ese día; la estuve pinchando con eso de que Arthur era La Pluma y que mató a su propia hija.
Aunque sigo sin creer que el viejo sea bueno para Harper, fue un golpe bajo por mi parte y encima le hice daño.
Me trago el ardor de los resentimientos y giro el móvil para que vea la pantalla.
—Igual que Sam te tenía controlada a ti.
Puede que esta gente todavía no sepa quién eres o por qué eras importante para su documental, pero parece que están decididos a averiguarlo.
¿Y si llegan a la conclusión de que tuviste algo que ver con su muerte porque te estaba siguiendo? ¿Qué hacemos entonces?
Me acerco un paso, reduzco su espacio personal, y ella no recula.
Cuanto más me aproximo, más se endereza, y lo único que me impide ponerme a gritar de la frustración y del miedo que siento por ella es el deseo repentino y abrumador que me invade de tirarla sobre la hierba y perderme en su interior. Y supongo que ella siente lo mismo.
Se me queda mirando los labios y se detiene ahí más rato del que debería.
—Es solo cuestión de tiempo si andas dando vueltas por ahí —susurro.
El conjuro que crepita entre nosotros se rompe—.
Ambos sabemos que van a venir, Harper. Y si estás en medio de una operación de búsqueda y rescate, ni todas las distracciones ni todas las pistas falsas del mundo van a salvarnos. Te encontrarán.
Nos quedamos atrapados en una guerra sin palabras, mirándonos el uno al otro fijamente.
La tensión arde entre nosotros. Está en el aire; electricidad estática antes de una tormenta.
Es el borde afilado de sus iris de plata.
Está muy guapa cuando se pone desafiante.
Nada hace que la desee más, pero nada me duele más que la idea de perderla.
—Justo las dos personas que andaba buscando —dice una voz a mi espalda, un golpetazo repentino de familiaridad que rompe nuestro momento privado. Una mano me da unas palmaditas en el hombro herido.
Cierro los ojos con fuerza, aplasto una maldición entre las muelas. Cuando los abro, Harper está centrada en el hombre que tengo detrás; una leve sonrisa le curva los labios, aunque es falsa. No se atreve a mirarme a mí. No se arriesga a decirme nada con la mirada.
—Buenas tardes, sheriff —saluda.
Me doy la vuelta para enfrentarme a Yates; me quedo justo entre Harper y él para que tenga que pasar por mí primero para llegar a ella.
—¿Cómo ha ido por la carretera de Clarke? —pregunto.
Si al sheriff Yates le revienta que le haya soltado a Harper una pista potencial de una investigación en curso, no lo deja entrever. Se limita a sonreírnos y desliza la mano hacia la empuñadura de la pistola enfundada.
—Bien, bien. No hay mucho de lo que informar, por lo menos por ahora.
Esos sitios viejos y destartalados son como un imán para los adolescentes que quieren beber en alguna parte sin que les llueva encima o sin que los pille gente como yo.
—Levanta el hombro sano; el otro lo sigue llevando en el cabestrillo—.
Ser policía de un pueblo pequeño, ya sabes.
Todos los años surgen los mismos problemas.
—Apuesto a que sí —respondo—. Bueno, Harper estaba a punto de marcharse…
—A la mesa de voluntarios —me interrumpe la susodicha. Apenas contengo las ganas de girar la cabeza para mirarla—. He pensado en apuntarme, ¿sabe?
—Por eso esperaba verte —le dice Yates.
—Vaya, ¿en serio?